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miércoles, 13 de mayo de 2020

Triscaidecafobia

!Qué suerte tienes, dijo la muerte!

 “La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos.” (Antonio Machado)



Escrito por: Joel Peñuela Quintero

Era martes, muy temprano todavía y ese día la muerte estaba desocupada. Hacía casi cinco años que, trabajada de corrido, literalmente no había tenido ni un solo segundo de descanso, pero ese día era distinto. Desde el mediodía y hasta dos minutos pasados de la media noche del miércoles, la muerte no tenía nada por hacer.

—No hay nada más insoportable —masculló la muerte— que vagar dando vueltas, sin hacer nada.

Pero qué podía hacer, ella era solo una soldada siguiendo órdenes siempre.

Pensando en esto se fue para la calle Primera de Riohacha, a ver pasar la gente. Miró la cara de José Valencia, un comerciante de unos cuarenta años que pasaba empujando una carreta llena de cocos y una cava con hielo.

—Tres meses, cinco días, veinte horas, cuatro minutos, tres segundos.

La muerte inclinó su cabeza hacia el lado derecho, señalaba con los dedos índice y del medio de la mano izquierda con los otros dedos recogidos, cerró el ojo derecho, como apuntando con una pistola imaginaria…

—Pummmmssshh! —dijo, como si le hubiera disparado.

El de los cocos pasó por el lado de la muerte, quien sacó su larga lengua negra, sucia, putrefacta y fría, se la mostró al vendedor que no pensaba en la muerte desde que se había casado. Tres largos años antes.

—Ya lo sabes —continuó diciendo—, te estoy viendo.

José sintió que un suspiro inadvertido, involuntario, le salió de lo profundo, tan fuerte que casi lo atraganta. El vendedor de cocos continuó su camino sin pensar en la muerte todavía.

El tiempo seguía raudo su estricto recorrido de ese martes trece. La muerte continuaba haciéndole frente a su aburrimiento mirando la cara de la gente y sacando la cuenta del tiempo que faltaba para su fatal encuentro con ella. Un niño de ocho años, que iba acompañando a su abuela al rezo de las cinco, dirigió su mirada hacia donde estaba la muerte y esta le apunto con los dos dedos, cerró el mismo ojo de siempre.

–¡Pummmmssshh! —sonó de nuevo la muerte, en total oscuridad—. Un año, tres meses, dos días, tres horas, cinco minutos, tres segundos.

Lo dijo sin hacer pausa. La muerte se quedó mirando al chico, mientras meneaba la cabeza de un lado a otro, se notaba a leguas que estaba insatisfecha.

—Mejor no —dijo de nuevo—, mejor te llevo en treinta y nueve millones, cuatrocientos noventa y cinco mil seiscientos segundos.

Siguió meneando la cabeza y se fue acercando al chico. Lo olfateó como un sabueso que ha sentido las hormonas de una perra en celo.

—¿Qué dices, eh, he, eh?

El niño, demasiado joven como para pensar en otra cosa que no fuera deshacerse pronto de la vieja, para volver a su juego, cruzó la calle y se dirigió a la catedral.

La muerte, miró a dos o tres más que pasaban por ahí.

Si quería quitarse el aburrimiento, no había escogido el mejor sitio de Riohacha.

Cruzó la calle como siempre lo hacía cuando se iba de un lugar a otro, volaba como a dos metros sobre el suelo. Lo hacía lento, esta vez no tenía prisa. Cuando tenía prisa no volaba, solo se desaparecía y aparecía donde se requiriera su presencia y en muchos sitios a la vez.

Se tomó algunos minutos en llegar al barrio la Cosecha, a cinco kilómetros de allí. Mientras avanzaba, rosaba la oreja de algún mototaxista, quien movía la cabeza hacia un lado al sentir un raro frío que le rozaba el cuerpo, otras veces, soplaba en la oreja de algún descuidado conductor que se encontrara en el camino.

Llegó a la calle treinta y cinco, se detuvo a ver el juego inocente de unos niños. La calle estaba sola. Era martes trece de agosto. Dentro de poco estaría anocheciendo.

La muerte pensó que las cosas estaban muy extrañas en Riohacha, parecía ser que cuando ella no trabajaba todo se ponía aburrido. La gente también parecía estar igual que ella, sin saber qué hacer, ni siquiera había un alma en esta calle del barrio donde la muerte estaba esperando que algo pasara.

Octavio Luis había salido temprano del colegio. Al contrario de lo que sucedía con la muerte, cuando él tenía algún tiempo libre, le sobraban cosas por hacer. Ese día, una vez llegó a su casa, se fue para donde Mario, y le pidió la moto prestada. Este era su mejor amigo de la cuadra donde él vivía, la misma donde estaba la muerte sin hacer nada ese día.

Mario acababa de arreglar su moto y la había lavado, pero la excusa no le importó a Octavio Luis, él siempre encontraba la manera de salirse con la suya. Le dijo a Mario que se la devolvía enseguida, que iría donde Maye para salir con ella más tarde.

La muerte miraba hacia todos lados, no había nada qué hacer, eso no lo podía soportar más. Miró de nuevo su agenda, comprobó que el itinerario comenzaba dentro de siete horas más tarde, solo en la madrugada se reiniciaría su labor. Alguien tenía la ineludible cita y por supuesto, en esos momentos no estaría pensando en ella, como siempre sucede.

