miércoles, 6 de julio de 2011

Los diez millones

Por: Nuria Barbosa León

Periodista de Radio Progreso y Radio Habana Cuba


La mañana para el cañaveral se inicia a las cinco, cuando los macheteros voluntarios caminan por el trillo en busca de los campos con un poco de café en el estómago y un pedazo de pan. Así ocurrió en la década del 70 en Cuba.


Hiram Sánchez Bared, estudiante de preuniversitario se movilizó al corte de caña en un campamento ubicado en el entronque de Piedrecita, en el municipio de Florida, provincia de Camagüey, porque “los diez millones de que van, van”


Recuerda en la Carretera Central, un cartel lumínico con la información de la azúcar producida en el día, también en la prensa, la radio y la televisión con los partes de una zafra que se quería hacer diferente. El esfuerzo fue descomunal, la jornada se iniciaba con un matutino y la explicación de lo ocurrido en la faena del día anterior. Se partía hacia el campo con el fango pegado a las botas, entre la caña verde o quemada, el intenso sol o la lluvia.


A ello se le suma el sudor, el cansancio, el hollín, el brillo del machete dentro de los ojos, la furia de la maleza en los cañaverales y las grietas en la piel. Los albergues eran largas naves de madera, con un gran número de literas donde se dormía en tela de yute y sin colchón. Los sanitarios se ubicaban alejados del dormitorio, en forma de cuadrilátero y sin techo, con las letrinas, separadas de las duchas por una pared y con los lavaderos de la parte de afuera.


El agua para ducharse siempre estuvo helada porque el tiempo de zafra se inicia en el mes de noviembre para concluir en marzo o abril, todo el período invernal, y sólo el cansancio y la suciedad, hacían posible el milagro del baño. El espíritu: no rajarse ante las adversidades. La convicción: hacer una zafra de mayor cantidad.


Por eso los hombres se mantenían allí y se era solidario en el surco con el compañero que quedaba rezagado y la palabra repetida solía ser: “contracandela” Para resistir el malestar de la incomodidad llegaron las bromas: la pasta dental en la boca del dormido, fósforos encendidos en las botas, despertar acompañado de una araña, una rana o una lagartija, sal o picante en la comida.


Así amaneció en una ocasión Hiram: luego del “De Pie”, los párpados se aferraban a no abrirse, el cansancio dominaba el cuerpo, como un sonámbulo se mete dentro de la camisa y luego con el pantalón no logra sacar los pies. Una caída, estrepitosa, lo despierta, entre la risa de sus compañeros, el escándalo por quienes lo socorren y la furia de no poder saber a quién se le ocurrió amarrar las patas de su pantalón.


El malestar del perjudicado se alivia con un buchito de leche condensada y el día amanece en el campo ideando una nueva broma para la próxima víctima. Nunca se alcanzaron los diez millones de toneladas de azúcar en la zafra del 70 pero quienes vivieron en los campamentos de movilizados conocieron de bromas, trabajo duro, espíritu colectivo y fibra de héroes. Para Hiram es historia y para el mundo, una tarea no cumplida que unió fuerzas en pos de una quimera.

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