sábado, 20 de junio de 2020

Día de fútbol en los años 70



Una foto histórica que corresponde al año 1979, cuando la Liga de Fútbol de La Guajira fue trasladada a Maicao y el estadio San José era la sede de las selecciones del departamento en los torneos nacionales. 

Aquí podemos ver  a varios de los directivos del  Comité Pro-Liga, acompañados por el periodista deportivo Wilfrido Enrique Solano. 

Aparecen, de izquierda a derecha, las siguientes personalidades: 

Josué Fonseca Ortiz,  hijo del pastor evangélico Mariano Fonseca médico veterinario, quien más adelante sería alcalde de Maicao, Actualmente trabaja en la Secretaría de Desarrollo Económico, en la Gobernación de La Guajira. 

Leonardo Garnica, comerciante, dirigente deportivo para la época, fundador y propietario de la Papelería Maicao. Actualmente está dedicado a sus negocios en Bucaramanga y Maicao. 

Juan López Ibarra ("Juancho López"): futbolista, entusiasta dirigente deportivo y comerciante en el sector farmacéutico. Combinaba su labor como propietario de Droguería Holanda con sus actividades de directivo de la liga. 

Wilfrido Enrique Solano:  periodista deportivo de Radio Península.  Ha trabajado en todas las emisoras de Maicao, tiene una gran elocuencia y es dueño de un cuidadoso lenguaje poético. Desde 2016 dirige la sección de deportes del Informativo de la Frontera en Frontera Stéreo 89.1

Hernando René Urrea Acosta:  presidente del Comité Proliga, posteriormente fundó la Junta Municipal de Deportes. Fue presidente de la Liga de Fútbol de La Guajira y de la División Aficionada del Fútbol colombiano, Difútbol. Se le considera el más representativo dirigente del deporte guajiro en la historia. Pereció el 24 de julio de 1985 en un accidente aéreo al caer a tierra el avión en que viajaba de Leticia a Bogotá.  

En el momento de ese trágico suceso en el que también perdió la vida su esposa Alba Luz Tamayo, ejercía como presidente de la Difútbol. En homenaje a este dirigente se le cambió el nombre al estadio San José, que pasó a llamarse Hernando René Urrea Acosta.

viernes, 29 de mayo de 2020

¿Qué es la dote en el universo wayüu?

Ha habido un gran debate nacional a raíz de un programa en el que el humorista Fabio Zuleta de manera equivocada se refiere a la compra de mujeres de la etnia wayüu, en una equivocada interpretación del pago de la dote que se hace previo al matrimonio.

Para aclarar las dudas el investigador social Luis Guillermo Burgos nos explica el significado de la dote para la etnia más numerosa de Colombia


lunes, 18 de mayo de 2020

Una anécdota con cierto personaje misterioso

Escrito por: Alejandro Rutto Martínez


Un día de principios de enero del 2012  me posesioné, cargado de ilusiones, como secretario de educación municipal en Riohacha. Y un día de principios de octubre,  casi tres años después, me retiré, cargado de satisfacciones y con la agenda llena de números telefónicos de nuevos y buenos amigos. Por cierto, el día en que me retiré algunos profesores, compañeros de trabajo y estudiantes decidieron organizar un programa de despedida, en el salón Sierra Nevada del Centro Cultural. 
A mi llegada hice un recorrido por todo el salón para saludar a los centenares de asistentes. Había una delegación de cada uno de los colegios urbanos y centros educativos rurales colegio y eso me emocionó. 
A medida que avanzaba por entre la multitud de sonrientes estudiantes y cariñosos padres de familia, veía de soslayo a un caballero de negro que también se movía en el recinto. Saludé a los pupilos de la seño Rosa Cuentas del Liceo Padilla, a los tutores del programa Todos a Aprender, a los chicos del Denzil Escolar y a los profes de Kamuchasain. Y el señor de negro detrás de mí, como si quisiera guardar un recuerdo de aquel momento que, a mi modo de ver las cosas, era uno de los mejores de mi vida. 

