viernes, 15 de agosto de 2025

El llamado urgente: auméntanos la Fe


Cómo enfrentar los tropiezos inevitables y perdonar sin límites en un mundo que hiere y necesita ser sanado

Escrito por Alejandro Rutto Martínez

En una ocasión, Jesús pronunció una palabra que dejó sin aliento a sus discípulos:

“Imposible es que no vengan tropiezos” (Lucas 17:1).

El Señor es el Señor de los imposibles, pero una vez Jesucristo reconoció que sí existe algo que es completamente imposible.

No dijo “poco probable” ni “difícil”: dijo imposible. Esa frase corta y afilada es como un campanazo que nos recuerda que, en este camino, tarde o temprano, enfrentaremos ofensas, heridas y situaciones que intentarán derribarnos. El Señor no endulza la realidad: los tropiezos llegarán, y lo peor, muchas veces vendrán de personas cercanas.

Pero en la misma frase, Jesús soltó una advertencia que debería estremecer a todo líder, pastor o servidor: “¡Ay de aquel por quien vienen!”. En otras palabras: los tropiezos son inevitables, pero ser la causa de uno es inaceptable.

 

El peligro de herir a los pequeños

Jesús dijo que era mejor que a una persona le ataran una piedra de molino al cuello y la lanzaran al mar antes que hacer tropezar a uno de “estos pequeñitos” (Lucas 17:2).

Esos “pequeñitos” no son solo niños: son nuevos creyentes, personas frágiles en la fe, almas que apenas empiezan a caminar. Un mal ejemplo, una palabra áspera, una decisión egoísta… y su fe puede tambalearse.

La Biblia está llena de advertencias al respecto. Piense en los hijos de Elí (1 Samuel 2:17): su pecado como sacerdotes fue tan descarado que el pueblo comenzó a aborrecer las ofrendas del Señor. Ese es el poder destructivo de un tropiezo: no solo hiere, sino que puede enfriar el corazón hacia Dios.

 

Fe para resistir, fe para perdonar

Jesús, sin pausa, llevó la conversación hacia otro terreno igual de desafiante: el perdón. “Si tu hermano peca contra ti siete veces en un día… perdónale” (Lucas 17:4). No estaba estableciendo una cifra exacta, sino mostrando la disposición inagotable que Él espera de nosotros.

José, en Egipto, es un ejemplo perfecto y poco predicado. Sus hermanos lo traicionaron, lo vendieron, lo dieron por muerto. Y cuando el poder estuvo en sus manos, en lugar de vengarse, les dijo: “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien” (Génesis 50:20). José había entendido que, por encima del dolor, estaba el plan de Dios.

 

Cuando la única respuesta es “auméntanos la fe”

Los apóstoles escucharon este doble desafío —no ser tropiezo y perdonar sin límites— y no pidieron estrategias ni métodos. Solo dijeron: “Auméntanos la fe” (Lucas 17:5).

Sabían que este nivel de perdón y de cuidado hacia los demás no nace de la fuerza de voluntad, sino de una fe que confía, obedece y se humilla.

Jesús respondió hablando de un grano de mostaza: una fe pequeña, pero genuina, puede mover lo imposible. Y aquí está la clave: una iglesia con fe para manejar los tropiezos es una iglesia madura, estable y sanadora.

 

Un llamado profético

Pastores, líderes, siervos:

  • Examinen su influencia. ¿Está edificando o debilitando la fe de los pequeños?
  • Aprendan a resistir las ofensas inevitables sin que éstas contaminen su ministerio.
  • Practiquen el perdón antes incluso de que se lo pidan.
  • Oren por una fe que no solo reciba milagros, sino que proteja, sane y restaure.

Los tropiezos vendrán. Eso es seguro. Lo que no es seguro es si nosotros seremos causa de ellos o si, por el contrario, los venceremos con una fe creciente y un corazón dispuesto a perdonar siempre.

El clamor sigue siendo el mismo que hace dos mil años: “Señor, auméntanos la fe”.

 

miércoles, 14 de mayo de 2025

𝐄𝐝𝐮𝐥𝐟𝐨 𝐂𝐚𝐥𝐝𝐞𝐫𝐨́𝐧, 𝐮𝐧 𝐬𝐚𝐛𝐢𝐨 𝐝𝐞𝐛𝐚𝐣𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐚𝐥𝐦𝐞𝐧𝐝𝐫𝐨


“𝑬𝒍 𝒎𝒆́𝒅𝒊𝒄𝒐 𝒔𝒂𝒃𝒊𝒐 𝒄𝒖𝒓𝒂 𝒆𝒍 𝒄𝒖𝒆𝒓𝒑𝒐; 𝒆𝒍 𝒎𝒂𝒆𝒔𝒕𝒓𝒐 𝒔𝒂𝒃𝒊𝒐 𝒔𝒂𝒏𝒂 𝒆𝒍 𝒂𝒍𝒎𝒂.”

