viernes, 11 de enero de 2008

DIME QUÉ HACES Y TE DIRÉ QUIÉN ERES



Por: Alejandro Rutto Martínez


"Dime con quien andas y te diré quién eres". Refrán lleno de sabiduría que le escuché por primera vez a mis mayores cuando me advertían sobre la conveniencia de escoger adecuadamente a mis amistades. Los padres siempre lo protegen a uno y nunca reconocen que somos posiblemente la clase de personas con la que potros padres no quisieran que sus hijos se juntaran. En fin, el mensaje de este refrán es inconfundible: no debemos juntarnos con todo tipo de personas porque podrían juzgarnos no por lo que somos si no por lo que son nuestros acompañantes.

Unos años después me encontré el mismo refrán en las páginas de un periódico capitalino en donde se tomaron la libertad de transformarlo. Cuando comencé a leer la primera parte "Dime con quien andas..." me preparé mentalmente para terminar con la segunda parte tradicional " ...y te diré quién eres", pero me encontré con la sorpresa de que el autor había tenido la ocurrencia de escribir algo bien diferente: "Dime con quién andas y te diré si te acompaño".

Cierto día, mientras hacíamos un análisis de la economía de Maicao recordé nuevamente el refrán y llegué a la conclusión de que el acontecer laboral de la ciudad fronteriza no solo justificaba si no que exigía una nueva transformación al popular dicho. Después de tanto pensar creo que podría quedar así: "Dime qué haces y te diré de dónde eres".

Maicao tiene algunas curiosidades en su economía. Para comenzar, en ella viven personas provenientes de todos los lugares del país y de todos los rincones del mundo. Las personas asisten a templos de varias religiones y se comunican por lo menos, en tres idiomas distintos. Hablar de economía es utilizar un término rebuscado. En lugar de economía como tal lo que existen son actividades de subsistencia relacionadas con el comercio. Comprar y vender es lo que más saben los habitantes de esta localidad fundada como puesto de control para combatir el contrabando y convertida con el tiempo en la principal puerta de entrada de mercaderías extranjeras al país.

El oficio o profesión de las personas tiene en Maicao un estrecho vínculo con el lugar de procedencia. Si una persona proviene de determinada ciudad o departamento, lo más posible es que se desempeñe en determinado campo laboral. Sabiendo el gentilicio de alguien se puede conocer a qué se dedica. Y viceversa, conociendo la profesión es fácil deducir su lugar de origen. .

Vayamos por partes y comencemos con la primera bebida del día, que no es el jugo de naranja como sucede en otras partes, si no el tinto. Un buen café puede comprarse durante las veinticuatro horas del día, siempre caliente y siempre bien preparado. Siempre le será ofrecido por un joven de rasgos indígenas nativo de Tuchín, pequeña población del departamento de Córdoba.

Si desea comprar verduras en el mercado lo atenderá alguien de Santa Rosa (Bolívar) y si desea incluir el queso en el desayuno seguramente encontrará al otro lado del mostrador a un hijo de Sevilla (Magdalena). Si además desea comprar carne tendrá la oportunidad de saludar a alguien del interior quien se dirigirá a usted amablemente mientras apura un aguardiente. Unos metros más adelante encontrará la carne de chivo, a cargo de indígenas wayúu. No muy lejos podrá adquirir conejo de monte, gallinas y huevos criollos y camarón seco. Esta vez el negocio está a cargo de mujeres pertenecientes también a la etnia wayúu. Al regresar a casa podrá tomar un taxi cuyo propietario es alguien vinculado a la administración pública y conducido por un criollo quien no encontró otra cosa que hacer.

En el centro de la ciudad se desarrolla con todo su furor el comercio de mercancías extranjeras. Los almacenes pertenecen a ciudadanos libaneses a cuyo cargo están los negocios dedicados a la venta de telas, electrodomésticos y perfumes. Otras mercancías provenientes del exterior como los cigarrillos los licores pueden conseguirse en las tradicionales "provisiones" pertenecientes a comerciantes criollos.