—Un momento —dijo la muerte con una gélida sonrisa entre sus dientes–, ¿cómo es posible que me haya olvidado?, ¡hoy es martes trece de agosto! ¡vaya! ¡qué suerte tiene la muerte!

Se dio a sí misma algunos besitos de felicitación, estiró la cara hacia un lado, dejando ver su huesudo rostro al descubierto, estaba pálida, tanto como siempre es ella, su mirada negra, perturbadora, inquebrantable. Ese día estaba vestida de una manta guajira color rosa. Como todo el mundo sabe, ella no tiene pies, solo sus dos muñones en forma de una te al revés, en ellos llevaba puestas unas zapatillas sueltas, que hacían juego con su manta sucia, que olía a alcanfor.

Pensando en su suerte buena, ideó de inmediato un plan macabro, decidió dar una vuelta por el barrio El Dividivi, a solo dos kilómetros de allí. Hacía unos días que había visto a Gerardo Andrés, un muchachito coqueto, que le había caído mal a la primera mirada. Decidió que le haría una visita inadvertida, aunque nada podría hacer contra él, porque no estaba en su agenda.

Como siempre hacía cuando se disponía a cruzar la calle, comenzó con un vuelo a ras de tierra, para luego poco a poco comenzar a elevarse. Tanto disfrutaba esto, que hacía que se sintiera viva. A menudo acostumbraba ir volando horizontalmente esquivando a los transeúntes, carros, motos y todo lo que estuviera en el camino. Algunas veces iba por toda la acera tocándole el pelo a alguna mujer, otras rosándole la oreja o la nariz a otro por allá. Le gustaba ver la piel humana erizarse al rose siquiera de su tacto.

Ese día, poco después del mediodía, antes de llegar a La Primera, había estado jugando a leer los labios de la gente. Para hacer más interesante el pasatiempo, se había colocado unos tapones de goma en las orejas. La muerte se había olvidado de quitárselos, fue por esto que no alcanzó a escuchar la moto de Octavio Luis cuando venía a toda velocidad en una sola llanta. En picada, como dicen estos intrépidos busca problemas.

Todo ocurrió con una sincronización asombrosa: cuando la muerte emprendía su rasante vuelo, antes de ponerse horizontalmente como le gustaba viajar, Octavio Luis picaba la moto, y engarzaba a la muerte por el lado izquierdo, justo donde ella tiene el ojo tuerto.

La muerte no sintió nada más que un zumbido y un cosquilleo que le hizo soltar una nueva carcajada. Había quedado apropiadamente acomodada frente a las narices del motociclista.

Octavio Luis vio la muerte de frente y experimentó esa maraña de recuerdos que le caen encima a la gente cuando se encuentra con ella. Vio toda su nefasta vida que le pasó frente a sus ojos, como en una película veloz, pero en reversa.

—No me lleves, por favor —dijo el infeliz—, soy muy niño todavía.

—¿No me lleves? —preguntó la muerte, tratando de detener su chillona risa infernal—. Yo no te estoy llevando, estúpido, eres tú el que me lleva por delante.

Le puso sus frías manos a lado y lado de la cara, abrió la boca dejando escapar una bocanada de su fétido aliento.

—¡Qué suerte tienes! —dijo la muerte.

Quedó mirándolo un momento. El pobre infeliz tenía los ojos desorbitados y el ritmo cardiaco a punto de explotarle. La muerte no podía creer que ese estúpido, como le había llamado un momento antes, fuera tan cobarde. ¡Solo a un estúpido como él, se le ocurría tratar de convencerla, argumentando que era muy joven!

—Las cosas que me toca ver —dijo la muerte, muerta de la risa.

—Mira la hora —ordenó la muerte—, estúpido cobarde.

Octavio Luis miró su reloj negro, digital, arcaico. En la pantalla rallada por el maltrato se mostraba la hora: seis de la tarde, siete minutos, nueve segundos. Octavio Luis no comprendió absolutamente nada. Sentía que el tiempo transcurría con tanta lentitud que parecía gatear en lugar de caminar. En este trance de su corta e inútil vida, Octavio Luis pudo comprobar, que el tiempo solo es un artificio ilusorio que encadena a los humanos.

Mientras que la muerte no se equivoca, no se extravía y es extremadamente precisa, también es terriblemente caprichosa. Ella, en momentos como este, cuando no se encontraba aburrida, no tenía que mirar el reloj para saber que todavía tenía tres larguísimos segundos a su favor, pues cuando fueran las seis y siete minutos, más trece segundos de ese martes trece de agosto, del año dos mil trece, tendría el único segundo en toda una centuria, donde ella tiene permiso para hacer lo que le dé la gana.

—¡Qué suerte tienes! Octavio Luis —dijo la muerte. Y volvió a reírse a carcajadas.

—¿Suerte? —alcanzó a preguntar Octavio Luis, antes de cerrar los ojos.

—Sí —contestó la muerte—, ¡Qué suerte tienes! …que tu nombre tenga solo once letras… “o más bien, suerte la nuestra” —Alcanzó a musitar al disiparse.


Joel Peñuela es un narrador, docente y predicador residenciado en Riohacha. Pertenece al taller Relata, del Ministerio de Cultura, el cual es liderado por el escritor Víctor Bravo Mendoza

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