sábado, 10 de diciembre de 2011

Fútbol sin fronteras


Este es el relato en que una anciana de 79 años quien ve el fútbol a su manera...muy a su manera


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Durante toda mi vida le escuchado hablar de fútbol a todos los hombres de mi familia. A Polonio, mi esposo, quien tenía fotos de Adolfo Pedernera y Alfredo Di Estéfano en todas las paredes de mi habitación y compraba todos los periódicos del lunes para saber los resultados de sus equipos, porque era tan fanático que no se conformaba con el amor a un tal Millonarios en Colombia sino que hablaba unos nombres raros de equipos de otras partes como el real Madrid, el Juventus y el River Plate, cuadros de unas ciudades a las que nunca conocimos ni en postales.
Después vinieron mis hijos y nacieron con la misma enfermedad.

Ellos no pegaban afiches de futbolistas perni peludos en las paredes de sus desordenados cuartos porque las tenían ocupadas con unos retratos enormes de actrices y modelos que mostraban buena parte de su anatomía. No pegaban afiches pero vivían con la oreja pegada al radio escuchando a unos tipos que gritaban desaforadamente más de dos horas diciendo cosas como "pasó rozando el horizontal", "la bola se fue por arriba del palo e mango" y tonterías como esas.

El más tonto de todos era un tipo que le decía cosas horribles a los de los equipos que no eran de su ciudad y yo terminé rezando en secreto para que todos le ganaran a al cuadro de ese bocón.

Cuando comenzaron a pasar los partidos por televisión mi marido y mis hijos no pensaban en otra cosa que no fuera la bola esa de negro y blanco y nunca me prestaban atención cuando había un juego. Parece que cuando llegó la tele se les agravó la enfermedad porque no solo pegaban la oreja al aparato sino los ojos y hasta el alma.

Nunca he visto gente más hipnotizada que los que ven fútbol por televisión. Un día se vieron un partido, dizque la final de una copa de los que nos dieron la libertad, o sea de los libertadores y se demoraron hasta muy tarde. Como a las diez les dije que se acostaran, que ya estaba bueno, pero me respondieron que apenas iba n a tirar los penaltis y en esos penaltis que no sé qué cosa son duraron como hasta la media noche y, como ganó el equipo verde, al que ellos le iban esa noche, se fueron en una caravana endemoniada que pasó por la puerta de la casa y solo los volví a ver al día siguiente en la tarde. Desde ese día le tengo mucha rabia a un tipo que, cuando terminaban los partidos, decía "Esta noche que no nos esperen en la casa…"

Pero ya tengo 79 años y no estoy para odios ni rencores. Y quiero ser libre. Por eso me vine, sin pedirle permiso a nadie, para la gran ciudad a pasar unos días donde mi hermana Julia, mi hermana menor y una de las dos que me queda, porque uno a los 79 años ya ha enterrado a sus padres, tíos, abuelos y casi a todos los hermanos. En la ciudad donde vive Julia hay equipos de fútbol profesional y no sé por qué pero a mí se me dio el embeleco de ver un partido en el propio estadio. No por radio ni por periódicos sino en el propio estadio y le dije a mi hermana que me acompañara, pero ella dijo que si yo estaba loca, que a esos partidos solo iba gente muy agresiva porque era un clásico y era muy peligroso ir.

De todas maneras, como ni ella ni mis sobrinos quisieron llevarme, yo me escurrí de la casa y me fui sola al estadio. Debí caminar como diez cuadras solamente porque ellos vivían cerca del sitio donde era el juego. Cuando entré, ´pensé en serio que me había equivocado de lugar. Lo digo porque todo aquello me pareció un "teatro de operaciones" como dicen los militares: banderas, himnos de guerras, himnos nacionales… Y como si todo lo anterior fuera poco, terminé de convencerme porque mi vecino tenía en sus manos un pequeño radio y el lenguaje que escuchaba en la voz del que hablaba, era de guerra: armador, artillería, tiro libre, cañonero, artillero, cañonazo, disparo, capitán, defensa, muralla, bomba central, área de candela, misiles, balazo, estratega…en fin, la verdad que tuve ganas de irme por donde vine porque…¿Qué más guerra que las que pasan por el noticiero en donde veo bombas, arengas, manos cercenadas y rostros desolados?