— 𝑷𝒓𝒐𝒗𝒆𝒓𝒃𝒊𝒐 𝒄𝒉𝒊𝒏𝒐
El profesor Edulfo Calderón Morales respira sabiduría. La lleva en los ojos, en la pausa con que pronuncia sus palabras, en el silencio que deja al final de cada enseñanza para que el alma complete lo que la mente no alcanza a comprender. Nació en Valledupar, un 22 de marzo de 1950, bajo el cielo de Cañahuate y bajo la tutela de sus padres: Elvira Mercedes Morales y Eladio Antonio Calderón Galindo, el recordado Toño Calderón, uno de los últimos curadores del Valle.
Desde pequeño mostró señales de una inteligencia profunda, un niño que no se conformaba con repetir lo aprendido, sino que buscaba entender el porqué de todo. Estudió en la escuela Vicente Roig y Villalba —llamada por todos “Navalito”—, y luego en la Escuela Tercera para Varones, donde se destacaba más por sus preguntas que por sus respuestas.

En 1966 ingresó al Colegio Nacional Loperena, y desde entonces ya dejaba una huella de grandeza. Era un discípulo sobresaliente de sus profesores: mientras otros se distraían con la brisa vallenata, él parecía escuchar voces más antiguas, quizá las del universo.
Fue deportista brillante, amigo ejemplar, esposo amoroso de Magdalena del Carmen Díaz Oñate, padre de Edwin, Isis, Morian e Indi, abuelo tierno de Sean y Jesod. Pero por encima de todo eso, fue maestro. De los verdaderos. De los que enseñan lo visible y lo invisible.
Vivió en muchas ciudades y pasó por muchas aulas, pero sería en Maicao donde su figura alcanzaría la estatura de leyenda. Aquí llegó con una melena frondosa como la de los revolucionarios afrocaribeños, como la del futbolista Diego Umaña y una voz capaz de convocar a la razón y al asombro. Además de dar sus clases: ofrecía revelaciones.
Explicaba teorías y descorría velos. Hablaba de átomos como quien revela secretos de familia, y citaba a Shakespeare con la reverencia de un sacerdote ante el texto sagrado. Lo hacía en español y en inglés, y con ambos idiomas dejaba al público hechizado.
Durante un largo paro de docentes, en los años ochenta, convirtió el patio del colegio en el aula en donde solo se hablaba de ciencias.

La escena parecía el ritual de un templo. Los feligreses sedientos de saber se sentaban en el suelo y el ministro tomaba el hisopo de la sabiduría y los rociaba con el agua bendita del conocimiento.
Mientras muchos profesores se ausentaban, él se presentaba cada día. No le pagaban, pero eso no lo detenía. Los estudiantes llegaban por su propia cuenta, guiados por algo más fuerte que la obligación: la sed de aprender.
Cuando los salarios dejaron de llegar y la dignidad comenzó a peligrar, el profesor Edulfo dio un paso silencioso. Renunció a las aulas y abrió un pequeño almacén de plantas medicinales. Su nuevo trabajo era también un improvisado salón de clases que tenía por techo el cielo y como pupitres, los bancos de madera y los andenes bajo el almendro legendario de la calle 11 con carrera 14.
Allí seguía enseñando, aunque el pizarrón se hubiera transformado en la corteza de un árbol. Muchos llegaron por un remedio para el cuerpo y salieron con una medicina para el alma.
Mi padre, por ejemplo, lo encontró un día en esa farmacia mágica. Volvió a casa con una bolsa de infusiones y el rostro iluminado. “Este es un sabio de verdad”, dijo. Al conocerlo, entendí a qué se refería: quien tales remedios le habían entregado era nuestro guía.
Edulfo cura, y cura con plantas, pero también con palabras.
Hoy, ya pensionado, sigue viviendo con el alma encendida. Su casa se ha convertido en un templo para quienes buscan salud, consejo o simplemente el privilegio de escucharlo. No da clases en colegios, pero cada conversación suya se convierte en una cátedra. Habla desde la convicción de quien ha recorrido casi todos los caminos posibles y desde la profundidad de los silencios.
El profesor Ildefonso Coronel lo llama gurú. Y vive agradecido con él. “Edulfo ha sido muy importante para mi familia y para mí, ha sido el mejor médico que hemos tenido cuando mi esposa ha afrontado quebrantos de salud. Me apoya de una manera desinteresada y con una dedicación que me sorprende cada día más”.
Yo diría que es más que un gurú. Es un hombre que ha descubierto el equilibrio entre el saber y el ser. Un faro sin arrogancia. Una enciclopedia viva, perfumada con menta y eucalipto. Un anciano que sigue joven porque nunca dejó de aprender.
Edulfo Calderón demuestra que algunos hombres que no se jubilan de su vocación, aunque hayan dejado atrás el aula. Sigue enseñando porque nació para ello. Y quienes lo escuchamos, aunque sea una vez en la vida, llevamos dentro una semilla de luz que jamás se apaga. Y todo porque el médico sabio cura el cuerpo; el maestro sabio sana el alma.
Bibliografía consultada: https://n9.cl/pvg59
Autora de la biografía consultada: Shery Ortega Martínez
Agradecimientos: Magdalena Díaz Oñate.

sábado, 5 de abril de 2025

Jaime Pitre, el maestro que trascendió el aula


 Presentación

Jaime Mendoza Pitre no enseñaba desde la tarima, sino desde la vida. Fue maestro, gestor cívico, compañero de luchas y sembrador de futuro en cada aula y en cada esquina de Maicao. Este libro recoge once episodios que no son solo capítulos, sino ventanas abiertas a su legado.

