martes, 24 de diciembre de 2013

Lucas fuentes, el arte de la potencia en el fútbol

Por: Alejandro Rutto Martínez

Tomado de Articulo.org

El fútbol es un arte complejo y por complejo hermoso. En él se combina el ilusionismo de los malabaristas brasileros; la potencia de los delanteros europeos;  los impresionantes reflejos de los arqueros africanos; la capacidad de lucha y la perseverancia de los equipos europeos; el funcionamiento de alta precisión de algunas selecciones holandesas; la cohesión  y logros de la España de Vicente del Bosque; la fuerza bruta de los alemanes y la inagotable disposición de la mayoría de las hinchadas para sufrir lo indecible.

Lucas Fuentes, uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos, combinó varias de las cualidades de los grandes y por eso sobresalió en un lugar y en una época en la que su arte llenó de fantasías el lienzo de la historia del más bello de los deportes.

Nació en Uribia, una tierra de la que algún desprevenido comentarista pudiera decir que no tiene tradición futbolera. Se necesita, ciertamente ser desprevenido y mal informado, para ignorar que en las canchas de tierra, barro y piedras de la capital de la Alta Guajira se ha jugado buen fútbol, como el que practicaba Lucas Fuentes, un futbolista virtuoso cuya principal característica era el inacabable romance con el gol y fuerza que le imprimía a la pelota cuando sus pies la enviaban en dirección a la red.

El fútbol es drama, dolor,  fuerza, grito, pasión y…gol. Pero, por sobre todas las cosas el rey del fútbol es el gol y por ello los goleadores están condenados a no ser olvidados jamás.

Lucas tomaba la pelota, levantaba la cabeza, miraba hacia un lado, hacia el otro, se la prestaba a un compañero y corría para recibirla de nuevo, miraba de nuevo el panorama, corría, recibía…pero hiciera lo que hiciera su memoria futbolística estaba obsesionada con la red contraria y de allí que los porteros de la época tengan recuerdos poco gratos de las veces en que debieron encontrarse.

Uribia fue su ciudad natal pero sus travesuras futbolísticas tuvieron sus mejores expresiones en las canchas de Maicao y Riohacha en donde hizo parte de elencos inolvidables de un tiempo en que la retina de los aficionados era inundada de buen fútbol y del polvo que manaba de todas partes en los legendarios veranos de La Guajira.

Sus pases, sus jugadas y sus goles lo convirtieron en un jugador atractivo para los clubes profesionales y el Unión Magdalena, en 1.970,  se le adelantó a otros y logró incorporarlo a sus filas.  En el año 70 se jugó el mejor mundial que se recuerde y el Unión tenía la gran motivación de  haber ganado, dos años antes y de  manera sobresaliente su único título en el rentado colombiano.  Allí, siendo un jovencito a prueba, compartió con la escuela paraguaya y brasilera, base del equipo junto a figuras locales como el maestro Alfredo Arango.  El constante llamado de su tierra natal y la lejanía de sus seres queridos hizo que Lucas se regresara pronto a casa sin tener la oportunidad todos los goles que guardaba en sus diestras piernas.

Con el tiempo el fútbol fue cediendo lugar a la familia y al trabajo. Lucas se radicó en Maicao en donde se dedicó a ser un hombre de bien, trabajador incansable, promotor de los buenos principios, pero sobre todo un consumado amante del fútbol, deporte al que continuó ligado como fiel aficionado en las tribunas de los estadios de Maicao y Riohacha o en un lugar privilegiado de la sala de su casa al lado de su mejor compañera de fórmula, Adalgisa Carrillo y de su hijo Jairo Elías. Hoy ya no está Lucas con nosotros, pero vive su recuerdo, por que el fútbol es gol y los goleadores están condenados a que no se les olvide nunca.

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