martes, 31 de mayo de 2016

Martina Peñaranda: mujer humilde y victoriosa



La historia de Martina Perfecta Peñaranda es la de una mujer destacada.  

Y no por las razones que la sociedad ha tenido en cuenta para entregar sus condecoraciones o para escoger a la persona cuya estatua adornará el centro de la plaza del pueblo.
Fe de bautismo de Martina Perfecta

No ocupó los primeros lugares en el colegio ni coleccionó títulos académicos; tampoco ganó trofeos deportivos ni honores en el arte.

¿Qué fue, entonces,  lo que hizo de ella un ser humano destacado? 

Lo que la hizo sobresalir fue su capacidad de trabajo, su entrega a la lucha diaria de la vida y su desprendimiento para darle el bienestar a su numerosa familia. 

¿Cómo lo hizo?  ¿Cuáles fueron los medios que utilizó una mujer de extracción humilde, condenada a la pobreza, para derrotar la adversidad y educar a cada uno de sus hijos hasta convertirlos en brillantes profesionales?

La respuesta se encuentra en varias palabras y frases: trabajo duro desde las primeras horas de la mañana hasta las últimas horas de la noche; amor ilimitado hacia los suyos; el enorme deseo de ver a sus hijos en el podio de los triunfadores; creatividad para afrontar las sucesivas crisis por las que atravesó su pueblo y su gente;   espíritu emprendedor para iniciar nuevas empresas ajustadas a los cambios de la época.

En adelante contaremos la historia de esta  valiente mujer, cuya mayor victoria está en el haber educado y formado a sus hijos gracias al producido de un anafe en el que asaba más de 300 arepas y cocinaba 150 bollos todos los días, De ella hablaremos a continuación.

Nacimiento y primeros años

Martina Perfecta Peñaranda Mendoza nació el 23 de junio de 1935 en la Calle Ancha de Riohacha, exactamente en el lugar en donde por años ha funcionado el estadero Casa Azul. Sin embargo, su nacimiento en este sitio se debe a una de las casualidades del destino.  

Su señora madre viajó a Riohacha a visitar algunos parientes y allá le dieron las ganas de nacer a la criatura  que llevaba en el vientre.

Sus padres y abuelos vivieron siempre en la finca El Brasil, jurisdicción del corregimiento de Cotoprix, en el área rural de Riohacha. 

Por eso, su fe de bautismo, firmada por sacerdotes italianos, consigna su nacimiento en este hermoso pueblo y no a orillas del Caribe en la capital del departamento.

Su hogar estaba formado por gente de carácter recio y corazón tierno: Eusebio Peñaranda y Dolores Tomasa Mendoza, quienes se ganaban la vida trazando los surcos de la fertilidad en la tierra para lograr que cada semilla sembrada germinara y de ella brotaran los deliciosos frutos de la tierra. Eran campesinos consagrados.

Conocían los aromas del invierno y sabían identificar los anuncios de la primavera. Eran expertos en interpretar el mensaje cifrado de la luna y el misterioso movimiento de las estrellas en el firmamento despejado de su parcela.

En El Brasil se dedicaban a la siembra de maíz, patilla, caña de azúcar…en fin, de todo aquello que pudiera brotar de la tierra y pudiera servir para alimentar  a la familia. 

Una familia numerosa por cierto, de la que, además de Martina, hacían parte Claudio, María Petronila Ana Isabel y Teódulo Rafael. 

Eran en total cinco los hijos de la casa, pero Eusebio tenía que proveer también para la manutención de sus otros dos hijos, María y Eusebio Junior, quienes habían nacido antes de su unión con Dolores.   

No había tiempo para el descanso, las obligaciones eran el estímulo para afrontar el trabajo duro como una parte normal del diario vivir.

Huérfana a los 13 años

Dios nos presta a los seres queridos por un tiempo determinado. Y un buen día decidió llamar a su presencia a Dolores Tomasa. Dolores partió y el dolor se apoderó de la familia, especialmente de Martina que era una de las hijas más apegadas a ella.

En momentos como esos la solidaridad de las familias guajiras es grande. Normalmente hay un tío, un primo, un hermano mayor, un abuelo que se ofrece para completar la crianza de los niños y adolescentes desamparados. 

En este caso la familia contó con el apoyo de Eulalia Brito Bravo, “la tía Yaya” quien se vino a vivir a la casa para ayudar a don Eusebio en la dura tarea de cuidar de sus hijos.  

Ella fue una segunda madre, pues no solo se encargó de las tareas de la casa y de ayudar en el trabajo de la parcela, sino de inculcar los valores del respeto, la tolerancia, la importancia de la familia y la necesidad de aprender un arte, un oficio o un trabajo decente.

