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domingo, 10 de julio de 2016

Copos de algodón

Emotivo artículo con el que el escritor Abel Medina Sierra le rinde homenaje a su señora madre Lorenza Sierra, fallecida el pasado 1o. de julio


Escrito por: Abel Medina Sierra

Murió mamá. Pareciera una frase más bajo el imperio de la fría gramática. Pero no, encierra toda una carga abrumadora de emociones, entre las pesarosas y las que viajan en el tiempo persiguiendo,  para reunirlas, viejas calendas en las que se añora la miel materna de los primeros años.

Uno cree que la conciencia de la transitoriedad del ser le servirá de consuelo. No es cierto, aún seguíamos aferrados a la esperanza de  una abuela invicta al tiempo, de una mujer fuerte que atara los nudos de cada generación. A mamá le faltó poco para darle 84 vueltas a  la rueda de los anales, tiempo que agradecemos a Dios por dejarla con nosotros; pero que  también se nos hace escaso para disfrutarla.

Mamá siempre fue una mujer sufrida, por eso su corazón no ya venía  resentido cuando un aneurisma y tres infartos se ensañaron con ella. Aun así, encontraron lidia en una mujer que se  aferraba a la vida. “La Vieja Lola” magnificaba las tragedias y cuando no las había las inventaba. El fruto ácido de la desdicha comenzó a arruinar sus días desde la muerte de mi hermano Erasmo Jr y mi padre. 

Murió cuando ya no quería seguir luchando, cuando tantos medicamentos le arrancaron el sabor a sus comidas preferidas, cuando la angustia existencial le espantó el sueño y  sintió que ya no podía caminar por sí sola. “Amigo mío, hasta aquí le acompaño” le alcanzó a decir a su vecino el profe Felipe Ustate, días antes de irse a Barranquilla al tortuoso camino de cama en cama y donde, al final, le llegó la muerte.

Solo una vez, estando yo muy niño, la vi bailar con donaire y soltura. Después se encerró en un luto eterno, mordiendo terrones de dolor con cada quebranto de salud de sus hijos; con la llegada o partida de cada uno hacia los exilios a los que nos manda el destino; con las visitas de los amigos de mi difunto hermano, con la nostalgia de sus hermanos que fueron aumentando el inventario de ausencias.
Mamá dormía poco, y en sus últimos días casi nada. 

Quizás padecía una vigilia poblada de preocupaciones y sí que tenía por quién preocuparse. Son hasta ahora 14 hijos, 44 nietos, 36 bisnietos y  4 tataranietos. “Lágrima veloz” solían llamarla en tono de burla mis hermanos menores, su sensibilidad ante la alegría y la tristeza inundaba de  salobre humedad cada una de sus fibras. Las sustancias tormentosas de la vida, fueron minando la prisión de sus huesos, su cúmulo de años.  

Aun así, mamá siempre estaba allí, llamando si alguno de  nosotros no lo hacía, imaginando en cada delicia que preparaba,  a uno de sus hijos sentados en su mesa; tratando de predecir si estamos enfermos o no.   Anclada en esa fontana que es la casa materna, mamá siempre fue el   ánfora que recibía alegrías y  tristezas de cada uno de nosotros.

Es que la casa  solo  es una, la de mamá.  No es solo ladrillos, la casa tiene cara y alma, y esa es la de la madre. Creando la magia olorosa de un café en la mañana; caminando la cuadra de la casa en la mañana  con la pesadez de los siglos ralentizando sus pasos;   pangando o adobando  con paciencia de alquimista la carne para el almuerzo o sentada en la terraza mirando el sol resbalar por el crespúsculo, allí siempre estará pintada en la memoria la imagen de esa viejita con sus hilos de plata, copito de algodón.

Ahora sentimos que en esa casa, ronda un aire triste sin apelaciones, preñado de ausencias, cada rincón es delación de una carencia. Además del sentimiento de pérdida del ser en el que se produce el milagro de nuestra vida, la falta de una madre es también la pérdida de cohesión de la familia, es la falta de referente y del espacio común como es la casa.

 Lorenza Sierra Mejía, mi madre, nunca aprendió a leer  ni a escribir como muchos de su generación, y como ella, de origen campesino y rural. Cualquiera me reclamaría que siendo profesor de lenguaje y escritor, nunca haya intentado  alfabetizar a quien me dio la vida. Lo cierto es que mamá nunca lo necesitó, la escritura no era su código generacional. Sabía leer  mis preocupaciones en cada gesto, interpretaba cada anuncio con vaticinio certero; escribía con impronta indeleble cada consejo, cada advertencia.


Se nos fue mamá, solo nos aferramos a la fe  que su partida sea una puerta hacia la gloria de Dios pues para nosotros lo  fue desde siempre. Nos seguiremos aferrando a su recuerdo pues si hay algo peor que la muerte es el olvido. El tiempo que pasa es el del olvido y no el del recuerdo que siempre nos acompañará con su imagen cándida y su cabello de motas de algodón. Adiós, madre mía.  

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