Mostrando entradas con la etiqueta nocaima. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta nocaima. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de agosto de 2019

Mi vieja Nocaima




Escrito por: Arturo Peña Barbosa

El tiempo no se detiene, parece que fue ayer que te vi como una gigante, amplias calles, inmensa su plaza de mercado, todo era muy grande, éramos tan pequeños que no alcanzábamos a concebirla de una sola mirada. 

Los años transcurren y vamos creciendo y paradójicamente pareciera que el pueblo se iba achicando con el aumento de nuestros pasos. 

Pero te adoramos gigante, las calles eran verdaderos estadios para practicar el fútbol, las esquinas interminables para jugar escondidas en las primeras horas de la noche, la quebrada de La Moya importante cuenca fluvial para la pesca de resbalosos que luego llevaríamos a la paila para comerlos bien fritos. 

Te recomendamos leer también:

El sapo trapichero


Con el trompo éramos expertos, sin contar a tabardillo que era fuera de serie especialmente en la rayuela, el juego de bolas tenía varios escenarios, la plaza de mercado, la calle de Don Puno por ser la más plana del municipio y frente a la escuela Mariano Ospina Pérez llamado el plan, este era el sitio de mayor concentración de los expertos en trompo, bolas, cinco huecos, entre otros. 

Fuimos a la escuela en cotizas, calzado popular para la mayoría de los estudiantes de la época, los tenis eran para unos pocos privilegiados, pero que a la postre resultaban con una pecueca insoportable, muchas veces el profesor Camilo los hizo descalzar y bañar en plena jornada escolar, eso sin contar a quienes les tocaba baño general por el sarro que almacenaban algunos en barriga y espalda; bueno era que en ese tiempo el agua era muy escasa especialmente en época de verano, que tocaba usar el borrador de leche para quitar la mugre. 

A pesar que algunas familias querían marcar diferencias sociales, los muchachos nunca paraban bolas a eso, pues todos íbamos a la escuela pública, no había otra alternativa, lo único que diferenciaba era las cotizas y los tenis, porque en el nivel de notas muchas veces las cosas se invertían, pero todo era alegría, respeto a los profesores y una gran amistad entre compañeros, claro que no faltaba tal cual riña especialmente entre los del pueblo y los venidos del campo, más precisamente de las veredas cercanas, pues allí no había escuelas, estas existían en las veredas lejanas. 

Qué tiempos aquellos como dicen los abuelos, cada vez que crecíamos y avanzamos en vida académica y corporal, el pueblo se achicaba más, a medida que crecíamos, las cosas ya no parecían tan grandes, pero el amor por nuestro amado terruño cada día sería más grande.  

Los docentes no escatimaban el más mínimo esfuerzo para alcanzar sus objetivos con aquellos chicos ansiosos de saber y de futuro; nos enseñaron a cantar hermosas canciones (Hurí, Allá en mi casita, entre otras), nos llevaron al rio y nos enseñaron a nadar, a tejer mochilas en piola y allí cargaríamos los sueños e ilusiones de un niño en camino a la pubertad. Era una entrega total de estos maestros, la jornada era completa y feliz (mañana y tarde), eso sin contar las famosas tardes deportivas en las cuales departíamos y competíamos con otras sedes de primaria, que comúnmente eran los miércoles; se rendía en el estudio o no había tarde deportiva. 

Culminar la primaria era un primer peldaño, pues la mirada estaba puesta en la Normal Nacional de Nocaima, eso era como ir a la universidad hoy en día, muchos llegamos, otros no alcanzaron y tomaron rumbos diferentes, pero la amistad de aquellos tiempos no cambió para nada y seguíamos siendo buenos amigos y paisanos. 

En el camino de la secundaria se quedaron otros compañeros, más por falta de interés o compromiso, no había excusa, teníamos el privilegio de tener este importante claustro en nuestro poblado, prácticamente no se pagaba nada, era muy bajo el costo de la matrícula y pensión, sin contar a quienes alcanzamos, por méritos académicos, ganar una beca que nos exceptuaba de dicho pago. 

Allí encontramos nuevos amigos, unos paisanos, otros venidos de diferentes lugares del país, llegaron delegaciones del Chocó, Bogotá, llaneros, el Tolima, costa atlántica y diferentes partes de Cundinamarca, era todo intercambio cultural: Intercambiamos costumbres, dichos y tal o cual manía; nos enseñaron y les enseñamos, inclusive hasta cazar Gamusinas que a la postre nunca conocieron, pues no vieron ni una sola, pero siempre permanecerán en el recuerdo de quienes lo intentaron y quienes no lo intentaron. No hubo un solo extranjero, (como solíamos llamar a los no nocaimeros) que no haya participado de esta cacería, pues era como una forma de pagar la novatada para quedar bien matriculado en esta bella institución que nos abrió las puertas al futuro.

