sábado, 30 de abril de 2016

Ernesto Rutto, padre, tutor y amigo



Escrito por: Alejandro Rutto Martínez

Hace trece años emprendió el camino hacia la eternidad el señor Ernesto Rutto Piano, mi viejo, mi amigo, mi tutor y mi maestro. Desde entonces lo he extrañado mucho, pero su imagen ha estado viva en mi, como lo va a estar siempre. Y va a estar viva y nítida en mis hijos y en los hijos de sus hijos, por lo que él significó para toda una familia y por el amor que se le tiene aún después de tantos años de su partida. 

Sus ojos marrones me miraron con frecuencia y ese gesto producía un efecto significativo en mí. Cuando era un niño muy pequeño me transmitía confianza y seguridad. Estaba en los brazos de mi héroe y podía pasar los días de la vida tranquila, sin afanes, bajo su poderosa proteción. A veces, el ver esos ojos y las estrellas del cielo despejado en el horizonte infinito de la guajira, eran suficientes para entregarme al descanso nocturno y soñar con ángeles inmaculados que arrullaban a los niños mientras la luna iluminaba los solares del barrio. 

Los ojos de papá me sirvieron también para transmitirme la nostalgia de sus duros años de infancia y adolescencia en la que él y toda su familia debió enfrentarse a las limitaciones propias de quienes fincaban todas sus esperanzas en lo que la tierra de los valles del Piamonte podían producir. Pero sobre todo por la ruina que le causó al país la plaga del fascismo y su desmedido deseo de embarcar a la próspera península en una guerra que no era suya.  En ellos descubrí una débil llamita de tristeza cuando se refería a los campos tapizados de nieve en su natal Sala Monferrato, a los exquisitos platos que cada día preparaba la mama Rosalía, a los toques de tambor de su padre Alessandro y a las decenas de libros que leía en varios idiomas mientras esperaban que el tiempo se hiciera más favorable para cultivar la uva. 

Papá era un gran contador de historias, tantas y tan buenas que era un experto en literatura oral. Y eso lo aprendió en la dura escuela de la vida a lo largo de sus días y sus noches en el ejército de Mussolini, del cual hizo parte contra su voluntad y en los días aún más duros en el ejército de la resistencia popular del cual hizo parte por un llamado de su vocación libertaria. 

También aprendió mucho de los libros que devoraba con avidez. Tal era su afición a la lectura que pasaba horas con las narices metidas en los libros. Recuerdo que en casa teníamos un baúl parecido al de las películas de los piratas que no contenía tesoros materiales sino un tesoro que él primero y yo después apreciábamos con el alma: novelas, cuentos, historietas, recortes de prensa...todo un deleite para los amantes de la lectura. 

Un día de estos compartiré con ustedes alguna de esas historias. Por ahora me detengo a secar las lágrimas que brotan de mis ojos por el peso de la ausencia de quien me engendró como criatura y me formó como ser humano. Trece años de su partida, largo tiempo en que la ausencia se ha asomado por el balcón de los recuerdos . Trece años en que la  olvido ha fracasado en su afanoso intento de cerrar las ventanas de la memoria por donde puedo ver la luz resplandeciente de la eternidad. 


viernes, 29 de abril de 2016

Hermes Figueroa Nieves el hombre que no cerraba las puertas

Hermes Figueroa es uno de esos maicaeros a quienes no podremos olvidar nunca, pues su vocación de servicio y su capacidad de trabajo en los cargos que desempeñó le dan un lugar importante en nuestra historia en construcción.

El autor de esta nota disfruta de su amistad desde hace más de treinta años, cuando lo conoció en la Sección de Almacén en la Gobernación del departamento. En ese entonces era yo un estudiante universitario y lideraba la Asociación de Estudiantes de la Universidad de  La Guajira Residentes en Maicao, Eugrem.

