sábado, 22 de enero de 2011

Fútbol: nostalgias lejanas y cercanas (1)

Por: Alejandro Rutto Martínez

Diciembre de 1.973

Tenía yo nueve años. En casa prendieron el radio un domingo por la tarde y escuchamos al locutor de cierta emisora nacional en su narración un partido de fútbol. El que habla no es Martín Valiente, el héroe venezolano de la radionovela que escuchamos todos los días a las 12. Es colombiano y habla con vigor y ritmo, como si estuviera cantando y de hecho canta con la inspiración propia de los narradores de mi país.
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Uno de los equipos marca y va ganando 1-0, lo que motiva un ruidoso y prolongado grito del hombre de la radio. Luego el mismo equipo, Deportivo Cali se llama, marca otra vez. Lo sé porque siento que el locutor va a romper el deteriorado parlante de nuestro viejo radio. Sigo entretenido en el juego con mi volqueta roja recién sacada de su empaque en el arenoso patio de la casa, pero tengo los oídos puestos en la transmisión radial. Van 2-0. Cuando descargo un viaje de arena en el rincón del patio oigo otro gol y mi hermano, bueno para las cuentas me recuerda que van 2-1. Luego 2-2 y al final el que perdía gana por 3-2…es una gran hazaña, dice el narrador y lo confirman otros señores que no gritan tanto.
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Yo, que no tenía equipo, elijo a los héroes de esa tarde. No es ni Santa Fe, ni Millonarios…los cuadros a quienes admiran mis hermanos. Ni Junior, el cuadro por el que vibran casi todos en el mundo, mi mundo, conocido. Desde ese día reseco y soleado soy seguidor incurable del Atlético Nacional. Es un error más de la genética en una sola casa, porque la genética indica que todos los habitantes del Caribe deben ser junioristas.
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Yo aún no sabía de genética ni de regiones o regionalismos. Y cuando por fin supe algo, entendí que se puede cambiar de religión o de nacionalidad, o de casa o de lugar de residencia, pero no se puede cambiar el equipo por el que se goza y sufre. Sobre todo cuando se sufre, que es lo que más le pasa a quienes nos gusta el fútbol.

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