Ya me había levantado para irme pero el vecino me explicó que esas palabras no eran peligrosas sino expresiones que el fútbol había adoptado de la guerra para que fuera más emocionante. Lo miré con desconfianza y poca convicción. Después, cuando los de la "Barra Brava" comenzaron a darse porrazos y a enfrentarse con los policías comprendí que las palabras no eran lo único que el fútbol había heredado de la guerra para ser un deporte más emocionante, como le parecía al vecino. El asuntico se ponía cada vez más feo y hasta ambulancia tuvieron que traer.

Yo estaba pensando en las balas y en los misiles que habían mencionado por la radio pero, afortunadamente, las únicas armas de los policías eran los bolillos y las de los señores de la tal barra brava eran unos puñales que habían hecho con la porcelana de los inodoros rotos.
Yo le pregunté a mi vecino quién iba ganando si la barra, o la policía o el equipo rojo o el otro, pero él me dijo que el partido no había comenzado. A mí me dio un tremendo escalofrío de solo pensar en lo que ocurriría cuando el juego comenzara de verdad verdad y entonces comprendí por qué mi hermana no iba a dejarme venir.

Al fin comenzó el partido y me di cuenta de lo poco que entiendo de este raro deporte. Vi como a veinte tipos en pantaloneta corriendo detrás de un balón de cuadros blancos y negros. Los de verde y los de rojo corrían y corrían detrás de esa bola. Los únicos que no se molestaban en correr eran dos señores con unos uniformes diferentes: permanecían todo el tiempo en debajo de una casita cuyo techo y paredes eran una red y con una puerta muy grande. Estaban tan tranquilos ellos que les faltaba era colgar un chinchorro para descansar; pero a veces la bola llegaba cerca y entonces la cogían con la mano.

Me parece que ellos eran los dueños de la pelota porque eran los únicos que la tomaban con las manos y se quedaban un rato con ella. Yo me preocupé porque de pronto uno de esos señores, dueño de la bola, se enojaba y se la llevaba para la casa y entonces no podíamos seguir viendo el juego. Así pasaba cuando en el barrio le sacaban la piedra a mi hijo Andrés: cogía el baló que mi marido había comprado y se acababa el partido. Después venían los muchachos a rogarme para que lo convenciera de que se las prestara pero yo en esas cosas no me metía.

Me dio lástima con un pobre hombre vestido de negro que también corría detrás de la bola pero nunca la alcanzaba y tampoco se la prestaban. Andaba como un loco pitando para ver si lo dejaban tocarla aunque fuera un momentico pero nadie le hacía caso. A veces se conmovían y dejaban de jugar cuando el sonaba el pito pero no lo dejaban tocar el balón. Hubo una jugada en que uno de los rojos le pegó una patada a atroz a alguien de los verdes y el señor del pito regañó al agresor y para contentarlo le mostró una cartulina, como una tarjeta de navidad de color rojo, pero eso puso más bravo al jugador quien manoteó furiosamente y dijo que si era así no seguía jugando y se salió y no volvió entrar más. A unos señores que estaban en la gradería, con camiseta roja y la cara pintada del mismo color, también se enojaron mucho y empezaron a mandarle saludos a la señora que parió al hombre del pito. Los saludos no eran muy amables pero la señora, donde quiera que esté no puede quejarse, porque en el estadio se acuerdan mucho de ella.

Hubo una jugada en la que los rojos metieron la bola en la casa que cuidaba el señor de los verdes que siempre cogía la pelota con las manos. Los rojos, que venían de otra ciudad, celebraron y se pusieron muy contentos pero la alegría no les duró mucho porque allá en la raya blanca un señor también vestido de negro, como el del pito, levantó una bandera y mantuvo el brazo arriba, muy rígido, tanto que yo pensé en que le iba a dar un calambre. Todo el mundo se acercó donde él; y había mucha gente brava aunque otros estaban contentos. De nuevo le mandaron saludos a la mamá y también a la abuela. Y creo que alguien dijo una palabrota que yo no voy a repetir, haciendo una sugerencia del sitio donde podía guardar la bandera de la discordia.





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