A través de entrevistas sinceras y emotivas con familiares, exalumnos, colegas y amigos, reconstruimos el perfil de un hombre que no se conformó con dar clases, sino que se empeñó en dejar huella. Cada testimonio revela una faceta distinta de Pitre: el profesor exigente, el líder político sereno, el amigo leal, el familiar recto y cariñoso.

Estos once capítulos son también once agradecimientos. Once maneras de decirle a Jaime Mendoza Pitre que su historia no se borró con la tiza, sino que quedó escrita con tinta firme en la memoria colectiva de su pueblo.

A continuación, el enlace a cada uno de los 11 vibrantes episodios de esta particular serie: 

Episodio número 1

Episodio número 2

Episodio número 3

Episodio número 4

Episodio número 5

Episodio número 6

Episodio número 7

Episodio número 8

Episodio número 9

Episodio número 10

Episodio número 11

martes, 11 de marzo de 2025

Roberto Enrique Pineda, la Voz que nunca se apagó

 


La vida de Roberto Enrique Pineda: un relato en siete episodios

La historia de una persona es el reflejo de su tiempo, de los desafíos que enfrentó y de las huellas que dejó en quienes lo conocieron. En esta crónica en siete episodios, recorremos la vida de Roberto Enrique Pineda, un hombre cuya existencia estuvo marcada por la perseverancia, el sacrificio y la búsqueda incansable de sus sueños.

Desde sus primeros años en Maicao hasta su incursión en distintos ámbitos de la sociedad, cada episodio reconstruye los momentos clave de su vida, con una narración que mezcla el rigor de los hechos con la emoción de los recuerdos. A través de estas páginas, conoceremos su infancia en una comunidad en transformación, sus años de formación, las dificultades que enfrentó y los logros que alcanzó con esfuerzo y determinación.

Esta serie de relatos no solo es un homenaje a Roberto Enrique Pineda, sino también una invitación a reflexionar sobre las historias que dan forma a nuestra identidad colectiva. A continuación, presentamos los siete episodios que conforman esta crónica, con la intención de que el lector se sumerja en un viaje por la memoria y descubra la esencia de un hombre que dejó una marca imborrable en su entorno.

Enlaces a los episodios:

 Roberto Enrique Pineda, la voz que nunca se apagó (Parte 1)


Roberto Enrique Pineda, la voz que nunca se apagó (Parte 2)

 

Roberto Enrique Pineda (Parte 3)


 Roberto Enrique Pineda (Parte 4)

 

Roberto Enrique Pineda (Parte 5)


 Roberto Enrique Pineda (Parte 6)

 

Roberto Enrique Pineda (Parte 7, final)


sábado, 8 de marzo de 2025

Entrevista a Reina Murieles de Pineda

 



Realizada por Alejandro Rutto Martínez

La historia de Roberto Enrique Pineda no puede contarse sin la voz y la memoria de quien compartió con él sus días, sus triunfos y desafíos, su amor por la radio y su compromiso con la comunidad. Reina Murieles de Pineda no solo fue su esposa, sino también su compañera de vida, testigo de su crecimiento profesional y del impacto que dejó en Maicao y en el periodismo regional. En esta entrevista, Reina nos permite adentrarnos en la vida íntima de Roberto, más allá de los micrófonos y las cabinas de radio, ofreciéndonos un retrato del hombre detrás de la voz que nunca se apagó.

Maicao, en los años en que Roberto estuvo en la cúspide de su carrera, era un hervidero de comercio y cultura. La radio era el medio de comunicación más influyente, y Roberto Enrique Pineda era su principal referente. Su voz acompañaba a la gente desde la madrugada con noticias, análisis y entretenimiento. Pero, además de periodista, fue esposo, padre y un hombre profundamente entregado a su comunidad.


Los carnavales de aquella época eran celebraciones llenas de color, música y entusiasmo, en las que Roberto tenía un papel destacado. Su participación como locutor y cronista de las festividades le dio un lugar especial en el corazón de los maicaeros. Paralelamente, en la radio, se rodeó de un equipo de trabajo con el que construyó una escuela de periodismo y un estilo de comunicación que aún se recuerda.

En esta entrevista, Reina Murieles nos hablará sobre su vida junto a Roberto, sus hijos, los carnavales de la época y el equipo de personas que lo acompañaron en su trayectoria. Nos contará sobre el legado que dejó y cómo su familia y la comunidad siguen recordándolo con cariño y admiración.

 

Alejandro Rutto Martínez (ARM): Señora Reina, hablemos de su esposo. ¿Cómo era Roberto Enrique Pineda en su vida cotidiana, más allá del periodista reconocido?

Reina Murieles de Pineda (RMP): Roberto era un hombre apasionado por lo que hacía, pero también un esposo y padre muy dedicado. En casa, lejos del micrófono, era un hombre tranquilo, bromista y muy protector con su familia. Siempre tenía un libro en la mano y le encantaba compartir historias. Nunca se desconectaba del todo del periodismo, pero cuando estaba con nosotros, se aseguraba de que sintiéramos su presencia y cariño.

ARM: ¿Cómo era Roberto como padre?

RMP: Era un padre amoroso y presente dentro de sus posibilidades. A pesar de su trabajo en la radio, siempre encontraba tiempo para sus hijos. Les inculcó valores como la honestidad, la responsabilidad y el amor por el conocimiento. Siempre se preocupaba por su educación y por transmitirles su pasión por la lectura y la historia.

ARM: ¿Cuáles fueron los valores más importantes que les inculcó a sus hijos?