De manera permanente tocábamos puertas de innumerables dependencias públicas y empresas privadas para que que nos ayudaran a movilizarnos desde Maicao hacia la Universidad en Riohacha. Muy pocas de esas puertas se abrían, muchas se cerraban y casi en ninguna encontrábamos una solución.

Creo que estábamos rotulados como los "estudiantes molestosos".

Sin embargo, hubo una puerta que siempre se abrió, que nunca se cerró y una persona que nunca se nos negó. Fue precisamente el señor Hermes Figueroa, quien nos trataba con mucha caballerosidad, aprecio y comprensión. Y siempre nos ayudaba a encontrar una solución cuando a nuestro vehículo le hacía falta el combustible, el aceite o las llantas.

Por eso, creo que le estoy debiendo un homenaje en vida y quiero hacérselo a través de un perfil biográfico, con el fin de que sea conocido por sus conciudadanos como lo que siempre ha sido: un funcionario ejemplar y un ciudadano humilde y servicial.

Continuará...

El derecho de tener

Escrito por: Alejandro Rutto Martínez

Es un hecho: las personas desea tener más equipos, elementos y bienes con los cuales satisfacer sus necesidades. La ambición es insaciable: tener y tener; más y cada vez más. Y no es sólo un deseo o un capricho sino un derecho ligado la subsistencia del ser humano. Cada persona debe tener garantizado un mínimo vital para su subsistencia. 

La Guajira: obra maestra de los ángeles de Dios




Escrito por: Alejandro Rutto Martínez

Hoy es un día hermoso para dar gracias a Dios por la forma en que se inspiró para crea uno de los lugares más hermosos del planeta y mañana también…y todos los días. Porque la obra de Dios ha sido tan grande y bella que no habrá forma de expresarle nuestra inmensa gratitud por el obsequio incomparable de ríos, mares, paisajes y gentes.

Yo me imagino la febril actividad y el movimiento incesante que hubo en el  taller de Dios el día que todos los obreros allí presentes se dedicaron de lleno a crear la más hermosa península de Sudamérica: en el centro Dios omnisciente  entregaba los planos terminados  del inimaginable lugar que había concebido en sus arduas sesiones de exquisita tarea artística. 

Y sus ángeles lo tomaron en sus manos inmaculadas y de inmediato se pusieron a hacer cuidadosamente la labor encomendada. Consiguieron pinceles, acuarelas de luminosos colores para dibujar atardeceres y  un lienzo enorme para plasmar muchos kilómetros de mar, y finos corpúsculos de arena para bosquejar el dorado tapiz del  enorme semi desierto en el que convivirían hermanados y por centenares de años buenos las burbujas multi cromáticas de la vida y la quietud conmovedora de lo absoluto.

Algunos ángeles querían trabajar más de prisa porque tenían mucho trabajo acumulado, pero los más juiciosos les llamaron la atención y les explicaron que lo demás podía esperar. Tenían la orden de perfilar una obra maestra y la prisa no era una buena consejera. Por esta razón ordenaron rehacer las curvas lisas de las costas y trazar en cambio algunos salientes y entrantes que decoraran el cuadro final. De esta manera fueron apareciendo Punta Gallinas, Punta Espada, Bahía Portete y, por supuesto, el mítico Cabo de La vela.

Cuando el trabajo iba muy avanzado una cuadrilla de ángeles expertos en alturas comenzaron a levantar una montaña  gigantesca y al lado otra y otra más y eligieron los dos picos más altos para colorearlos de blanco eterno.   

Un ángel entrado en años, experto en el color azul trazó varias líneas de ese color y estrellas una más larga y gruesa a la que después se llamaría Río Ranchería.
Unos laboriosos ángeles expertos  variedad paisajística decidieron que no todo podía ser igual y por eso se dieron a la tarea de crear tres guajiras en lugar de una: por allá estaría la más seca y desértica; en el centro una región menos seca más poblada y más al sur una bien fértil y tapizada de verdes praderas.