Los momentos allí vividos no tienen precedentes, compartimos con profesores excelentes, buenos, regulares y hasta malos, todo hubo en la viña del señor, a los primeros le sacamos provecho y a los últimos casi que los ignorábamos, pero como todo no es negativo, también aprendimos de estos últimos algo importante y fundamental: Como futuros educadores, nunca seriamos como ellos.

Cuando llegamos a cursar quinto de bachillerato (hoy grado décimo), nos encontramos con nuevos e inolvidables compañeros, unos muy cuerdos otros medio locos… pero ¡qué combo tan espectacular!, Llegamos a tramar tantos lazos de amistad que al final de la meta parecíamos como hermanos, hecho que se ratifica muchos años más tarde con los encuentros bianuales, donde pasamos los momentos más agradables, son tertulias de recuerdos y anécdotas jocosas que nunca nos cansaremos de repetir y repetir, donde casi siempre salen mal librados aquellos compañeros que por sus diversas ocupaciones y compromisos no pueden asistir. Ustedes saben que el ausente no se puede defender. 

Allí el toque triste lo ponen aquellos que de manera repentina e inesperada han partido de la vida terrenal al recuerdo infinito, algunos sin tener la oportunidad de refugiarse en el calor y aprecio de sus antiguos condiscípulos, vivían muy ocupados y comprometidos con sus quehaceres cotidianos, no sacaron un espacio para sí mismo. Es lamentable pero real, a ellos los llevaremos en nuestro recuerdo imperecedero hasta el encuentro final.  

El sexto de bachillerato (hoy grado once) nos daba la ilusión de estar a las puertas de tan anhelada meta: Ser maestro es sublime ideal y de sabios suprema misión, esta frase de nuestro himno encerraba toda la vocación y compromiso frente a la labor que desempeñaríamos como educadores: Como gestores de cambio, como aportadores de ese granito de arena en la construcción de una patria más justa y equitativa. 

Sábado 30 de noviembre de 1974 y con diploma en mano nos sentíamos empoderados para ejercer esa bella profesión, que nos brindaría la oportunidad de dar los primeros pasos por los caminos de la pedagogía, sueño cumplido, familias felices de este gran logro, habíamos atravesado el arco del triunfo cual guerrero victorioso, Colombia nos esperaba, pues tomamos rumbos diferentes a lo largo y ancho de la geografía nacional. 

Hoy, después de más de cuatro décadas, gozamos de la dicha de volver a compartir estos reencuentros maravillosos que nos hace regresar al pasado y compartir y comentar los logros alcanzados, que, sin llegar a ser ningunos potentados, la vida nos premió con estabilidad económica, social, cultural y sobre todo con la satisfacción de la labor cumplida. 

lunes, 22 de julio de 2019

El sapo trapichero


Escrito por: Arturo Peña Barbosa


Suena el despertador en un viejo reloj de cuerda comprado a los gitanos en uno de sus  primeros viajes que estos realizaron por las veredas de Nocaima;  es la una de la madrugada, hay un poco de pereza o digamos,  más bien,  cansancio acumulado, pues la jornada del día anterior fue dura y muy agotadora, pero tocaba ponerse de pie, la molienda no da espera.

Te invitamos a leer también: 

Un grato recuerdo del fútbol y de familia


Feliciano, un hombre forjado por las labores del campo y de regio carácter, emprendedor y cumplidor de su deber, fue el primero en decir: 

-Arriba muchachos, llegó la hora de emprender la jornada
Su séquito integrado por 4 hijos varones y dos mujeres quienes eran el apoyo de doña Emérita esposa de Feliciano, era todo un batallón para enfrentar esa dura labor como lo es la fabricación del dulce sabor a miel que a la postre se convertirá en panela.

Eliseo era el mayor de sus hijos, muy serio y responsable frente a las labores y compromisos con su padre; Fernando el segundo tenía la manía de ser un poco perezoso para la levantada, tanto que Feliciano lo amenazó en varias oportunidades de echarle un baldado de agua fría de la madrugada para que se levantara; Gallo,  el tercero de los hombres, era toda una fiesta para todo, no paraba de hablar desde que se levantaba hasta caer rendido de tanto dar lora durante el día, pues era más lo que perturbaba que lo que trabajaba; Milo el cuba como suelen llamar al menor de la camada, a quien se le permitía dormir unas cuantas horas más en consideración a su edad; Dalia y Laurentina ayudaban a su madre en los quehaceres de la cocina... y a apurar el tinto, que antes de prender el motor de moler la caña degustaban con pan traído de la tienda de don Rito que estaba a una corta distancia de esta bella estancia.