Si desea conversar con un antioqueño lo encontrará vendiendo sábanas cerca de la alcaldía o negociando como distribuidor mayorista en los depósitos del mercado. Y si quiere ligar con gente de los santanderes los encontrará en las tiendas mejor surtidas de los barrios populares.

Dime qué haces y te diré quién eres. Es casi una verdad absoluta. Pocas veces falla. Si no que lo digan los cienagueros a quienes encontraremos vendiendo ostras o uniformados de policías. O los ciudadanos de Monguí quienes no están metidos en el negocio del dulce de leche como sería justo pensar, sino en el de compra y venta de bolívares y otras monedas extranjeras.

Parece haber un nexo indisoluble entre el lugar de nacimiento y la ubicación económica. Los joyeros, por ejemplo, proceden de Mompox. Y los propietarios de los camiones en los que se transportan las mercancías desde el puerto son de un wayú que le dá trabajo a dos ayudantes cienagueros. Otros que transportan mercancías pero no entre el puerto y la ciudad si no entre los almacenes y los hoteles son los carretilleros quienes proceden todos de Santana -Magdalena.

En Maicao, ciudad de todos, también es posible encontrar una docena de indios putumayos dedicados a vender ropa infantil de bajo costo y a negros y negras del pacífico vendiendo comida hasta altas horas de la madrugada en la popular "Calle de los Plátanos". Y no falta el buen amigo de Cereté o Lorica endulzando el paladar de los niños con sus cepillados y helados de cono.

Pero los tiempos cambian y con el tiempo vienen otros cambios. Hasta la década de los años setenta todos los sacerdotes de la iglesia católica eran italianos, todos gordos y barbudos. Todos ellos muy amigables y sensibles frente a la problemática de los indígenas de la región. En esos tiempos encontraba uno en cada sotana un italiano y en cada italiano un "gentile signore".

Algunos italianos fueron también profesores de filosofía pero la mayoría de educadores eran de Fonseca, hasta cuando fueron desplazados por los sabanalargueros, quienes a su vez dieron paso a toda una generación de samarios a cuyo cargo están no pocas plazas docentes en los colegios públicos. Luego regresaron los profesores del Sur quienes hoy derraman su sabiduría sobre los niños y niñas maicaeros.

Y así sucesivamente, entre un acento y otro. Entre una costumbre de aquí y otra de allá, se va estructurando ese singular aparato económico dentro del cual la gente administra su más importante posesión: una infinita capacidad para hacer negocios, una gran habilidad para subsistir, una inigualable actitud para hacerle frente a los malos tiempos.

Varios hechos podrían explicar esta relación entre el lugar de origen y el oficio desempeñado por las personas: uno es la vocación económica de ciertos lugares. El otro es la solidaridad de cada cual con sus paisanos. Cuando invitan a alguien del pueblo para que se vengan a vivir aquí normalmente sus coterráneos le colaboran para conseguir trabajo o para montar un plante, que es como se denomina un punto en el que se venda cualquier cosa.

Los maicaeros , habitantes de esta pequeña babel tropical, son administradores empíricos que planean, organizan, dirigen y controlan a su manera. Tienen un instinto natural para los negocios. En ellos se mezcla el buen sentido comercial de los árabes con la malicia de los indios. La humildad de los cordobeses convive con la "palabra de gallero" de los cambiadores de bolívares capaces de hacer negocios multimillonarios sin firmar un solo documento. Prevén por corazonadas, planean por pálpitos, organizan por arranques, dirigen por impulsos y controlan hasta lo incontrolable. Y sobreviven aunque vivan de crisis en crisis. Y son empresarios cercanos al éxito. Y su éxito no lo consiguen a pesar de la crisis si no gracias a la crisis.

Escrito por ALEJANDRO RUTTO MARTÌNEZ. Maicao, abril 7 del 2.000













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