Alguien más se puso en la tarea de dibujar unos puntos grandes que representaban a las ciudades y unos puntos más pequeños que representarían a los pueblos. El lápiz fue usado de manera prolongada porque los pueblos fueron muchos. Fue necesario traer otro y otro más. Y luego dibujaron unos puntos más pequeñitos  a los que llamaron rancherías y fueron muchos, muchos de manera que no había país en donde hubiera más puntitos que en la hermosa Guajira.

Dios no permitió que los ángeles crearan a las personas. Fue una tarea que se reservó para sí mismo pues quería crear seres humanos con un corazón tan grande como la misericordia que Él mismo tiene: haría niños inocentes y amorosos, dedicados a disfrutar su infancia y a soñar con su porvenir y también crearía mujeres en cuyos ojos estaría siempre la veta del inconmensurable amor por los suyos.


De esa manera Dios hizo la mejor de sus obras y quiso regalarla a quien la mereciera pero después de mucho pensar, decidió reservarla para sí y por eso la guajira es maravillosa, inmensa, ilimitada y es propiedad reservada, por el dueño de la vida. Propiedad del dueño de la vida…territorio de Dios. 

miércoles, 27 de abril de 2016

Desde el almendro hacia las alturas


Alejadro Rutto Martínez
Nuestro viejo almendro con sus cuatro metros de alto y sus ramas extendidas en todas las direcciones era uno de nuestros mejores amigos en aquellos años en que las sonrisas de la infancia adornaban nuestros rostros curtidos por el sol calcinante de la mañana y por la arena recogida en las excursiones permanentes hacia los rincones ruidosos de las más inimaginables travesuras. Junto a su tallo rugoso y rudo nos contamos los secretos más importantes: el lugar donde escondíamos las almojábanas sustraídas del horno en donde mamá las guardaba celosamente antes de mandárselas a la abuela Meme; el remedo al español precario de nuestros padrinos extranjeros; los defectos imperdonables y la fealdad extrema de las novias de nuestros hermanos mayores. Ahí, a su lado, cobijados por benévolas sombras, planeábamos lo que pediríamos al niño Dios en diciembre y las perversidades que le haríamos al viejo Epifanio, al señor Lito y a don Ovidio en el día de los inocentes.

No obstante, lo que más nos gustaba de ese viejo amigo clorofiláceo, eran sus cuatro metros de altura que nos permitían escalar al segundo lugar más alto del mundo conocido después de la antena recién instalada del televisor en blanco y negro que los viejos sacaron a crédito donde "Chito Guerrero". Montarse a ese almendro alto, viejo y quebradizo era una aventura peligrosa y por peligrosa apetecida por quienes formábamos parte de la pandilla de sus amigos. Todavía me duelen las costillas al recordar el porrazo salvaje y los gritos lastimeros causados por el aterrizaje forzoso inesperado y abrupto, el día en que caí de unas de sus elevadas ramas. Pero, era el riesgo el que alimentaba nuestro espíritu de aventura y una y otra vez estábamos subidos allá, en lo más alto, en donde las últimas ramas, la más quebradizas por cierto, sostenía un romance fugaz con las nubes en las escasas tardes de lluvia con las que Dios premiaba los pocos, los muy pocos días en que éramos capaces de controlar los ímpetus de la edad primera y nos portábamos bien, según el juicio de los mayores.

Cuando estábamos allá arriba, subidos en sus ramas, inertes, casi sin respirar para que nadie nos descubriera, fuimos testigos del milagro soberbio de ver cómo las horas pasaban tan rápido como los segundos en el reloj de nuestras alegrías. Qué corto era el tiempo en esa época en que el universo era el surco de las golondrinas en el cielo mil veces despejado de nuestras tardes veraniegas y el mundo era una hoja seca en su caída lenta hacia el piso desnudo de nuestro venerado desierto.