RMP: El respeto por los demás, la integridad y el esfuerzo por alcanzar sus metas. Siempre decía que la clave del éxito estaba en la disciplina y la constancia.

ARM: ¿Cómo lograba equilibrar su trabajo en la radio con su rol de esposo y padre?

RMP: No fue fácil, porque su trabajo lo absorbía mucho. A veces tenía que madrugar para estar en la emisora y otras veces se quedaba hasta tarde preparando sus noticias. Pero siempre buscaba un momento para nosotros. Cuando los niños eran pequeños, les contaba historias antes de dormir y los domingos eran sagrados para compartir en familia.

ARM: ¿Cómo se vivían los carnavales en aquella época y qué papel jugaba 

Roberto en esas festividades?

RMP: Los carnavales eran una explosión de alegría. Todo el pueblo se involucraba en la organización y las comparsas llenaban las calles con música y color. Roberto no solo cubría el evento para la radio, sino que también era parte activa de la organización. Era el encargado de anunciar a las candidatas y narrar los momentos más importantes del carnaval. Su voz era la que daba inicio a la gran celebración.

ARM: ¿Cómo recuerda la candidatura de Reina Isabel al reinado del carnaval?

RMP: Fue una época emocionante. Las candidatas tenían el apoyo de toda la comunidad, y Roberto fue un gran impulsor del evento desde la radio. Él siempre resaltaba la importancia cultural del carnaval y el impacto que tenía en la identidad del pueblo.

ARM: ¿Quiénes fueron sus principales compañeros de trabajo en la radio?

RMP: Trabajó con grandes profesionales como Tomás Domingo Ocando, Tulio Pizarro Herrera, Ignacio Ramírez Pinzón y muchos otros. También fue mentor de jóvenes como Gustavo Múnera y Alejandro Rutto Martínez. Siempre decía que la radio era un trabajo en equipo y que todos debían aprender de todos.

ARM: ¿Cómo era su relación con ellos dentro y fuera de la cabina?

RMP: Roberto tenía una relación cercana con sus compañeros. Dentro de la cabina era muy profesional y exigente, pero fuera de ella era un amigo leal y solidario.

ARM: ¿Cómo seleccionaba a los jóvenes que quería formar en el periodismo?

RMP: Siempre buscaba gente con pasión por la comunicación. No le importaba si tenían experiencia o no, lo que él quería era compromiso y ganas de aprender.

ARM: ¿Qué enseñanzas dejaba a quienes trabajaban con él?

RMP: La ética, la responsabilidad y el respeto por la verdad. Siempre les recordaba que un periodista debía ser una voz confiable para la comunidad.

ARM: ¿Cómo lo recuerda la gente en Maicao?

RMP: Con mucho cariño y respeto. Aún hoy muchas personas me dicen que extrañan escucharlo en la radio.

ARM: ¿Qué impacto tuvo en la vida pública y en el periodismo regional?

RMP: Fue un referente. Su estilo de hacer periodismo dejó huella y muchos de sus colegas siguen su ejemplo.

ARM: ¿Cómo cree que ha cambiado la radio desde su época hasta ahora?

RMP: La tecnología ha cambiado muchas cosas, pero la esencia del buen periodismo sigue siendo la misma: informar con veracidad y compromiso.

ARM: ¿Qué le gustaría que las nuevas generaciones aprendieran de él?

RMP: Su amor por la profesión, su entrega y su ética inquebrantable.

ARM: ¿Cómo cree que Roberto querría ser recordado?

RMP: Como un hombre que amó su profesión y su tierra, que luchó por informar con responsabilidad y que nunca dejó de soñar con un Maicao mejor.

ARM: Por último, si pudiera decirle algo a Roberto hoy, ¿qué le diría?

RMP: Que lo extraño todos los días, que su voz sigue viva en nuestros corazones y que estoy orgullosa de todo lo que construyó.

ARM: Señora Reina, gracias por compartir estos recuerdos tan valiosos sobre la vida y legado de Roberto Enrique Pineda.

RMP: Gracias a usted por recordarlo con tanto cariño.

 

lunes, 27 de mayo de 2024

Historias de Transformación: Un Encuentro con Líderes Sociales

 

“Un líder es aquel que conoce el camino, hace el camino y muestra el camino.” – John C. Maxwell

En la calurosa mañana del 27 de mayo de 2024, el aula del curso C1 de Gerencia Social de la Universidad de La Guajira Extensión Maicao se convirtió en un vibrante epicentro de inspiración y sabiduría. El panel titulado "Liderazgo y Comunidad: Historias de Transformación Social" reunió a destacados líderes sociales que compartieron sus vivencias y enseñanzas con un auditorio ávido de conocimientos.


El evento, organizado meticulosamente por los estudiantes de la asignatura Gerencia Social,
buscaba tender un puente entre la teoría y la práctica, permitiendo a los futuros gerentes sociales beber directamente de la fuente de la experiencia. Vanessa Parra Gutiérrez y María Fernanda Borrego, las presentadoras del evento, demostraron una maestría comunicativa que mantuvo a la audiencia cautivada desde el primer momento.