-Bueno mijo, le gritó Feliciano a Eliseo, ponga la perrita a aullar. La expresón se refería a prender el motor para dar vuelta al trapiche de moler la caña. Pero, cosa curiosa, éste no arrancaba.  
Feliciano revisó el ACPM del motor y todo estaba  en orden, pero nada, otro intento y nada.  
Fernando que era bien agüerista,  dijo: 

-Papá….¿¿no será el jurringas????  
Era una forma de referirse al demonio

-Qué jurringas ni qué jurringas, venga más bien a darle vuelta a este aparato a ver si prende, le respondiò Feliciano

Gallo que era bien lambericas se acercó al volante del trapiche y gritó: 

-Lo encontré

-¿Qué encontró?, preguntó Feliciano, 

-Un enorme sapo que tiene trancado el volante, pues le atravesó una pata y no lo deja girar

En ese momento todo fue algarabía pero el condenado sapo nada que quería quitarse de ahí. 

De pronto  a Gallo que era el más charlatán se le ocurrió hablarle al sapo: 
-Quítese  de ahí compadre que en minutos va a haber mucho caldo de caña para tomar. 

Al pronunciarse palabras desapareció el espanto. 

Gran sorpresa se llevaron porque después de una hora de estar moliendo, fueron a revisar el fondo del aparador del caldo para ver si ya podían distribuirlo en las diferentes vasijas y así prender la hornilla. 

En ese momento pudieron comprobar que allí no había una sola gota, no lo van a creer, pero estaban instalados un centenar de sapos gigantes en hileras de dos en dos, tomándose el caldo que venía por la canal conductora hasta el fondo del  aparador; qué cosa inaudita, en ese preciso momento en que fueron sorprendidos, un eructo ruidoso salió de la boca del sapo mayor que con voz de satisfacción dijo: 

-Ahora sí nos vamos.

Feliciano no podía dar explicación a lo sucedido, pero Eliseo que era muy creyente y devoto a la Virgen del Perpetuo Socorro dijo: 

-Esas son cosas de mi Dios y no hay más remedio que seguir moliendo. 

Después de semejantes sucesos cualquiera pensaría que todo volvería a la normalidad, pero no fue así, Fernando que estaba gaveriando dijo en tono airado: 

-Quién carajo cogió un palo que le hace falta a la gaveraaaa

Nadie dio razón, Gallo como siempre atento a los detalles y señalando en forma precisa indicó el lugar donde se encontraba el palo faltante, allí precisamente en la boca de una serpiente, se lo había atravesado un sapo para defenderse y evitar ser comido por este enorme reptil, la pelea fue sin cuartel, golpe va golpe viene, en el rigor de esta riña quedó tendida en el suelo tanta caña la cual tocó terminar de cortar para llevarla al trapiche, que de paso sirvió para suplir el desastre de la pérdida del caldo ocasionada por el centenar de batracios abusivos de unas horas atrás.

Feliciano recuperó el palo faltante, le hizo hacer las paces a reptil y batracio para así poder continuar su molienda y fabricar la panela que estaría vendiendo en el mercado ese fin de semana.

LUARPE54 


GLOSARIO.

VOLANTE: Pieza del trapiche donde se coloca la correa que conecta al motor.
FONDO: Recipiente metálico para almacenar el caldo o jugo de la caña.
LAMBERICAS: Persona muy metida o imprudente.
GAVERA: Molde para fabricar panela.
GAVERIANDO: Oficio de moldear la panela.




sábado, 29 de junio de 2019

Crónica del Segundo Encuentro de Escritores en San Bernardo del Viento





Escrito por:  Alejandro Rutto Martínez

San Bernardo del Viento y de las letras
Junio 24 al 27 de 2019
 
Parte I
El viaje de Maicao a San Bernardo del Viento

Se efectuó recientemente el II Encuentro de Escritores del Viento en el municipio de San Bernardo del Viento una localidad del Departamento de Córdoba, conocido por su hermoso nombre, por su rica historia y por ser la cuna de Juan Gossaín, uno de los más grandes periodistas de Colombia.    

Te recomendamos también: El sapo trapichero

El reloj marcaba las 11:40 de la mañana cuando el bus de Brasilia partió de Maicao.   En la taquilla nos habían dicho que no había ruta directa a San Bernardo, pero podíamos llegar a Lorica y desde allí hasta nuestro destino podíamos tomar un taxi o un colectivo que en tan solo 10 minutos nos dejaría en nuestro destino. Seguimos el consejo del eventual asesor de viajes y compramos el tiquete rumbo a Santa Cruz de Lorica, una de las más importantes ciudades del departamento de Córdoba, al que empecé a conocer gracias a la enorme colonia de personas de esas tierras que por años han estado residenciadas en Maicao.    