Sin mucho esfuerzo podíamos ver la llegada y salida de aviones y helicópteros en el aeropuerto con nombre de santo patrono; o las jugadas extraordinarias de los futbolistas en el estadio; o las artes adivinatorias de las tres pitonisas residenciadas en los alrededores; o la cara desagraciada de las prostitutas de Casa Blanca, el bar de los pobres, vencidas por la edad y el hambre. Ellas, quienes hacían esfuerzos inenarrables para evitar que sus clientes enlagunados por el whisky se arrepintieran de haberlas contratado. O las puticas de "Las Musas", el bar de los ricos, de vientre plano, cara radiante y la sonrisa seductora de sus quince años, quienes con el movimiento enloquecedor de sus caderas y sus piernas bien torneadas, lograban quedarse hasta con el último bolívar de sus deslumbrados amantes de una noche.

Así pasaban las horas entre el laberinto de las tareas escolares medio abandonadas y la cita cotidiana e ineludible con el almendro. Un día mirábamos hacia un lugar y otro día hacia el otro. Una mañana del Día de los Difuntos, en que no hubo clases, ni fuimos al cementerio porque no teníamos a nadie viviendo del otro lado, nos trepamos desde cuando las primeras luces del sol comenzaron a iluminar la mañana. Y enfocamos nuestros ojos hacia el aeropuerto, en donde ya esperaban la llegada del primer vuelo, los viajeros cargados con sus maletas atiborradas de mercancías extranjeras, sus bolsillos vacíos, sus rostros angustiados y…sí… su cara demacrada por los estragos de una noche negada para el sueño. Para la época el aeropuerto vivía sus tiempos de esplendor al ritmo de la bonanza de las ventas multimillonarias y de los negocios absurdos mediante los cuales en un solo día se podía triplicar y hasta quintuplicar el capital invertido.

Los aviones zumbaban por nuestras cabezas y el nuevo juego consistía en probar quién era capaz de recordar la matrícula de las aeronaves o la cara de los pilotos. Casi siempre coincidíamos y nadie perdía. Todos teníamos los ojos saludables de nuestros primeros años y esos aviones pasaban verdaderamente cerca de nosotros. Los aviones azules de Avianca eran los más grandes y relucientes; los aparato grises de Satena eran los más raros; y las máquinas envejecidas de Aerocóndor nos hacía pensar que la ley de gravedad, de la cual nos hablaba la profesora de ciencias naturales en el colegio, hacía sus excepciones de piedad y misericordia con los pobres pasajeros que se atrevían, en un acto heroico y corajudo, a montarse en semejantes chatarras.

Cuando los aviones pasaban, si estábamos trepados en el árbol, casi podíamos tocar su fuselaje. Cuando íbamos a la sala conocíamos el significado verdadero del verbo temblar que la profesora de lenguaje trataba de explicarnos sin éxito en el colegio. Temblaban los vasos en las mesas; las lámparas de petróleo que colgaba del techo; temblaba el anafe lleno de brazas en donde comenzaba a prepararse el guiso de chivo; temblaba el piso y temblábamos los niños de miedo y los mayores de rabia.

El avión que pasaba más cerca de nuestro techo era un armatoste tan raro como el nombre de la aerolínea para la que volaba: Urraca. Su número era borroso pero nos parecía que terminaba en 123 y sus colores eran el blanco y el rojo. Pasaba tan cerca de la tierra que rozaba la antena de nuestro televisor. Nos prohibieron rotundamente volver a nuestro árbol porque mamá tenía el temor de que esa sería tarde o temprano la sepultura de un artefacto tan ruidoso como los pajarracos de los cuales tomaba el nombre. Las doce del día era la hora exacta en que pasaba. Y esa era también la hora en que mi hermana, una adolescente que seducía al mundo con la belleza alucinante de sus dieciséis años, tomaba su baño previo a la partida hacia el colegio.