El panel contó con la presencia de Carmen Solano (líder comunal), Iván Uriana (presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio Almirante Padilla), William Beltrán (pastor de una importante iglesia evangélica), Samuel Valladares (presidente del Consejo Estudiantil del Colegio Juan XIII) y Jorge Luis Velásquez (secretario de la Junta de Acción Comunal del barrio Miguel Lora).  Cada uno de ellos, desde sus trincheras, aportó un mosaico de experiencias y reflexiones que enriquecieron el diálogo sobre el liderazgo y el compromiso social.


Carmen Solano, con una voz llena de pasión y determinación, abrió el panel hablando de la soledad del líder y la importancia de aprender a tocar puertas. "No hay que darles un pescado, sino enseñarles a pescar," afirmó con convicción, resaltando que la mayor satisfacción de un líder es poder ayudar a los demás.

 


Iván Uriana, con la serenidad que caracteriza a un verdadero guía, enfatizó que "no hay líder sin liderazgo". Habló sobre la necesidad de escuchar con empatía y aprender de otros, subrayando que muchas veces el líder comunal queda solo, pero que es en esos momentos cuando más se debe perseverar.


El pastor William Beltrán aportó una perspectiva espiritual, llamando a no abandonar lo iniciado y recordando que el liderazgo es un don divino que debe cultivarse con amor al prójimo. "El liderazgo nace en la familia," dijo, subrayando la importancia de los valores familiares en la formación de un buen líder.


Samuel Valladares, joven presidente del consejo estudiantil del colegio Juan XXIII, habló con la frescura de su generación. "El líder debe pensar en él y en los demás," dijo, poniendo en evidencia la dualidad de responsabilidad que conlleva el liderazgo. Confesó que todos los líderes, en algún momento, se preguntan si están realmente preparados para la tarea.


Jorge Luis Velásquez, con su experiencia en la Junta de Acción Comunal del barrio Miguel Lora, narró cómo a veces el líder debe empezar desde cero. Habló de la importancia de calmar las aguas y conciliar intereses opuestos, resaltando que el secreto del éxito radica en el trabajo en equipo y en las decisiones concertadas.


El panel cerró con la entrega de reconocimientos a los líderes, un acto cargado de emotividad y gratitud. Los estudiantes de Gerencia Social del séptimo semestre de Trabajo Social en la Universidad de La Guajira Extensión Maicao, con rostros radiantes de admiración, entregaron los premios. Andrea y María Fernanda, con sus palabras finales, sellaron el evento con una nota de esperanza y motivación.

La foto oficial del evento, capturada con todos los panelistas y organizadores, será un testimonio gráfico de un día memorable. Un día en que el aula C1 se llenó no solo de historias, sino también de sueños y de la promesa de un futuro mejor, construido sobre los cimientos sólidos de la experiencia y la sabiduría compartida.

En un rincón de la Universidad de La Guajira, el eco de las palabras de estos líderes resonará por mucho tiempo. Y cada estudiante que estuvo presente llevará consigo la certeza de que el liderazgo verdadero no es un cargo, sino una responsabilidad y un privilegio. En el corazón de Maicao, las semillas del cambio han sido sembradas, y el espíritu del liderazgo florecerá con la fuerza y la belleza de un nuevo amanecer.

sábado, 25 de mayo de 2024

La batalla de la Laguna Salada

 

En la calurosa y turbulenta jornada del 25 de mayo de 1820, la historia de la lucha por la independencia en la Costa Caribe colombiana se escribió con sangre y valor en la memorable Batalla de la Laguna Salada. En el fragor de este singular combate, un nombre se destacó con luz propia: José Prudencio Padilla, el valiente militar guajiro que, con su coraje y liderazgo, se convirtió en el héroe de la jornada.

El país estaba en pleno movimiento, organizando diversas campañas para liberar la Costa Caribe del dominio español. Bajo el liderazgo de figuras como el coronel José María Córdoba, que avanzaba por el río Magdalena, y el almirante Pedro Luis Brion, junto a Mariano Montilla y José Prudencio Padilla que comandaban las fuerzas por mar, los patriotas trazaban su camino hacia la libertad. Con 22 navíos, una tripulación de 1300 criollos y 700 legionarios irlandeses, el destino de la Costa Caribe se debatía en cada batalla.

El 25 de mayo de 1820, las fuerzas patriotas, aunque en desventaja numérica, se enfrentaron a los españoles liderados por el coronel Vicente Sánchez. Los españoles contaban con 1200 hombres, mientras que los patriotas solo tenían 580 combatientes, incluyendo 380 infantes de marina, muchos de ellos nativos de Riohacha, un piquete de caballería y 200 lanceros irlandeses al mando de O’Connor, apoyados por dos piezas de artillería. Sánchez Lima había posicionado sus tropas en un terreno llano a la izquierda de la Laguna Salada, mientras que a la derecha un espeso bosque ofrecía un refugio natural.

El combate se decidió en la sabana del Patrón, donde la valentía y la estrategia de los patriotas brillaron. José Prudencio Padilla, con su profundo conocimiento del terreno, fue fundamental en la planificación de la estrategia de combate. Su hermano, José Antonio Padilla, también se destacó en la batalla, mostrando un valor inquebrantable. La victoria de los patriotas consolidó sus posiciones en el Caribe y evitó una posible retoma por parte de Pablo Morillo, quien se encontraba en la capitanía de Venezuela.

El coraje y liderazgo de José Prudencio Padilla no solo fueron decisivos en la batalla, sino que también lo consolidaron como un prócer de la independencia. Durante la ocupación realista de Riohacha, su padre, conocido como "Maestro Andrés", sufrió la represión realista. Encadenado y humillado, fue conducido a Cartagena y encarcelado por el "delito" de ser el padre del valiente marinero riohachero.