Me contentó mucho al saber que también nos acompañaba una numerosa asistencia de Maicao, mi tierra amada y los abracé uno por uno. El señor vestido de negro estaba muy cerca. La gente me llamaba, me abrazaba y me decía palabras de mucho cariño y agradecimiento, de manera que no tenía tiempo de mirar hacia atrás para comprobar la identidad del misterioso y espontáneo acompañante. 
Lamenté no disponer de un espejo retrovisor u otro aditamento que me permitiera mirar disimuladamente hacia atrás. Sin embargo, ya faltaba poco para resolver el enigma. 

Al Terminar los saludos di media vuelta y ahí estaba la solución al misterio. Quien me había acompañado a hacer el recorrido era ni más ni menos que uno de los mejores amigos esos años de arduo trabajo me había regalado: monseñor Héctor Sallah Zuleta.    Con su sonrisa paternal y su vestido todo negro desde los zapatos hasta el cleriman. 

Me fundí en un abrazo emotivo y prolongado con una persona a quien aprendí a querer como un padre y de quien recibí los más sabios consejos durante todos esos años. Recuerdo que antes de cumplir las 24 horas en el cargo un amigo riohachero de esos que habla el antiguo idioma riohachero raizal me había visitado para entregarme, gratis,  un portafolio de buenas recomendaciones tales como "no deje que se le suba el cargo a la cabeza, ni se le ocurra peliá (sic) con el sindicato, visite los colegios pa'que se de cuenta lo que pasa allá y no se quede encerrao en las oficinas”  Por último, cuando ya se iba, se devolvió, hizo un gesto de que se le había olvidado de lo más importante y sentenció: "hágase amigo del obispo y esa vaina si le va a quedá difícil a usted que ni siquiera es católico". 

No me quedó difícil, monseñor es una persona  que aprecia el valor de la amistad y sabe querer  a quienes se esfuerzan. Durante muchos años sentí su afecto, incluso en los momentos de mayores dificultades, esos que nunca faltan en el sector educativo ni en ninguna otra área de nuestra convulsionada realidad. 

Monseñor me decía que me consideraba un hombre de Dios y se lo agradecí. En los momentos más duros de mi vida personal como aquellos en que mi esposa enfrentó una dura enfermedad, lo llamaba para que orara por ella. Él, generosamente lo hacía, pero además, me invitaba a su despacho para orar también por mí, para que Dios me permitiera tener la serenidad y la fortaleza necesaria para transmitirle a ella y a mis hijos. 

Pude conocer su faceta humana, explorar por los rincones de su historia pre clerical, y disfrutar de las  anécdotas encantadoras y  maravillosas de su juventud entre las cuales se encuentran varias travesuras colegiales en las que fueron protagonistas él y su hermano gemelo. 

Hace un tiempo supimos de la renuncia de monseñor a su cargo, pero había pasado tanto tiempo sin que el Vaticano se pronunciara, que ya hasta pensábamos que lo íbamos a tener siempre en el cargo de máximo jerarca de la diócesis. Pero  al conocer que ya ha sido nombrado su sucesor y que éste se posesiona dentro de pocos días, me asalta la angustia existencial, que según me contó, lo había invadido a él cuando supo de mi renuncia unos años atrás. 

Ese día de principios de octubre, mientras lo abrazaba, pude sentir los latidos de su propio corazón y por un momento tuve la sensación de que era mi propio padre, quien hace varios años había viajado hacia la eternidad.  

Mientras nos decíamos  palabras amables le pregunté por qué su riguroso vestido de negro, como si estuviera de luto, me dio una respuesta que me dejó mudo: estoy vestido de negro porque usted se va para su Maicao y será difícil verlo de nuevo. 

La verdad que la amistad nunca se interrumpió y Dios nos dio siempre nuevas oportunidades de volver a vernos. Pero ahora el que tiene angustia existencial soy yo. No tengo camisa negra pero he comenzado a sentir un nudo en la garganta que solo se me alivia al pensar que mi amigo le servirá a Dios donde quiera que esté y a donde quiera que vaya irá siempre encendida la llama de la amistad

viernes, 15 de mayo de 2020

¡Felicidades maestro!


