jueves, 16 de julio de 2009

Cuando la tolerancia deja de ser una virtud

Por: Alejandro Rutto Martínez

Se necesita ser colombiano y conocer lo que hemos sufrido durante las últimas décadas para comprender las verdaderas dimensiones de la movilización popular del pasado veinte de julio en ciudades colombianas y de otros países. Los colombianos somos gente de bien, nobles luchadores, persistentes y dueños de una capacidad de supervivencia a toda prueba. Esta última explica el hecho de que nos mantengamos como país y como sociedad a pesar de los absurdos problemas que hemos debido afrontar a los largo de la historia.

Pero tenemos nuestros defectos y nos han hecho tanto daño...En primer lugar mencionemos la tolerancia y pongámosle a esta palabra un signo más (+) y un signo menos (-).

Y comencemos por el final para decir que en algunos casos nos escasea: nos falta tolerancia para aceptar los errores del otro y hemos sido capaces de cometer locuras guiados por la rabia, el dolor, el deseo de venganza y la falta de valor para perdonar. Por la intolerancia se han cometido crueles masacres, atroces asesinatos y se han fundado organizaciones criminales con el propósito de vengar las faltas cometidas por los otros. La falta de tolerancia ha generado violencia y la violencia ha traído más violencia. Conclusión: la tierra privilegiada por dios ha gastado su tiempo, sus recursos y sus mejores hombres y mujeres en un conflicto devastador del cual aún no nos recuperamos.

Pero hablemos ahora de la tolerancia con signo más(+): curiosamente el mismo pueblo de los intolerantes; el pueblo que ha sido capaza de declarar guerras y segar vidas inocentes por no soportar las faltas del otro, ha sido en cambio, tolerante en exceso con algunas desafortunadas costumbres y ciertos personajes patibularios con los cuales debió romper desde hace mucho tiempo.

En los años ochenta, por ejemplo, el país se hizo el loco, el ciego, el mudo con el fenómeno del narcotráfico. Se necesitó que los narcotraficantes se convirtieran en terroristas para que el país despertara y decidiera marcar algunas distancias, combatirlos y tratarlos como lo que siempre fueron: delincuentes a los que nunca debió permitírseles que permearan instituciones para tomar decisiones a favor de ellos y en contra de todos.

Por la excesiva tolerancia se aceptó que la democracia, una de las instituciones en las que más creemos, fuera tomada por los violentos, los delincuentes, los personajes de oscura procedencia, los caciques, los mercaderes de votos. Y las consecuencias no se hicieron esperar. Hoy seguimos viviendo las consecuencias de la tolerancia que no debió ser.

Pero la movilización popular del veinte de julio nos da ánimos y esperanzas porque al fin hay un sentir en contra de algo. Al fin nos une la intolerancia contra el mal. Al fin hemos decidido que no se puede ser indiferente frente a algo tan dramático, terrible y obsceno como el secuestro. Los colombianos decidimos decir un ¡No más! que se sintió en todo el mundo y le ha enviado un mensaje claro a quienes han utilizado esta lamentable forma de opresión y esta humillante forma de tratar a sus semejantes. Queda claro que con el secuestro no vamos ni a la esquina y eso lo hemos repetido a los cuatro vientos.

Falta que rompamos otros lazos de indebida tolerancia y que no sigamos aceptando que los niños se mueran de hambre, que las mujeres sean discriminadas, que los dineros de los indígenas no les provea bienestar, que todos los días haya más ciudadanos desplazados, que la gente quiera trabajar y no encuentre dónde.

Definitivamente hay un punto en que la tolerancia ya no es virtud. Y los colombianos estamos aprendiendo a ver ese tenebroso punto en la línea del tiempo presente.

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