Una vez sorprendí al piloto a unos metros de nuestro techo, mirando con ojos entusiasmados. El baño de nuestra casa no tenía techo y los ojos de mi hermana no tenían cataratas. Los del piloto tampoco. El avión quedaba suspendido por unos segundos en el aire mientras él y ella se miraban; y se decían cosas que yo no entendía en la candidez de mis nueve años. Mi hermana prolongaba su sonrisa y el hombre de la nave renunciaba a su parpadeo. Sospecho que su corazón dejaba de latir mientras contemplaba el rostro sencillamente bello de aquella mujer en tierra. ¿Y mi hermana? Ella se marchaba al colegio llena de felicidad y regresaba en la tarde aún llena de gozo, volviéndose a meter al baño, para ensayar de nuevo, la escena del próximo día.

Mientras tanto mis padres, estaban cada vez más, preocupados por el asunto del avión. En una especie de consejo de familia, decidimos subir otros tres metros la antena del televisor. De esta manera tendríamos un particular espantapájaros que, para el caso sería “espanta aviones”. Todos aprobamos la idea menos alguien que permaneció en silencio y se fue a la cama con los ojos inundados en lágrimas y el corazón invadido por la tristeza.

El asunto funcionó y, por unos días, gozamos con más tranquilidad la reunión obligatoria del almuerzo. Mi hermana en cambio vivía como un péndulo que nunca terminaba su viaje perenne y monótono, desde la soledad hacia la tristeza.

Unos días después de que subiéramos la antena llegaron los policías a la casa y hablaron amablemente con mi papá. Entregaron una carta en la que la aerolínea, en términos cordiales, le pedía su colaboración para bajar la antena. "Esperamos su patriótica colaboración", alcancé a escuchar en la voz de mi hermano Rafael, quien era el que mejor leía en la familia. Tuve la carta en mis manos y me llamó la atención el membrete de la empresa: al lado izquierdo de la hoja, estaba la imagen de un piloto, una imagen que me pareció muy conocida.

Los policías se fueron por donde vinieron y mi papá puso la antena en su altura original. Volvimos a sentir el rugido del avión sobre nuestras cabezas. Y volví a ver el avión suspendido por unos segundos y la sonrisa enamorada compareciendo en los labios del piloto y la mirada absorta y perdida de mi hermana. El encuentro duraba unos segundos, pero era como si el reloj se detuviera en la entelequia inexplicable de los amores imposibles. En un instante la lógica volvía a sobreponerse y el artefacto volador continuaba su rumbo. Y el piloto iba a su destino en tierra y mi hermana hacia su colegio a su cita diaria con las buenas notas. Y mientras caminaba, sus pies iban como flotando…como si no pisara el suelo sino la ilusión del amor que todos los días le venía del cielo.

Mis padres convocaron un nuevo consejo de familia para estudiar de nuevo la situación del peligro inminente. Algunos plantearon escribirle al Presidente. Otros pensaban que era suficiente hablar con el alcalde y mi papá pensó en conversar con los directivos de la compañía. Todos hablaron menos una persona. Todos querían erradicar el molesto avión menos una persona. Mi hermano Víctor ofreció usar la honda con que cazaba pájaros para darle su merecido a aquel pájaro metálico, pero su propuesta no tuvo eco.
Al final, mi mamá resolvió el asunto con el sentido práctico que solo tienen las mujeres humildes, sencillas y sabias:

-"Lo único que hay que hacer es ponerle techo al baño". Todos nos quedamos callados pero nadie dijo nada. Alguien quiso hablar pero calló y se fue a la cama temprano, a la cama en donde se encontró de frente con sus lágrimas abundantes y sus duermevelas sucesivas.