Escrito por: Alejandro Rutto Martínez

A los maestros, a los obreros de la educación y a todos los que luchan cada jornada por formar mejores hombres y mujeres para un mundo diferente, quiero felicitarlos en su día. 

Dios bendiga a los maestros que recorren campos y veredas para llevar la savia del conocimiento; a los que se desplazan por los campos abiertos de los sueños y por las llanuras extensas de la imaginación para convencer al hombre de que puede transformarse as sí mismo y al mundo que lo rodea, a quienes vibran con las voces inocentes de los niños; a quienes vierten sus días de juventud en los campos fértiles del amor para enseñar a los más jóvenes y conducirlos por el camino del crecimiento como seres humanos útiles a la sociedad. 

Gracias por convertir tu arte en un sacerdocio en el que ejerces la liturgia de la ternura y aplicas el catecismo de la generosidad

Gracias por guiar e inspirar, gracias por arar los surcos en donde se siembra y germina la semilla de saberes frescos y renovados. 

Feliz día, hombre de paz, mujer de palabras acertadas. Gracias por predicar con el ejemplo. Gracias por gestar la cosecha de vidas frescas y buenas y por ejercer tu oficio sagrado con amor, desprendimiento y virtud.

Feliz día del maestro. 

miércoles, 13 de mayo de 2020

Triscaidecafobia

!Qué suerte tienes, dijo la muerte!

 “La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos.” (Antonio Machado)



Escrito por: Joel Peñuela Quintero

Era martes, muy temprano todavía y ese día la muerte estaba desocupada. Hacía casi cinco años que, trabajada de corrido, literalmente no había tenido ni un solo segundo de descanso, pero ese día era distinto. Desde el mediodía y hasta dos minutos pasados de la media noche del miércoles, la muerte no tenía nada por hacer.

—No hay nada más insoportable —masculló la muerte— que vagar dando vueltas, sin hacer nada.

Pero qué podía hacer, ella era solo una soldada siguiendo órdenes siempre.

Pensando en esto se fue para la calle Primera de Riohacha, a ver pasar la gente. Miró la cara de José Valencia, un comerciante de unos cuarenta años que pasaba empujando una carreta llena de cocos y una cava con hielo.

—Tres meses, cinco días, veinte horas, cuatro minutos, tres segundos.

La muerte inclinó su cabeza hacia el lado derecho, señalaba con los dedos índice y del medio de la mano izquierda con los otros dedos recogidos, cerró el ojo derecho, como apuntando con una pistola imaginaria…

—Pummmmssshh! —dijo, como si le hubiera disparado.

El de los cocos pasó por el lado de la muerte, quien sacó su larga lengua negra, sucia, putrefacta y fría, se la mostró al vendedor que no pensaba en la muerte desde que se había casado. Tres largos años antes.

—Ya lo sabes —continuó diciendo—, te estoy viendo.

José sintió que un suspiro inadvertido, involuntario, le salió de lo profundo, tan fuerte que casi lo atraganta. El vendedor de cocos continuó su camino sin pensar en la muerte todavía.

El tiempo seguía raudo su estricto recorrido de ese martes trece. La muerte continuaba haciéndole frente a su aburrimiento mirando la cara de la gente y sacando la cuenta del tiempo que faltaba para su fatal encuentro con ella. Un niño de ocho años, que iba acompañando a su abuela al rezo de las cinco, dirigió su mirada hacia donde estaba la muerte y esta le apunto con los dos dedos, cerró el mismo ojo de siempre.

–¡Pummmmssshh! —sonó de nuevo la muerte, en total oscuridad—. Un año, tres meses, dos días, tres horas, cinco minutos, tres segundos.

Lo dijo sin hacer pausa. La muerte se quedó mirando al chico, mientras meneaba la cabeza de un lado a otro, se notaba a leguas que estaba insatisfecha.