Se casan sus hermanas

Sus hermanas mayores formaron sus respectivas familias y salieron del nido paterno para construir sus nuevos horizontes. La primera en constituir su hogar fue María Petronila (“Mama Tía”) y luego lo hizo Ana.   

Las dos se van a vivir a Villa Martín (Machobayo). Se hacen muy conocidas en el pueblo y comienzan a tener tiempos de prosperidad. 

Después de un tiempo decidieron llevarse a su hermana menor que ya era toda una hermosa señorita, trabajadora, decente y bien educada. 

Martina vive ahora días muy felices en Machobayo junto a sus dos ejemplares hermanas quienes hacen todo lo posible para consentirla y hacer que se sienta feliz.

Conforma su hogar

En su nuevo lugar de residencia conoce a muchas personas   con quienes entabla amistad, siempre con la guía de sus hermanas mayores.   

Uno de sus mejores amigos de  la  época  Néstor Brito Pinto, conocido como “Negro Pelón”, de Cotoprix. Éste le hace la propuesta de irse a vivir juntos y formar una familia. 

Ella, una mujercita hecha y derecha de 18 años acepta y comienza una nueva etapa de su vida.  

Un tiempo después, en 1.955,  se siente realizada como mujer cuando Dios le permite ser madre por primera vez cuando nace su hija Edilma, una bella morenita que la llenaría de mucha felicidad.  

Tres años después nació Milanis, de manera que la vida le permite tener  a cuatro mujeres que significan todo en su vida: sus dos hermanas y  sus dos hijas.

Las circunstancias de la vida conllevaron a la pareja a dar por terminada la relación. Martina asumió con entereza su nueva situación de madre soltera. 

No se acobardó ni se desanimó sino que se concentró en criar a sus hijas con todo el cariño que puede deparar el corazón de una madre.   

Para esto, contó siempre con el indeclinable apoyo de sus hermanas Ana y María Petronila, quienes ahora se habían ido a vivir a Maicao y desde allá le enviaban su voz de aliento.

Una nueva oportunidad

Martina decidió darse una nueva oportunidad y unió su vida a Máximo Florentino Camargo Bertis, un campesino cuya condición humilde no permitía deducir que era hijo de Lorgio Camargo, uno de los hacendados más importantes de Machobayo.  

Se prometieron amor para toda la vida y se expresaron el deseo de tener muchos hijos y de ser felices mientras los criaban y los educaban.

Se trasladan a Maicao      
  
La casa de Martina en el
Barrio El Carmen
En 1.962 la pareja acepta el llamado de las hermanas de Martina y decide trasladarse a Maicao. Martina está embarazada y un poco después nace su tercera hija, la primera de su compañero Máximo: Marilyn Camargo Peñaranda. 

Viven en la calle 11 con carrera 22 en el barrio El Carmen de Maicao y todo marcha bien: las tres niñas crecen sanas, hermosas y fuertes y Martina vive ahora cerca de sus dos hermanas, esas mujeres a las que ama tanto.

El compañero andariego

Máximo es como uno de esos barcos fabricados para recorrer los siete mares y no se acomoda a vivir anclado en un solo lugar. Por eso son constantes sus viajes a Cotoprix, Machobayo y Venezuela, en busca de trabajo y de nuevos lugares para ejercer sus conocimientos como agricultor. 

Por un tiempo largo se va a atender sus cultivos y cuando la cosecha está lista regresa con las bendiciones que le ha dado la tierra.

Y en cada venida suya a casa Martina lo recibe con cariño y con el amor reprimido por las ausencias.

Martina reflexiona y decide que tiene que trabajar duro

En uno de los retornos Martina concibe de nuevo y estando en la etapa de gestación reflexiona sobre la necesidad de obtener ingresos por sus propios medios, porque lo que máximo trae cada tantos meses se acaba y entonces ella y los suyos sufren variadas penalidades.

Sus angustiosos pensamientos la llevan a tomar la decisión de trabajar en lo que salga: algunas veces toca las puertas de las casas de familia para pedir trabajo como empleada doméstica y en otras ocasiones se va a Venezuela a trabajar en las duras faenas de las materas en donde desempeña de igual a igual el trabajo que entonces solo estaba reservado a los más recios varones.   

Todo esto ocurre mientras su vientre va creciendo, puesto que está nuevamente embarazada.