Una anécdota curiosa ilustra el ingenio y el espíritu festivo de Padilla. El 13 de mayo, víspera de la celebración del milagro de la Virgen de los Remedios, las calles de Riohacha estaban llenas de fiesta. En la Calle Ancha, en casa de los familiares de Tomasa Soto, Padilla, en una misión de inteligencia, se contagió del ambiente festivo y comenzó a cortejar a una hermosa morena, bailando con su estilo característico. Una señora mayor lo observó y comentó: "¡Caramba! Si el negro José Prudencio estuviera en Riohacha, yo diría que ese que va bailando allí con esa negra, era él." Aunque Padilla no escuchó el comentario, su escolta sí lo hizo y alertó a su comandante: "General, lo han reconocido, vámonos". Sin demora, Padilla se retiró hacia un destino desconocido.

La Batalla de la Laguna Salada no solo fue una victoria estratégica para los patriotas, sino también un testimonio del coraje y la determinación de José Prudencio Padilla. Su valentía y liderazgo dejaron una huella indeleble en la historia de la independencia, consolidando su lugar como uno de los grandes héroes de Colombia.

lunes, 6 de mayo de 2024

Escuela de Alto Gobierno: Cimiento de un Encuentro Inspirador para el Desarrollo Regional

Bajo el delicado velo de las lluvias bogotanas, me encontré inmerso en un evento trascendental los días 2 y 3 de mayo de este año. La sede de la ESAP en el Centro Administrativo Nacional se erigió como el epicentro de un encuentro que prometía ser memorable. Gestores territoriales de diferentes partes del país nos congregamos con un objetivo claro: trazar el camino hacia un 2024 lleno de éxitos y desarrollo para nuestras respectivas regiones.

Las expectativas eran abrumadoras. Ansiábamos conocernos en persona después de meses de interacciones virtuales. Cada uno de nosotros, procedentes de diversos rincones del país, nos dirigimos al aeropuerto El Dorado en la mañana del día 3. Allí, nos recibieron con calidez los funcionarios del nivel central, con quienes solo habíamos tenido contacto a través de llamadas telefónicas. Tras compartir unas reuniones informales durante la mañana, disfrutamos de un almuerzo reconfortante, con el compromiso de reunirnos puntualmente a las 2 en punto para dar inicio a la esperada reunión.

A la hora acordada, nos congregamos en el auditorio central gestores, expertos y funcionarios del nivel central. El ambiente reflejaba la diversidad de nuestro país, con sus diversos acentos y la fuerza vocal de hombres y mujeres nacidos en todas las regiones geográficas.

Fue entonces cuando Mario Moisés Juvinao Daza, un notable profesional cienaguero que conoce lo público como la palma de su mano, director de la Escuela de Alto Gobierno de la ESAP, inauguró el evento con palabras llenas de convicción, destacando la relevancia de la institución en la formación de servidores públicos de alto nivel. 

El liderazgo de referentes como Libia Corredor Delgado y Lucero León Rincón marcó el tono dinámico y determinado del encuentro. Los gestores, con voz firme, expusimos las necesidades de nuestras regiones y exploramos cómo la ESAP podría contribuir a su fortalecimiento a través de capacitaciones y asistencias técnicas.

Las veintiuna líneas temáticas manejadas por la Escuela de Alto Gobierno fueron la guía para nuestras discusiones. Desde comunicación pública hasta políticas públicas, cada área representaba una oportunidad para el crecimiento y mejora de nuestros servicios públicos.

El diálogo fluido y franco entre gestores y expertos nacionales creó un ambiente de colaboración y entendimiento mutuo, propiciando el intercambio de experiencias y mejores prácticas.

Uno de los momentos más emotivos fue cuando, a instancias de la moderadora Clara Inés Pérez, depositamos nuestros sueños en una cápsula del tiempo. Este acto simbólico reflejaba nuestra esperanza y determinación por construir un futuro mejor para nuestras regiones y para Colombia en su conjunto.

La clausura del evento estuvo a cargo del director de la Escuela Superior de Administración Pública, Jorge Bula Escobar, quien resaltó la trascendental labor de los gestores en las regiones y la responsabilidad de la ESAP en fortalecer su desarrollo. El encuentro culminó con una integración fraternal entre amigos, renovados en energía y con un firme compromiso de dedicarnos plenamente a nuestra labor.

jueves, 14 de marzo de 2024

Yorledys Pabón Aguilar, versos entre la esperanza y el amor


Yorledys camina por las calles de Manaure y recorre los caminos polvorientos de La Guajira en busca de las pequeñas vetas de donde surge el fuego irreversible que origina sus versos
cargados de fe y de esperanza para complementar las letras que han brotado de los pequeños surcos dejados por las cicatrices del sufrimiento a lo largo de su ciclo vital como mujer, madres y maestra.

Hoy es una de las escritoras afro con más reconocimiento en el país, con el plus de que pertenece a la etnia wayüu por la línea de los Aguilar. O sea, en sus versos reposan la impetuosa herencia africana y la inefable resistencia amerindia.


Desde temprana edad ha invertido su tiempo en escribir sus versos para que rimen con la vida como riman los colores del cardenal guajiro con los silbidos del viento en las dunas y los desiertos de la península.

