miércoles, 4 de junio de 2008

El gran amor de mi Padre

La maestra miró al grupo de estudiantes compuesto por 25 niños de diez años y les dijo: « hoy vamos a conocer los símbolos de nuestra ciudad y comenzaremos por la bandera» «¿Otra vez la bandera?», pero sí ya la conocemos y la vemos en todas partes, dijo Mercedes una niña más alta que y las demás, con sus hermosos ojos café bien abiertos y protegidos por el cristal de sus lentes.

«Mercedes, dijo la Profesora, ustedes conocen bien la bandera del país pero hoy conocerán la bandera de la ciudad. Debemos conocer los símbolos de nuestros amado pueblo, porque sólo aprendemos a querer lo nuestro cuando ve por no conocemos».

Y acto seguido pecado en el tablero una bandera de tres franjas horizontales de igual medida en diversos colores. «¿Sólo amamos lo que conocemos?, Se preguntó Mercedes. Entonces tendré que conocerme un poco mejor para quererme más. Y así descubrió por qué sus padres la aman más que nadie: porque la conocen desde antes de nacer.

A la humanidad, quien mejor la conoce es Dios. Porque sabe de su existencia y de su forma de ser mucho antes de su nacimiento. Los conoce desde el momento en que él mismo pensó en la existencia de cada una de sus criaturas.

En efecto, el salmo 139 nos enseña que Dios es conocedor de nosotros hasta en lo más íntimo de nuestro ser; pero eso no es todo. Además de conocerme nos protege, su espíritu nos acompañan a donde quiera que vayamos, piensa en nosotros, nos examina, nos prueba, nos ve y nos guía. Las cuatro estrofas de este bello y sublime escrito, sirven para que su autor nos presente varios atributos del poder infinito de Dios: omnisciencia, omnipresencia y omnipotencia.
En omnisciencia, es decir, en su conocimiento sin límites acerca de nosotros, Dios conoce mío sentarme y mi levantarme, lo cual significa que tenemos un ser superior mirando cada momento de nuestras vidas.

Conocer también mi pensamiento, con lo cual se confirma que estar dentro de mí en toda obra y posee una información anticipada de lo que hago, porque mis actos fueron vistos desde cuándo eran una simple idea.

Dios conoce nuestro andar porque va con nosotros a todas partes aún cuando caminemos por el bullicioso sendero de la multitud o por la junta silenciosa de la soledad. Al conocer nuestro andar, está al tanto de cada uno de nuestros pasos y seguramente, como todo Padre bueno sonreír a cadáveres que tengamos un gesto bondadoso y se lamentará cuando nos dejemos llevar por la debilidad y nos veamos complicados en las redes tenebrosas del pecado.

Dios conoce mi reposo: está mi lado cuando dejo de trabajar y me abandono al descanso. En esos ratos de ocio, desafortunadamente cada vez más escasos, el Creador permanece a junto a mi o, lo que es aún mejor, en mi interior. Y se produce entonces un diálogo provechoso, un intercambio maravilloso entre un Padre generoso, pródigo y responsable en un hijo en actitud de hablar con libertad y de escuchar con respeto.

Dios conocer todos mis caminos: sabe de dónde vengo y hacia adónde voy. El patriarca Job ya lo había dicho en su tono sabio y del hombre sometido plenamente a la voluntad divina: «¿no ve el mis caminos, y cuenta todos mis pasos? Sí anduve como mentira, y sin mi pie se apresuró a engaño, péseme Dios en balanza de justicia, y conocerá mi integridad».

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