Al día siguiente, mi viejo con sus manos fuertes como el acero colocó cuatro láminas de zinc sobre el baño. Al mediodía el avión volvió a pasar bien bajo, como siempre, pero se marchó antes de lo acostumbrado. Pero, ¡qué sorpresa!, dio la vuelta y regresó y de nuevo quedó suspendido, por unos segundos, en el aire. El vientre del avión brillaba por la intensidad del sol, aumentada varias veces por el brillo de las láminas de zinc recién instaladas.

Cuando mi mamá dispuso la mesa para el almuerzo, notó que faltaba alguien y, enseguida, preguntó:
-¿Bueno… y mi hija dónde está?

- Fue a bañarse donde la vecina, donde la comadre Nelvis. Fue bañarse allá, porque aquí se nos acabó el agua-, contestó Gilma, una de nuestras tías políticas, de visita en esos días en nuestra casa.

-¡Anda, nofriegue! ¡Si donde Nelvis tienen el techo sin baño! Con razón ese avión no se iba.

Y todas las veces el avión daba varias vueltas antes de irse en su viaje hacia ciudades lejanas, hasta que un día no volvió a verse más. En el titular de un periódico leí: "Urraca suspende sus vuelos". De un día para otro se acabaron los temblores de las doce; la caída de los vasos; el vaivén de las lámparas; y las miradas tiernas y las sonrisas enamoradas.

Pudimos volver a subirnos al almendro a la hora que nos diera la gana. Y pudimos contemplar de nuevo a Elvira, la pitonisa de las cartas, cuando revelaba sin rodeos los secretos encriptados de las mujeres adúlteras y de los hombres fornicarios a todo aquel que tuviera tres pesos para pagarle la consulta; y vimos jugadas grandiosas en el estadio como el gol de “El Panadero” cuando eludió a tres rivales y le hizo un paraguas al portero para hacer un gol digno de los mundiales de fútbol; y escuchamos a Jairo Romero cuando relataba el sutil encanto de la pelota presumida y rápida que describía una curva caprichosa antes de estrellarse con violencia en el piso de piedra y polvo de la cancha, lejos del marco en donde debía cumplir una cita con el éxtasis del gol.

Un día cualquiera, cuando la infancia me abandonó en la soledad de mis diecisiete años, fui al aeropuerto en donde contemplé una pista negra y resquebrajada por cuyas grietas se escurrían los vestigios de mi pasado; Me vi enfrentado al horizonte incierto de la tristeza y a las huellas borrosas de la nostalgia. En un rincón lejano advertí el espectáculo deprimente del cementerio de aviones y entre ellos, un trimotor corroído por el óxido y por el tiempo. Me aproximé con paso lento como quien camina por un sendero alfombrado de amargura y vi de cerca los viejos aviones, veteranos de mil vuelos. Uno de ellos era rojo y blanco…asaltado por un presentimiento busqué su número: se veía borroso, pero sobrevivía un dos y un tres. ¿Y el uno? Me pregunté. No estaba, en su lugar solo había una mancha de óxido.

Miré la ventanilla. A través de lo que ahora era un orificio irregular yo había contemplado muchas veces el rostro de un hombre que desafiaba el viento, la tempestad y el peligro. Pero que no fue capaz de bajarse de su nave para recoger el fruto de la semilla que un día sembró con sus sonrisas y miradas.

Mi hermana aún joven y ya con hijos, navega por los aires frescos de su nueva vida y de un pasado de “baños al mediodía” que parece olvidado, tan olvidado que no le importó cuando le dijeron que el techo del viejo baño había desaparecido con los vientos fuertes del coletazo de un huracán que pasó por el Caribe.

Cuando puedo regreso al lugar que ocupó el viejo almendro que hace unos años se vino abajo arrastrado por su vejez. Y recuerdo los días de nuestras travesuras mientras observo la antena del televisor todavía erguida e imagino a un pequeño posado en ella y un piloto que desciende y me invita a subir. Acepto la invitación y, mientras volamos por la ciudad, miro hacia abajo, pero ya las muchachas no están en los viejos baños sin techo de los patios.

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