Sus primeros varones

Cuando Marilyn tiene tres años nace Claudio, el primer varón de la familia.  Fue un parto complicadísimo, que casi le cuesta la vida. Duró diez días hospitalizada al cuidado de los médicos y enfermeras del Hospital Nuestra Señora de los Remedios de Riohacha. 

Después de ser dada de alta pasa la convalecencia en casa de su hermana María Peñaranda, conocida dama de la capital guajira por su arte de curar mediante medicamentos naturales y la aplicación de terapias basadas en ventosas. 

Máximo viene por un tiempo, cargado con los frutos de la cosecha, conoce a su hijo, lo consiente por unos días y luego parte hacia Venezuela.  

Un tiempo después, cuando corre el año 1966,  Martina, llena de felicidad, trae al mundo a su hijo Douglas.


Empresaria en el mercado público

Algunos meses después del nacimiento de su segundo varón Martina decide iniciar una empresa familiar en el mercado público.  

Consigue un puesto de ventas en el pabellón del chivo y da inicio a su nueva faceta de empresaria en un ramo muy especial: los desayunos criollos.  

Cada madrugada en el negocio de Martina se ofrecen deliciosas arepas de queso, bollo limpio, bollo de chichiuare, bollo de mazorca, mazorcas asadas, mazorcas cocidas. Y como si lo anterior fuera poco, la especialidad de la casa: desayuno de asadura guisada con bolo o arepa, acompañada de chicha de maíz. 

¿Qué más podían pedir los felices clientes que por una módica suma podían comer como reyes?

El negocio crece y cada día es mayor el número de clientes. También crece la buena fama y la acreditación del sitio. El “good will” de ese pequeño restaurante sin nombre pero con mucho sabor, es inigualable.


Diversificación del trabajo

Los ingresos del pequeño desayunadero eran aceptables pero no suficientes para sostener a la familia y por eso se veía abocada a realizar otras actividades para generar ingresos. Con alguna frecuencia se trasladaba a Bucaramanga a comprar “bruscos” o plantas medicinales y quina y romero que se vendían rápido y a buenos precios en el mismo mercado. 

También compraba cintas y flores artificiales para fabricación de coronas fúnebres las cuales tenían buenas ventas en algunas fechas especiales, sobre todo el 2 de noviembre, conocido como el Día de Difuntos.



Crece la familia

Máximo, quien debía ser el hombre de la casa, continuaba con su acostumbrada rutina de viajar por diversos lugares de La Guajira y de Venezuela. 

Cuando regresaba traía algún dinero y productos del campo con lo cual la economía doméstica mejoraba por una temporada. 

Su presencia también incidía en el crecimiento de la familia. En sus esporádicas  visitas Martina concebía nuevamente y de esta manera nacieron sus hijos Marinellys (1970), Lisbellys (1.973) y Alex (1.979).

Tener más hijos significaba también nuevas responsabilidades y la necesidad de trabajar con más fuerza. 

Los mejores frutos de Martina:
la educación de sus hijos y nietos
Por eso Martina se levantaba desde las 3 de la mañana para moler el maíz y preparar la masa que se llevaría al mercado en una ponchera sobre su cabeza. 

Era un cotidiano recorrido de seis cuadras en el que sus pequeños hijos la ayudaban a cargar las ollas, los calderos y todos los utensilios para la jornada de cada día.



Una mujer incansable

Los hijos de Martina evocan aquellos días de trabajo y más trabajo y llegan a la conclusión de que nunca vieron que su mamá se tomara aunque fuera un minuto de descanso: 

“Ella siempre estaba haciendo algo: o comprando el maíz, o moliendo, o preparando las hojas en que envolvía los bollos, o preparando las cabuyas con que los amarraba, o arreglando los fogones o haciendo las coronas para el día de difuntos. Yo no recuerdo a mi mamá sentada en una silla o acostada en una hamaca dándole reposo al cuerpo”

Quien así se expresa es Marinellys, una de sus hijas, quien recuerda a su mamá como gran amante de la poesía.  "Declamaba sus estrofas preferidas en la noche, mientras envolvíamos los bollos limpios que se venderían la mañana siguiente", dice Marinellys, mientras una sonrisa nostálgica adorna su rostro. 


Una anécdota muy especial

En 1979, cuando tenía 44 años de edad quedó embarazada nuevamente. Como tenía ya siete hijos y una edad en la que las mujeres no suelen concebir, a ella le daba pena contarle a sus vecinos y compañeros de trabajo que esperaba un nuevo bebé. 

Por eso contaba la falsa historia de que estaba enferme del hígado y que este órgano cada vez se le hinchaba más.  La gente la escuchaba y le daban consejos y palabras de consuelo. Pero otros no terminaban de creerse la historia.

