miércoles, 29 de junio de 2016

Fútbol y literatura, el heroísmo del guardameta

Escrito por: Abel Medina Sierra

Las relaciones entre el futbol  y la literatura han estado mediadas por una historia de encuentros y fugas, de amores y odios. 

Nada es ajeno a la literatura, y en tiempos de postmodernidad hemos experimentado desde los noventa una verdadera  futbolización del universo y una  plebeyización de la literatura por influjo del periodismo; nada puede escapar a tan apabullante furor,  ni siquiera el  íntimo mundo de las letras.

Antes teníamos un imaginario desde el que el   poeta, generalmente, vivía en un mundo de bibliotecas y tertulias encerradas  que los hacia desdeñar el fútbol. 

Ellos representaban la civilización y el futbol la barbarie como lo resume Borges quien llegó a decir   que el fútbol era “una cosa estúpida de ingleses... Un deporte estéticamente feo: once jugadores contra once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos”. 

En cambio para Albert Camus, quien cuando joven fue portero en su natal Argel,  ''la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Esto me ayudó mucho en la vida... Lo que más sé acerca de moral y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol''.

También el poeta  y cineasta Pier  Paolo Pasolini compartía esta pasión y llegó a definirlo así: ''El fútbol es un sistema de signos, por lo tanto es un lenguaje. Hay momentos que son puramente poéticos: se trata de los momentos de gol. 

Cada gol es siempre una invención, es siempre una subversión del código: es una ineluctabilidad, fulguración, estupor, irreversibilidad. Igual que la palabra poética. El goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año. 

"El fútbol que produce más goles es el más poético”. Eduardo Galeano también supo encontrar la metáfora perfecta para la anotación: “el gol es el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna”.

En las últimas décadas ha sido prolija la producción literaria que tiene al fútbol como motivo temático. 

El peruano Juan Parra del Riego y el argentino Bernardo Canal Feijóo  nos presentaron ''Penúltimo poema del fútbol'', recordemos de Horacio Quiroga ''Suicidio en la cancha'', la novela del francés Henri de Montherlant “Los once ante la puerta dorada”. Pablo Neruda nos dejó el poema ''Los jugadores”,  el uruguayo Mario Benedetti con su ya célebre cuento ''Puntero izquierdo'' y quién no ha disfrutado de Eduardo Galeano, y su ‘Fútbol a sol y sombra’.

La literatura desde sus calendas más antiguas tiene un sustrato épico, la hazaña, la proeza  de un héroe que gana nombradía por su gesta valiente y osada. El dramatismo y el arrojo han sido ponderados con suficiencia desde las letras como una manera de encumbrar y dignificar a condición humana por encima de las adversidades. 

Los poetas también han sabido exaltar la imagen de los guardametas como unos verdaderos héroes del futbol. Ellos, sacrificados, ellos a veces apabullados y  hasta  deshonrados por los delanteros. Ellos, cancerberos de la honra, con el ideal imposible de la valla invicta; ellos que pasan de héroes a villanos en un segundo.

  Los poetas españoles Rafael Alberti y Miguel Hernández tienen entre sus más memorables poemas, sendas composiciones que subliman la figura de los porteros con ribetes épicos.
Alberti  (El Puerto de Santa María, Cádiz, 16 de diciembre de 1902 -  ibídem28 de octubre de 1999), es autor del célebre poema “Oda a Platko”. 

En  1928,  el estadio del Sardinero de Santander era  escenario de la final de Copa Española  de fútbol entre el F.C. Barcelona y la Real Sociedad de San Sebastián. En el partido de ida  jugado el día 20 de mayo, el portero húngaro  del Barcelona, Platko, acarició la gloria épica al arrojarse a los pies del delantero Cholin que iba raudo y solitario hacia la anotación. Platko logró evitar el gol pero recibió  una patada fue brutal que lo dejó conmocionado,  con 6 puntos de sutura y pintando de rojo el gramado. Platko volvió al juego con un vendaje. Alberti, que estaba en las gradas,  inmortalizaría esa imagen así:




