jueves, 14 de julio de 2016

Que abran la frontera y que la abran pronto

Escrito por: Alejandro Rutto Martínez 

Mahatma Gandhi: “Dios no ha creado fronteras. Mi objetivo es la amistad con el mundo entero”


Cuando estaba niño y lograba junto con mis hermanos colarme en las conversaciones de los mayores, empecé a saber lo que significaba la frontera: negocios tránsito de personas, ir y venir de comerciantes de un lugar a otro, alcabalas, controles policiales y, por supuesto, algunos escenarios de corrupción.

Yo nací y crecí en Maicao y en nuestra tierra casi desde el vientre uno escucha hablar de esa línea imaginaria situada cerca del pueblo en donde termina nuestro país y comienza otro país, al que, también los mayores, esta vez en la escuela, nos enseñaron a querer, porque era la patria del libertador Simón Bolívar.

En los tiempos en que crecíamos vimos cientos; qué digo ciento… ¡Miles! De venezolanos  de visitas y de compras en los almacenes del centro de la ciudad. En la tertulia de la tarde los mayores que trabajaban en el sector del transporte narraban con deleite las anécdotas del día y su encentro con algún generoso cliente de quien habían recibido una inesperada y jugosa propina, en bolívares por supuesto, una moneda apetecida, y bien cotizada, pues un solo bolívar valía más de 16 pesos.

En los años ochenta comenzó a decaer la economía venezolana y la llegada masiva de compradores no se produjo nunca más. 

A pesar de todo, los negocios que se hacían llevando mercancías de aquí para allá, o transportándolas  de allá para acá, le han dado vida al comercio de Maicao y permiten que el corazón de nuestro pueblo palpite a pesar de sus inacabables crisis.

Sin embargo, el nefasto 7 de septiembre del 2015, ocurrió lo impensado: el Gobierno de Venezuela tomó la terrible decisión de cerrar la frontera por el paso de Paraguachón, algo que no había sucedido nunca en 500 años desde cuando a los españoles se les ocurrió la idea insensata de trazar una línea imaginaria a través de un territorio culturalmente indivisible como lo es la Península que desde tiempo inmemorial es habitada por originarios con las mismas costumbres, la misma lengua y la misma sangre.

La frontera no fue cerrada nunca ni siquiera en los momentos más difíciles de los enfrentamientos entre Chávez y Uribe, dos polos opuestos del pensamiento; dos estilos distintos de gobernar…en fin, las antípodas de América Latina.  Pero llegó Maduro y en un acto de soberbia cambió quinientos años de historia estableciendo una mala réplica del Muro de Berlín para dividir la Nación wayüu y separar familias, amigos y socios comerciales.

Por eso, en estos días, cuando del discurso de los gobernantes se deduce que estaría cercano el día en que las barricadas sean quitadas del lugar en donde se encuentran mal atravesadas, los hombres de frontera nos frotamos las manos y nos llenamos de esperanza con el pensamiento puesto en el hecho de que algunas actividades comerciales se reactivarán y la aguda crisis social y económica por la que atravesamos comience a ceder.

Es cierto que las actuales circunstancias de Venezuela no son las mismas de antes, pero también es cierto que el hermano país es nuestro principal socio comercial, académico y cultural y con ellos nos va mejor con la frontera abierta.  

Hay que hacer un plan de contingencia y muy rápido, para afrontar lo que pudiera venirse: invasión de desempleados venezolanos (ya ocurre con la frontera cerrada);  venta masiva de productos de primera necesidad a los mercados venezolanos y desabastecimiento en el mercado local  ya ocurre también, aún con la frontera cerrada) y la presencia de delincuentes disfrazados de gente honrada (también sucede, desde hace varios meses, aún con la frontera cerrada).

Yo, a decir verdad no sueño solo con la frontera abierta, sino con utópico mundo sin fronteras. 

Pero como las utopías son lejanas, prefiero soñar con el día cercano en el que, en un acto de sensatez, desaparezcan los soldados y las barricadas. Y la frontera viva de nuevo. Y podamos reencontrarnos los que hemos vivido separados por la injusticia de una decisión que nunca comprenderemos.    


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