lunes, 20 de octubre de 2008

Del martirio a un premio nacional

·Símbolo de resistencia y solidaridad en el infierno de la guerra.

Por Pepe Palacio Coronado

El soldado William Pérez Medina comenzó a ser personaje nacional el pasado 2 de julio, fecha en que fue liberado después de 10 años de secuestro en manos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc.

Aquel día, en la famosa Operación Jaque del Gobierno, fueron rescatados, además de William, la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt, 3 norteamericanos y 9 compatriotas más.

Ante la televisión de todo el mundo, a raíz del fenómeno mediático que se generó alrededor de Ingrid, las primeras noticias de la liberación comenzaron a revelar el servicio humanitario de William, que hasta ese momento era uno más de tantos de los centenares de hombres y mujeres secuestrados en Colombia.

Su servicio eficiente de enfermero quedó en evidencia con las primeras declaraciones de Ingrid Betancourt: “le debo la vida a este hombre”, dijo, señalando a William, frente a la prensa, radio y televisión de varios países.

Fue entonces cuando comenzó a conocerse la labor humanitaria que durante 10 años desplegó William en la selva, asistiendo como enfermero no sólo a sus compañeros de cautiverio sino también a los guerrilleros. Cuando Ingrid, extremadamente enferma, sentía que se le iba la vida, recibía el aliento y las curaciones de este joven guajiro.

Su vocación es de médico, pero ante la imposibilidad de matricularse en la universidad, en la facultad de medicina, ingresó al Ejercito Nacional. En esa institución estudió enfermería y fue ascendido de soldado a Cabo Primero.

Su carrera militar se vio truncada el 3 de marzo de 1998, cuando fue plagiado en el Caquetá y conducido hacia los vericuetos y profundidades de la selva. Allí sufrió todas las penalidades propias del cautiverio, perdió buena parte de su juventud, adquirió un paludismo crónico y recibió noticias tan dolorosas como la muerte de su padre.

La disciplina militar y la fe cristiana que le infundieron en su familia, le dieron la fortaleza suficiente para resistir hasta el final del martirio.

En ese cautiverio infernal, en el que permaneció 3.768 días, no sólo fue el enfermero de Ingrid Betancourt, como se ha dicho, sino de sus propios verdugos. Atendió personajes de la guerrilla como “Gafas”, el carcelero de los secuestrados, que sufre de asma. Cuando la humedad de la selva lo dejaba sin respiración, Gafas ordenaban que a William le retiraran las cadenas para que le hiciera las terapias.

Con la misma generosidad y el sentido filantrópico que atendía a Ingrid, también lo hacía con guerrilleras jóvenes, enfermas, que también como los secuestrados se pudrían en la espesura de la selva.

Logró salvar, entre otras personas, a una guerrillera desgarrada por dentro, en cuerpo y alma, que a sus escasos 18 años llevaba 8 abortos provocados y cargaba muchas historias a sus espaldas.

Por toda esa labor caritativa, silenciosa y anónima, desplegada con generosidad en ese ambiente infernal de la selva, en este octubre lluvioso, a sus 33 años y 3 meses de recobrar su libertad, William acaba de recibir el Premio Nacional de Paz.

En tiempos de una profunda crisis de humanidad, ese gesto solidario suyo con sus compañeros de infortunio y sus verdugos en circunstancias tan adversas, es lo que hoy se valora en toda su dimensión.

Sus diez años de martirio en ese confinamiento selvático no le arrebataron el sueño de ser médico. Después de su estoicismo heroico y de este premio tan merecido, lo mejor de sus aspiraciones viene ahora: el soldado de corazón valiente y generoso comenzará el próximo año a estudiar su carrera soñada.

En realidad, este riohachero que permaneció cautivo y encadenado la tercera parte de su vida, es motivo de admiración. No se dejó amilanar por las adversidades del secuestro. Por el contrario, permaneció erguido como el cardón guajiro en el desierto.

Después de ese sacrificio enorme seria mas justo ver a William como estudiante y profesional de las ciencias hipocráticas, porque volver a empuñar un arma no será muy compatible con un Premio Nacional de Paz, sobre todo en una guerra tan sucia y sin sentido como la nuestra, plagada de tantas mentiras y atizada por altos y oscuros intereses.

No hay duda: por encima de cualquier posición ideológica y de cualquier punto de vista sobre el conflicto armado, el soldado William Pérez Medina debe presentarse como un símbolo guajiro de resistencia y ejemplo de solidaridad en el infierno de la guerra.

¡Loado sea William! que la vida le depare un futuro con prosperidad, que obtenga una justa compensación en su actividad castrense y prosiga en su apostolado cultivando las disciplina de esculapio, Hipócrates, Galeno y Asclepiades.

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