sábado, 23 de febrero de 2008

SECCIÓN DE CUENTOS INFANTILES





EL FANTASMA QUE COMIA LETRAS

Por: César Castro

Esto sucedió hace ya muchos años; pero, muchos recuerdan a El Fantasma como si hubiera sido ayer. Las narraciones de los abuelos hablan de un fantasma que aparecía en Riohacha y no hacía más que devorar letras y las letras que El Fantasma devoraba, se le salían por los ojos, por las orejas, por la nariz y por todos los poros del cuerpo. Es más, el cuerpo de El Fantasma estaba hecho de puras letras.

Había un fenómeno raro y hasta increíble: Las letras entraban sucias de tierra y desordenadas por la boca de El Fantasma y cuando salían, salían limpiecitas, relucientes y unidas unas a otras en forma de palabras. Eran palabras nuevas y sin estrenar.

Y las palabras se regaban todas las mañanas por la ciudad inundando los parques, las iglesias y las casas que tuvieran las puertas abiertas. Y muy tempranito las palabras eran recogidas en manojos por los políticos, los policías, los desempleados, los curas, los madrugadores, los maestros, los enamorados, los periodistas, los locutores y los animadores de fiestas patronales. Se llenaban los brazos de palabras y algunos llevaban canastos repletos de palabras para sus casas.


Las palabras les servían a todos y como ya venían completitas no había necesidad de quitarles ni ponerles nada. Bueno, los adultos las utilizaban así como venían; pero, los niños las cortaban y las mezclaban unas con otras y formaban otras nuevas palabras.

Parece que El Fantasma adoraba a los niños y le divertía mucho lo que los niños hacían con las palabras que él producía. Cuentan que El Fantasma aparecía, muy de madrugada, sentado en una de las barandas del puente sobre el Riíto y cuando veía un niño saltaba de alegría y comía y comía más letras. Las letras que caían del cielo, letras que brotaban de la tierra o que se caían de los carros que pasaban brincoleando sobre el puente. Las letras en el suelo se agitaban
como peces recién salidos del agua y El Fantasma se apresuraba a recogerlas y se las llevaba a la boca.

Las apariciones de El Fantasma terminaron por hacerse populares en todo el pueblo y romerías de gente, mucha gente, madrugaba y caminaba hacia el puente sobre el Riíto para tener la suerte de ver a El Fantasma. Pero, El Fantasma no aparecía cuando la gente quería verlo; sino, cuando él lo consideraba así.

Hubo una época en que El Fantasma se ausentó por varios años y Riohacha entró en crisis. La ciudad se estaba quedando sin palabras y ya había muchas cosas que tenían que señalarlas con los dedos y, en últimas, tuvieron que acudir a los indios wayuu para pedirles, por favor, palabras prestadas. Pero, como muchas palabras prestadas no fueron devueltas a sus dueños, esto ocasionó enfrentamientos y guerras entre riohacheros y wayuu.

El resentimiento de los wayuu aún hoy perdura por las palabras que prestaron y que, al no ser devueltas, resultaron irremediablemente perdidas. Incluso, hubo palabras irrecuperables, porque aun cuando los riohacheros se mostraron de acuerdo en devolverlas, cuando los wayuu las vieron, no las reconocieron como propias. Esas palabras quedaron huérfanas y deambulando sin dueño por las calles. Se sabe de niños wayuu que, andando por las calles de Riohacha, se han encontrado con una de estas palabras huérfanas y las han lanzado al viento y las palabras han salido volando sin dirección, porque no tienen peso. Se han vuelto palabras vacías.

Más, por fin, una tibia mañana del mes de junio, reapareció El Fantasma. Nuevamente comenzó a comer letras como siempre lo había hecho y las palabras volvieron a inundar las calles de la ciudad y la vida comenzó a reverdecer.

Las palabras se reproducían por montones porque, ahora venían palabras machos y palabras hembras y en las canastas en donde los riohacheros las guardaban, cada vez había más palabras.

Y nuevamente la ciudad entró en crisis. Ahora por una situación contraria. Ahora había exceso de palabras. Había palabras colgadas por todas partes: En los postes, en el recinto del concejo municipal, en las esquinas, en los buses, en los colegios, en las casas, en la universidad y en las emisoras. Las palabras se atropellaban unas con otras y terminaban haciendo una algarabía descomunal que nadie se entendía con nadie. En las reuniones políticas había tal cantidad de palabras que, muchas veces, hubo hasta personas que morían aplastadas por el enorme peso de las palabras.

Los riohacheros se reunieron y acordaron recoger todas las palabras que estorbaban en las calles, en las casas, colegios, universidades, concejo municipal y las emisoras y echarlas en las letrinas de las casas. Otros, amontonaban las palabras en los baúles de los vehículos y las botaban en el basurero público en las afueras de la ciudad.

El Fantasma dejó de ser un personaje admirado y cada vez se le veía menos . Cuando aparecía se le veía desganado y sin apetito por las letras que tanto le gustaban. Dicen que dejó de comer letras y puso fin a su producción de palabras, que se le vio alejarse a pie, triste y cabizbajo en el camino que lleva hacia la Alta Guajira. Desapareció definitivamente cuando al pueblo llegó el primer televisor.

En las canastas guardadas en las casas de los riohacheros, las palabras también dejaron de reproducirse. Las que quedaban se fueron deformando y comenzaron a pudrirse y el mal olor solamente era barrido todas las mañanas por la brisa del mar.

La gente descansó. Pero, las palabras que tenían comenzaron a envejecer y a desaparecer. Entonces el pueblo en forma Conjunta decidió escoger a los hombres y mujeres más fuertes del pueblo y los dividieron en dos grupos: Un grupo se dedicó a construir barcos para viajar a las islas del Caribe y traer nuevas palabras de allá, mientras que el otro grupo, machete en mano, se dedicó a abrir el camino que más tarde los conectaría con Maicao y con el resto del mundo. Así siempre tendrían nuevas palabras y la ciudad no entraría en crisis.

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