—Mejor no —dijo de nuevo—, mejor te llevo en treinta y nueve millones, cuatrocientos noventa y cinco mil seiscientos segundos.

Siguió meneando la cabeza y se fue acercando al chico. Lo olfateó como un sabueso que ha sentido las hormonas de una perra en celo.

—¿Qué dices, eh, he, eh?

El niño, demasiado joven como para pensar en otra cosa que no fuera deshacerse pronto de la vieja, para volver a su juego, cruzó la calle y se dirigió a la catedral.

La muerte, miró a dos o tres más que pasaban por ahí.

Si quería quitarse el aburrimiento, no había escogido el mejor sitio de Riohacha.

Cruzó la calle como siempre lo hacía cuando se iba de un lugar a otro, volaba como a dos metros sobre el suelo. Lo hacía lento, esta vez no tenía prisa. Cuando tenía prisa no volaba, solo se desaparecía y aparecía donde se requiriera su presencia y en muchos sitios a la vez.

Se tomó algunos minutos en llegar al barrio la Cosecha, a cinco kilómetros de allí. Mientras avanzaba, rosaba la oreja de algún mototaxista, quien movía la cabeza hacia un lado al sentir un raro frío que le rozaba el cuerpo, otras veces, soplaba en la oreja de algún descuidado conductor que se encontrara en el camino.

Llegó a la calle treinta y cinco, se detuvo a ver el juego inocente de unos niños. La calle estaba sola. Era martes trece de agosto. Dentro de poco estaría anocheciendo.

La muerte pensó que las cosas estaban muy extrañas en Riohacha, parecía ser que cuando ella no trabajaba todo se ponía aburrido. La gente también parecía estar igual que ella, sin saber qué hacer, ni siquiera había un alma en esta calle del barrio donde la muerte estaba esperando que algo pasara.

Octavio Luis había salido temprano del colegio. Al contrario de lo que sucedía con la muerte, cuando él tenía algún tiempo libre, le sobraban cosas por hacer. Ese día, una vez llegó a su casa, se fue para donde Mario, y le pidió la moto prestada. Este era su mejor amigo de la cuadra donde él vivía, la misma donde estaba la muerte sin hacer nada ese día.

Mario acababa de arreglar su moto y la había lavado, pero la excusa no le importó a Octavio Luis, él siempre encontraba la manera de salirse con la suya. Le dijo a Mario que se la devolvía enseguida, que iría donde Maye para salir con ella más tarde.

La muerte miraba hacia todos lados, no había nada qué hacer, eso no lo podía soportar más. Miró de nuevo su agenda, comprobó que el itinerario comenzaba dentro de siete horas más tarde, solo en la madrugada se reiniciaría su labor. Alguien tenía la ineludible cita y por supuesto, en esos momentos no estaría pensando en ella, como siempre sucede.

—Un momento —dijo la muerte con una gélida sonrisa entre sus dientes–, ¿cómo es posible que me haya olvidado?, ¡hoy es martes trece de agosto! ¡vaya! ¡qué suerte tiene la muerte!

Se dio a sí misma algunos besitos de felicitación, estiró la cara hacia un lado, dejando ver su huesudo rostro al descubierto, estaba pálida, tanto como siempre es ella, su mirada negra, perturbadora, inquebrantable. Ese día estaba vestida de una manta guajira color rosa. Como todo el mundo sabe, ella no tiene pies, solo sus dos muñones en forma de una te al revés, en ellos llevaba puestas unas zapatillas sueltas, que hacían juego con su manta sucia, que olía a alcanfor.

Pensando en su suerte buena, ideó de inmediato un plan macabro, decidió dar una vuelta por el barrio El Dividivi, a solo dos kilómetros de allí. Hacía unos días que había visto a Gerardo Andrés, un muchachito coqueto, que le había caído mal a la primera mirada. Decidió que le haría una visita inadvertida, aunque nada podría hacer contra él, porque no estaba en su agenda.

