martes, 27 de julio de 2010

Elkin Hoyos, el joven que le sonreía a la vida

El pasado sábado 17 de julio sobre la Troncal del Caribe se presentó uno de esos accidentes al cual podríamos dar el calificativo de absurdo: cuando se desplazaba tranquilamente a casa, para tener un merecido descanso, luego de una jornada en la que se había dedicado a beber gota a gota el vaso de segundos y minutos que se le despachó al comienzo del día, tuvo un impacto abrupto, inesperado y mortal contra una carretilla que alguien había abandonado en la oscura carretera.

En cuestión de segundos una vida, circundada por los sueños y coloreada por las ilusiones, se apagó como el cabo de una vela que ha estado encendida durante toda la noche para ofrecer su amable resplandor en la profunda oscuridad de un crepúsculo prematura.

Elkin era el único varón en un humilde hogar formado por una pareja de humildes ciudadanos en Planeta rica Córdoba. Su ánimo de superarse lo llevó primero a Valledupar y luego a Maicao en donde inició sus estudios como aprendiz del curso der Construcción y Montaje de Instalaciones Eléctricas. Aquí se destacó desde el principio por ser alguien que contribuyó a lograr la unidad del grupo a base de hacer lo que más le gustaba: relacionarse con otros, ayudar a los demás, darle la mano al que estaba necesitado, mediar entre quienes estaban distanciados, comenzar las tareas más difíciles, concentrarse en su buen rendimiento académico y mostrar los resultados que se esperan de alguien que quiere llegar con paso firme a la cita con su porvenir.

Sus días fueron pasando y él le rendía tributo a la disciplina férrea, al trabajo bien hecho y los muchos amigos que la vida le iba regalando poco a poco. Estaba en los mejores años de la vida y pa él el cielo era vivamente azul; su aliento era inobjetablemente vigoroso; su salud era la de un erguido roble invencible colocado en el bosque de las complejidades para sobreponerse al clima adverso y a la temperatura variable de la época.

Para Elkin el camino estaba despejado y el sendero hacia la victoria se le abría para que lo transitara con la decisión propia de sus veinte años. Dios había dispuesto que los colores de del universo se congregaran en el lienzo de sus mañanas y de sus tardes para elaborar un paisaje de amabilidad y de gratitud. Era uno de esos hijos a quienes Dios le confía una dosis grande de amor para que la disfruten, la compartan y la regalen sin egoísmo a todo el que pueda necesitarla.

Un día de julio, el mismo Dios que lo había creado y protegido. El padre bueno que lo formó en su perfecto taller de alfarería humana; el Autor de lo visible y de lo invisible; el Dios bueno y misericordioso, Dueño de la vida y Señor de todo lo que existe, decidió que era el momento de que Elkin Hoyos compareciera ante su presencia como habremos de hacerlo todos los ciudadanos del mundo cuando llegue la hora en el infalible reloj en el que se marca el tiempo del Señor.

A todos nos pareció un llamado prematuro e innecesario. Pero la voluntad de Dios no se discute, por eso Elkin hoy contesta presente en el llamado a lista de quienes tienen su nombre inscrito en el libro de la vida. Hasta pronto Elkin, querido amigo y discípulo. Dios te cuidará en adelante y nosotros guardaremos tu recuerdo grato y tu imagen de hombre de bien que recorriste los caminos de la honestidad y la gratitud. Nada podrá llenar tu ausencia, pero dejaremos una flor y una plegaria en el lugar que siempre ocupaste. Ahora, por favor, vive siempre en nuestros corazones.

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