Hace poco quisimos explorar su pensamiento acerca de temas de nuestros días y también de los detonantes que la han llevado a producir sus letras. Le hemos preguntado por un tema que hoy desvela a la humanidad y amenaza a la mayoría de las profesiones, la inteligencia artificial.


Nuestra pregunta fue: Yorledys, ¿Usted piensa que la inteligencia artificial, que puede hacer casi todo, hasta escribir un poema rimado, amenaza la profesión del escritor?

Ella sonríe, como si no le preocupara el peligro vecino y responde pausadamente:

“Es una pregunta muy interesante sé de personas que han utilizado la inteligencia artificial para crear textos, poesía, contar una experiencia vivida. Sólo se utiliza para producir textos, pero jamás podrá tener esas vivencias, esas emociones, esos sentimientos… nunca podrá reemplazar el sentir de un escritor”


Ella sabe de tristezas silenciosas y de sílabas elocuentes. En algunas épocas la vida la ha golpeado con dureza, lo sabemos. Pero no está demás preguntarle ¿Cuál es el manantial en donde calma su sed de escribir, es decir, qué es lo que en realidad la estimula? He aquí su inspiradora respuesta:

“En mi primer poemario hubo muchos eventos que me impactaron como fue la separación, la pérdida de mi padre… fueron sentimientos que guardé dentro de mí y al escribir con esas emociones hice como una catarsis pude soltar todo lo que me estaba haciendo daño cambié el dolor por letras y transformé el dolor en poesía”

Desde Manaure, el pueblo en donde la poesía se posa en los pezones de las pequeñas montañas de sal frente al indescifrable mar Caribe, ella aprovecha las franjas de la noche y las ventanas del día para verter letras expresivas sobre la superficie del papel.  Sin embargo, cada línea, cada párrafo, cada página que escribe se convierten en un nuevo estímulo para superar el más grande desafío de un escritor de provincia. Ella misma nos responde cuál es ese desafío:

“Aunque en Colombia se realizan muchos eventos literarios el poder tener un libro en nuestras manos es lo mejor, pero es bastante difícil el apoyo, la impresión y publicación de un libro ese es uno de los desafíos más importantes a los que me he tenido que afrontar”

En medio de sus clases, sus bailes rítmicos de danzarina experta su sonrisa espontánea aprendida en sus tiempos de reina del Carnaval en el colegio, atiza el fogón y prende la antorcha para iluminar el camino de su estilo propio, original e inconfundible.   Ella vive inspirada, pero lo está aún más en determinadas circunstancias:

“Particularmente me inspiro en sentimientos, en emociones, amor, desamor, soledad, ausencia, pérdidas…en mi segundo poemario me inspiro más que todo de mi cultura, mi cultura wayüu, hago un homenaje a esa mujer guerrera, a esa mujer luchadora, a esta etnia que pesar de las tecnologías y la modernización en la que estamos viviendo ha luchado por preservarse, por tener ese arraigo en su historia, preservarla y por tenerla siempre presente y que siempre siga adelante”

Ella no se detiene y su literatura tampoco. Mañana es otro día y de seguro nos sorprenderá de nuevo con otros versos orondos y bellas palabras que se contonean entre la línea recta de los propósitos y las redondas curvaturas del amor.

sábado, 10 de febrero de 2024

La reina de los dados

Escrito por: Mirosllav Kessien


No se veían desde hacía un año, tal vez dos. Pero bastaron cinco minutos de charla para que todo volviera a esa extraña normalidad que solo tienen los amigos que alguna vez coquetearon con algo más, pero nunca cruzaron la línea.

Ella, como siempre, impecable: no por la ropa —una blusa sencilla, una falda sin artificios— sino por su forma de estar, de mirar, de ocupar el espacio sin pedirlo. Él, en cambio, llegaba con el mismo desorden amable de siempre: una camisa mal metida en el pantalón, un reloj que no combinaba con nada y esa risa fácil que se le escapaba cuando no sabía qué decir.

Habían quedado de tomar un café en su apartamento, una excusa perfecta para no ir a lugares ruidosos. A mitad de conversación, cuando la charla ya había repasado lo laboral, lo sentimental y lo ligeramente vergonzoso, ella trajo una caja rectangular envuelta en una tela color granate.

—¿Qué es eso? —preguntó él.
—Un juego de dados. Artesanal. Lo compré en Oaxaca.
—¿Y viniste a retarme?
—No. Vine a enseñarte lo que pasa cuando se juega con una reina.

Él se rió. Pensó que era broma. Pero ella abrió la caja con la calma de quien inicia un ritual. Dentro había un tablero de madera clara, cuatro dados tallados a mano y un pequeño bloc con tapas negras.

—¿Qué se apuesta? —preguntó él, acomodándose en el sofá.
Ella arrancó una hoja del bloc, escribió algo en ella con letra firme y sin adornos, y la dejó frente a él.
“Quien gane decide. Quien pierda obedece.”

—¿Siempre tan directa? —dijo él.
—Solo cuando estoy segura de ganar.

No había condiciones explícitas, ni penitencias declaradas. Solo esa regla ambigua que flotaba como perfume denso en la sala.
El primer turno fue suyo. Ganó con facilidad. Ella aceptó su derrota con una inclinación elegante de cabeza.