Finalmente Martina no pudo ocultar más su embarazo porque un  día la llevaron corriendo al hospital para dar a luz a su hijo Alex, un niño vivaracho, grande y de piel muy oscura.  

Después de un tiempo, cuando regresó a sus labores, con el niño en los brazos, la gente le decía: “Caramba Martina, pero ese hígado tuyo es bien negro y bien llorón”


Temores y decisiones

La familia extendida de los Camargo se vio involucrada en un delicado enfrentamiento con otras familias, peligrosa situación que era usual en los tiempos de la mal llamada “bonanza marimbera” en La Guajira.  

Grado de bachiller de su hijo
Douglas Peñaranda
Por precaución Martina manda a sus hijos varones Claudio y Douglas a estudiar en Cartagena. Fueron años muy difíciles para todos.  

Martina y sus hijas debían aplicarse hasta el límite, amasando y vendiendo más arepas y bollos para sostener a los muchachos en su exilio. 

En ese tiempo se amasaban hasta diez bolsas de Harina Pan en un solo día.   Por su parte los estudiantes  sufrían lo indecible en tierra ajena para sostenerse con los escasos recursos que les giraban desde Maicao.


Después de la tormenta viene la calma

Cuando Claudio termina sus estudios de bachiller, logra entrar como empleado a la mina de  El Cerrejón y como todo buen hijo comienza a aportar para el sostenimiento de la casa.  

Martina no deja de trabajar pero la ayuda que le brinda su hijo es muy importante y ella la agradece como una respuesta del cielo a sus oraciones.


Hermanos solidarios

Claudio aporta para el sostenimiento del hogar y, además, asume la responsabilidad de brindarle los estudios superiores a sus hermanas menores y es así como Martina siente un gran alivio por esa valiosa ayuda.    

Lo que el muchacho gana como minero lo invierte en pagar el semestre y otros gastos de quienes en el futuro se convertirían en personas brillantes cada una en su área profesional.

Marinellys logró terminar sus estudios como Fisioterapeuta y Lisbellys se graduó como bacterióloga.

Marinellys decidió seguir el ejemplo de Claudio y se propuso ayudar a su hermano menor Alex para que éste cumpliera sus sueños de convertirse en Ingeniero de Sistemas, grado que obtuvo con la ayuda de toda su familia, pero especialmente de sus hermanos.
Una hermosa familia fue el legado de Martina


Jesucristo, el centro de sus vidas    
                           
Una característica de esta familia es el haber entregado sus vidas al servicio de Jesús y aceptarlo como su único y verdadero Salvador.  

Primero fue Marinellys, en 1984,  y después ella y luego la familia entera la que decidió servir en la obra del evangelio, en la cual fue reconocida como una verdadera guerrera de la fe y una propagadora de las buenas nuevas de salvación.


El "evangelio del boli"

Martina hizo gala de su creatividad y la aplicó a su labor como evangelista. En la noche preparaba una buena cantidad de  bolis y al día siguiente esperaba a los estudiantes cuando salían del colegio. 

A las 12 del mediodía les predicaba la Palabra de Dios mientras los muchachos degustaban el oportuno refrigerio en una hora en que las temperaturas superaban los 37º. y  los estudiantes venían agotados, hambrientos y sedientos luego de estar por seis horas seguidas en clases.

Algunos de ellos aceptaron a Jesús como su único y verdadero Salvador y comenzaron a congregarse en la Iglesia Cristiana Cuadrangular.

La batalla final

En 1.993 los médicos le diagnosticaron a Martina un agresivo cáncer de seno que hizo metástasis a sus huesos. 

A pesar de todo  no se apartó de sus actividades en la iglesia ni dejó de ser la mujer enérgica de siempre.    

Fue una  terrible batalla que afrontó con el coraje de una mujer valiente, como las de su raza aferrada a la fe en Cristo Jesús y a la certeza de que todo terminaría con la victoria de la vida eterna sobre la muerte.

Durante el tiempo de lucha contra la enfermedad fue la guía espiritual de su familia y la consejera de sus hijos para que éstos afrontaran con éxitos los desafíos de sus vidas.

Finalmente Dios decidió llevarla a su lado el 21 de febrero de 1.998 cuando aún no había cumplido los 63 años de edad.


Posdata

Una frase de Martina: “El trabajo es ley divina y todo aquel que en él piensa vive bien

Su canción preferida: La cama vacía

Un arte: el de la declamación. Declamaba de noche mientras preparaba el trabajo del siguiente día

Su poema preferido: Verdades amargas

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