Como siempre hacía cuando se disponía a cruzar la calle, comenzó con un vuelo a ras de tierra, para luego poco a poco comenzar a elevarse. Tanto disfrutaba esto, que hacía que se sintiera viva. A menudo acostumbraba ir volando horizontalmente esquivando a los transeúntes, carros, motos y todo lo que estuviera en el camino. Algunas veces iba por toda la acera tocándole el pelo a alguna mujer, otras rosándole la oreja o la nariz a otro por allá. Le gustaba ver la piel humana erizarse al rose siquiera de su tacto.

Ese día, poco después del mediodía, antes de llegar a La Primera, había estado jugando a leer los labios de la gente. Para hacer más interesante el pasatiempo, se había colocado unos tapones de goma en las orejas. La muerte se había olvidado de quitárselos, fue por esto que no alcanzó a escuchar la moto de Octavio Luis cuando venía a toda velocidad en una sola llanta. En picada, como dicen estos intrépidos busca problemas.

Todo ocurrió con una sincronización asombrosa: cuando la muerte emprendía su rasante vuelo, antes de ponerse horizontalmente como le gustaba viajar, Octavio Luis picaba la moto, y engarzaba a la muerte por el lado izquierdo, justo donde ella tiene el ojo tuerto.

La muerte no sintió nada más que un zumbido y un cosquilleo que le hizo soltar una nueva carcajada. Había quedado apropiadamente acomodada frente a las narices del motociclista.

Octavio Luis vio la muerte de frente y experimentó esa maraña de recuerdos que le caen encima a la gente cuando se encuentra con ella. Vio toda su nefasta vida que le pasó frente a sus ojos, como en una película veloz, pero en reversa.

—No me lleves, por favor —dijo el infeliz—, soy muy niño todavía.

—¿No me lleves? —preguntó la muerte, tratando de detener su chillona risa infernal—. Yo no te estoy llevando, estúpido, eres tú el que me lleva por delante.

Le puso sus frías manos a lado y lado de la cara, abrió la boca dejando escapar una bocanada de su fétido aliento.

—¡Qué suerte tienes! —dijo la muerte.

Quedó mirándolo un momento. El pobre infeliz tenía los ojos desorbitados y el ritmo cardiaco a punto de explotarle. La muerte no podía creer que ese estúpido, como le había llamado un momento antes, fuera tan cobarde. ¡Solo a un estúpido como él, se le ocurría tratar de convencerla, argumentando que era muy joven!

—Las cosas que me toca ver —dijo la muerte, muerta de la risa.

—Mira la hora —ordenó la muerte—, estúpido cobarde.

Octavio Luis miró su reloj negro, digital, arcaico. En la pantalla rallada por el maltrato se mostraba la hora: seis de la tarde, siete minutos, nueve segundos. Octavio Luis no comprendió absolutamente nada. Sentía que el tiempo transcurría con tanta lentitud que parecía gatear en lugar de caminar. En este trance de su corta e inútil vida, Octavio Luis pudo comprobar, que el tiempo solo es un artificio ilusorio que encadena a los humanos.

Mientras que la muerte no se equivoca, no se extravía y es extremadamente precisa, también es terriblemente caprichosa. Ella, en momentos como este, cuando no se encontraba aburrida, no tenía que mirar el reloj para saber que todavía tenía tres larguísimos segundos a su favor, pues cuando fueran las seis y siete minutos, más trece segundos de ese martes trece de agosto, del año dos mil trece, tendría el único segundo en toda una centuria, donde ella tiene permiso para hacer lo que le dé la gana.

—¡Qué suerte tienes! Octavio Luis —dijo la muerte. Y volvió a reírse a carcajadas.

—¿Suerte? —alcanzó a preguntar Octavio Luis, antes de cerrar los ojos.

—Sí —contestó la muerte—, ¡Qué suerte tienes! …que tu nombre tenga solo once letras… “o más bien, suerte la nuestra” —Alcanzó a musitar al disiparse.


Joel Peñuela es un narrador, docente y predicador residenciado en Riohacha. Pertenece al taller Relata, del Ministerio de Cultura, el cual es liderado por el escritor Víctor Bravo Mendoza

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