—Tu penitencia —dijo él, aún confiado— es que me sirvas el vino.

Ella lo hizo sin protestar. Sin sumisión. Más bien como quien se complace en interpretar el rol momentáneo que sabe que pronto invertirá.

Y lo hizo.
La suerte cambió sin aviso. En la ronda siguiente, ella ganó. Luego otra vez. Y otra. Cada victoria era silenciosa, sin alardes, pero dejaba detrás pequeñas consecuencias:
—Dame tu reloj.
—Quítate los zapatos.
—Prohibido mirar el marcador durante la próxima tirada.
—Ahora jugamos con una sola mano.

Él fue perdiendo terreno como se pierde el tiempo: sin notarlo hasta que es tarde. Al final de la novena ronda, ella lanzó los dados con una precisión que parecía coreografiada. Sumó exactamente lo necesario.

—Última ronda —dijo—. Pero esta vez, si ganas, recuperas un objeto.
—¿Y si pierdo?
—Obedeces sin réplica.

Él tiró. Se detuvo. Observó los puntos.

Cinco.

Ella, con gesto medido, lanzó sus dados.
Siete.

No gritó. No sonrió. Solo escribió una nueva instrucción en su libreta, arrancó la hoja y se la entregó sin palabras.

Él la leyó en voz alta:

“Durante las próximas dos horas, estarás a mi servicio. No preguntarás. No interrumpirás. No te negarás. Y si dudas... tira un dado. Si sale par, continúas. Si sale impar, vuelves a empezar.”

—¿Me estás castigando o educando? —preguntó él.
Ella ya estaba de pie.
—Sígueme.

Fueron a la cocina. Sobre una silla había un delantal negro, con una flor roja bordada en hilo grueso. Ella lo tomó con delicadeza y se lo tendió.

—Póntelo. Aprieta bien los lazos. Hoy serás útil.

Él lo hizo, sin ironías. No había espacio para burlas. El ambiente se había cargado de un silencio nuevo, uno que no pesaba pero se sentía.

Ella se sentó en una banqueta, se cruzó de piernas y le indicó:

—Prepara café. Luego, el postre. Y mientras lo haces, silba. Lo que quieras, pero silba.

Él obedeció. No por miedo ni por deseo. Por una mezcla de respeto y fascinación que no supo nombrar.
Silbó un bolero mal recordado, volcó un poco de azúcar, se quemó el dedo con la tapa de la cafetera. Y ella observaba. No con superioridad, sino con esa concentración de quien escucha una sinfonía con los ojos.

Cuando terminó, ella probó una cucharada del postre, alzó una ceja apenas.

—Te falta técnica.
—No soy repostero.
—Hoy lo fuiste.

Se levantó, lo rodeó lentamente, como si lo examinara desde todos los ángulos. Luego tomó un paño, lo humedeció y le limpió una gota de chocolate del cuello con la suavidad de una escena ceremonial.

—Buen intento. Aún no estás listo para la cocina ciega.
—¿La qué?
—Un reto futuro. No preguntes.

Él asintió. Se quitó el delantal con cuidado, lo dobló y lo dejó en la silla como si fuera una prenda valiosa. Ella ya estaba en la sala, guardando los dados en la caja.

Solo entonces, al mirarse en el reflejo del microondas, notó lo que ya no tenía.
Miró sus muñecas: sin reloj.
El bolsillo: sin celular.
Los pies: descalzos.
Su dignidad, en paradero no muy claro.

Se acercó al sofá y comenzó a hacer un recuento de pérdidas en voz baja:

—Mi reloj...
—En mi bolso —respondió ella, sin levantar la vista.
—Mi celular...
—En la repisa. Silenciado.
—Los zapatos...

Ella lo interrumpió con un movimiento lento de cabeza. Se puso de pie, fue hasta una esquina del salón y regresó con una caja blanca. Se la tendió sin sonreír.

—Tus zapatos están aquí.
—¿Aquí... dónde?
—Aquí. En esta caja. —Le entregó el paquete como quien entrega un animal dormido.

Él lo abrió. Dentro había un par de pantuflas grises, suaves, mullidas, con la cara de un gato bordada al frente.

—¿Esto es una broma? —preguntó, incrédulo.
—No. Eso es lo que usarás para irte a casa. Los dados hablaron. Y los gatos no muerden.

—¿Y mis zapatos de verdad? —insistió, al borde de la súplica.
Ella se encogió de hombros con delicadeza.
—Pasarán la noche conmigo. Para que pienses mejor tu estrategia la próxima vez.

Él volvió a mirar la caja. Luego a ella. Luego a sus pies. Y suspiró.
Se puso las pantuflas con resignación y un hilo de vergüenza divertida.
El delantal seguía sobre la silla, como recordatorio de su rol reciente.

—¿Volveremos a jugar? —preguntó entonces, mientras se alisaba los pantalones y recogía su dignidad con ambas manos.

Ella no respondió. Cerró la caja de los dados, la envolvió con precisión dentro de la tela granate, y al hacerlo, pareció cerrar también el capítulo.

—Eso no depende de ti —dijo, con voz suave.

Él abrió la puerta. El frío del pasillo le golpeó los pies cubiertos de gato mullido.
Y mientras bajaba en ascensor, sintió que había perdido muchas cosas en ese apartamento…
y que tal vez, sin saberlo, había ganado el derecho de regresar.

 

Analytic