Oda a Platko

Ni el mar,
que frente a ti saltaba sin poder defenderte.
Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más rugía.
Ni el mar, ni el viento, Platko,
rubio Platko de sangre,
guardameta en el polvo,
pararrayos.
No nadie, nadie, nadie.
Camisetas azules y blancas, sobre el aire.
Camisetas reales,
contrarias, contra ti, volando y arrastrándote.
Platko, Platko lejano,
rubio Platko tronchado,
tigre ardiente en la yerba de otro país.
¡ Tú, llave, Platko, tu llave rota,
llave áurea caída ante el pórtico áureo !
No nadie, nadie, nadie,
nadie se olvida, Platko.
Volvió su espalda al cielo.
Camisetas azules y granas flamearon,
apagadas sin viento.
El mar, vueltos los ojos,
se tumbó y nada dijo.
Sangrando en los ojales,
sangrando por ti, Platko,
por ti, sangre de Hungría,
sin tu sangre, tu impulso, tu parada, tu salto
temieron las insignias.
No nadie, Platko, nadie,
nadie se olvida.
Fue la vuelta del mar.
Fueron diez rápidas banderas
incendiadas sin freno.
Fue la vuelta del viento.
La vuelta al corazón de la esperanza.
Fue tu vuelta.
Azul heróico y grana,
mando el aire en las venas.
Alas, alas celestes y blancas,
rotas alas, combatidas, sin plumas,
escalaron la yerba.
Y el aire tuvo piernas,
tronco, brazos, cabeza.
¡ Y todo por ti, Platko,
rubio Platko de Hungría !
Y en tu honor, por tu vuelta,
porque volviste el pulso perdido a la pelea,
en el arco contrario al viento abrió una brecha.
Nadie, nadie se olvida.
El cielo, el mar, la lluvia lo recuerdan.
Las insignias.
Las doradas insignias, flores de los ojales,
cerradas, por ti abiertas.
No nadie, nadie, nadie,
nadie se olvida, Platko.
Ni el final: tu salida,
oso rubio de sangre,
desmayada bandera en hombros por el campo.
¡ Oh, Platko, Platko, Platko
tú, tan lejos de Hungría !
¿ Qué mar hubiera sido capaz de no llorarte ?
Nadie, nadie se olvida,
no, nadie, nadie, nadie.

Por su parte, el también poeta español Miguel Hernández  (Orihuela, 30 de octubre de 1910 - Alicante, 28 de marzo de 1942), fue jugador  del modesto equipo La Repartiola en su pueblo natal. 

Lo llamaban “El Barbacha” entonces y era toda una promesa de la pecosa. Su futuro estuvo en las letras pero nunca olvidó su pasión por el balompié.  
Su poema “Elegía al guardameta” se inspira en un accidente del portero del Orihuela, Manuel “Lolo”  Soler, héroe quien durante un partido se golpeó con el poste vertical del arco  y se abrió una enorme brecha en la cabeza. 

“Lolo” sobrevivió al porrazo,  pero  el poeta magnifica su gesta heroica   aderezando el suceso con la muerte para imprimirle dramatismo al poema:


Elegía al guardameta
A Lolo, sampedro joven en la portería del cielo de Orihuela.

Tu grillo, por tus labios promotores,
de plata compostura,
árbitro, domador de jugadores,
director de bravura,
¿No silbará la muerte por ventura?

En el alpiste verde de sosiego,
de tiza galonado,
para siempre quedó fuera del juego
sampedro, el apostado
en su puerta de cáñamo añudado.

Goles para enredar en sí, derrotas,
¿No la mundial moscarda?
que zumba por la punta de las botas,
ante su red aguarda
la portería aún, araña parda.

Entre las trabas que tendió la meta
de una esquina a otra esquina
por su sexo el balón, a su bragueta
asomado, se arruina,
su redondez airosamente orina.

Delación de las faltas, mensajeras
de colores, plurales,
amparador del aire en vivos cueros,
en tu campo, imparciales
agitaron de córner las señales.

Ante tu puerta se formó un tumulto
de breves pantalones
donde bailan los príapos su bulto
sin otros eslabones
que los de sus esclavas relaciones.

Combinada la brisa en su envoltura
bien, y mejor chutada,
la esfera terrenal de su figura
¡cómo! fue interceptada
por lo pez y fugaz de tu estirada.

Te sorprendió el fotógrafo el momento
más bello de tu historia
deportiva, tumbándote en el viento
para evitar victoria,
y un ventalle de palmas te aireó gloria.

Y te quedaste en la fotografía,
a un metro del alpiste,
con tu vida mejor en vilo, en vía
ya de tu muerte triste,
sin coger el balón que ya cogiste.

Fue un plongeón mortal. Con ¡cuánto! tino
y efecto, tu cabeza
dio al poste. Como un sexo femenino,
abrió la ligereza
del golpe una granada de tristeza.

Aplaudieron tu fin por tu jugada.
Tu gorra, sin visera,
de tu manida testa fue lanzada,
como oreja tercera,
al área que a tus pasos fue frontera.

Te arrancaron, cogido por la punta,
el cabello del guante,
si inofensiva garra, ya difunta,
zarpa que a lo elegante
corroboraba tu actitud rampante.

¡Ay fiera!, en tu jaulón medio de lino,
se eliminó tu vida.
Nunca más, eficaz como un camino,
harás una salida
interrumpiendo el baile apolonida.

Inflamado en amor por los balones,
sin mano que lo imante,
no implicarás su viento a tus riñones,
como un seno ambulante
escapado a los senos de tu amante.

Ya no pones obstáculos de mano
al ímpetu, a la bota
en los que el gol avanza. Pide en vano,
tu equipo en la derrota,
tus bien brincados saques de pelota.

A los penaltys que tan bien parabas
acechando tu acierto,
nadie más que la red le pone trabas,
porque nadie ha cubierto
el sitio, vivo, que has dejado, muerto.

El marcador, al número al contrario,
le acumula en la frente
su sangre negra. Y ve el extraordinario,
el sampedro suplente,

vacío que dejó tu estilo ausente.

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