Para decir verdad el bus hizo el recorrido más largo posible. Nos habían dicho que el viaje a Lorica podía durar entre 12 y 14 horas, pero se extendió a 18, porque el programa del bus incluía la ruta más larga: Maicao-Riohacha-Santa Marta-Barranquilla-Cartagena Lorica.   Cuando pasamos por la capital de nuestra amada Guajira pudimos ver el el televisor del terminal el único gol que la selección Colombia le marcó a Paraguay en el cierre de la fase de grupos de la Copa América. fue un buen tanto de Cuéllar que ayudó a aumentar la ilusión que todos los colombianos teníamos acerca del papel de nuestro equipo en la Copa América.    

El viaje fue ameno y cómodo pero muy largo. Me preocupaba llegar a tierras desconocidas a altas horas de la madrugada. Pero el tiempo y el conductor del bus se confabularon para que esto no sucediera. Cuando llegamos a Lorica eran las 5:20 de la mañana y ahí, frente al terminal, ya se encontraban los vendedores de tinto y arepa de huevo y otros deliciosos productos de la gastronomía criolla.    

Caía una ligera llovizna, de manera que debimos correr para guarecernos debajo del primer techo que encontramos. El tinto hervía en el vaso de plástico y la arepa de huevo quemaba la yema de los dedos a pesar de que la forraba una envoltura de cuatro servilletas dobladas en dos.   

Varios taxistas se ofrecieron amablemente a llevarnos hasta “La Caribeña” una hermosa estancia ubicada entre San Bernardo y Moñitos en donde nos alojaríamos por cuenta del Encuentro de Escritores y por cortesía de su propietario Francisco Coneo, uno de los organizadores del evento literario. Fiel a la promesa que le había hecho a nuestro anfitrión lo puse al teléfono con uno de los líderes de los taxistas quien, al colgar la llamada, nos indicó que nos fuéramos con “El Flaco”, un muchacho que se gana la vida consiguiéndoles pasajeros a los transportadores.   Caía una leve llovizna sobre Lorica y lugares cercanos y comenzaban a aparecer los primeros charcos en el desamparado suelo.    

Nuestro guía nos condujo de prisa hacia una estación de colectivos que cubren la ruta Lorica- San Bernardo-Moñitos y uno de los conductores se ofreció a llevarnos por diez mil pesos a cada uno de los pasajeros.    

-Siéntense, nos dijo. Me faltan todavía dos pasajeros.    

Veinte minutos después una dama con su hijo completaron el cupo. Viajaban hacia Moñitos.  

- ¿Y ustedes a dónde van exactamente?, nos preguntó a mi esposa y a mí  

-Vamos a la Caribeña, mi amigo, le dije mientras observaba los alegres pastos que recibían las aguas de la llovizna con inmensa alegría.

Las montañas parecían como extraídas de las páginas de una revista de promoción turística y un campesino caminaba por la orilla de la carretera con un balde de leche recién ordeñada en una mano y una botella de suero atoyabuey en la otra.   

Parte II 
LLegada a la casa finca La Caribeña

Llegamos a La Caribeña en donde nos esperaban Francisco Javier Coneo y su esposa Luz Lenis, quienes nos dieron la bienvenida con una buena taza de chocolate recién preparado y arepas de Maíz. Supimos luego que el día anterior habían llegado el escritor Héctor Hurtado y su esposa.   Un poco más tarde, a bordo de un viejo Land Rover hicieron su llegada triunfal los embajadores de Nocaima (Cundinamarca) Alfredo Espinosa y Arturo Peña Barbosa.   En un hotel de San Bernardo se hospedaban Hipólito Parra y su esposa.  El grupo poco a poco se iba completando.   
    
Como para calentar motores Arturo nos leyó el texto de su última producción litararia, basada en cierta hermosa señora imaginaria llamada María Antonia de su pueblo que se dedicaba al curioso trabajo de vender...besos.   

Terminado el chocolate partimos hacia la Casa Lúdica de San Bernardo, un lugar agradable, acogedor y muy bien dotado. Allí se produjo la instalación del evento, a cargo de la profesora Beatriz y de Francisco Javier Coneo, quienes oficiaban como oferentes.   Ya se habían integrado al grupo escritores locales como Roberto Yance, Francisco Javier Barón Mercado, Wilson Polo Blanco, Manuel del Cristo Díaz y Francisco Javier Cobo Fuentes.  

Parte III
Comienza el encuentro

En adelante, se nos informó, todo giraría en torno a la oralitura, una expresión literaria basada en la oralidad, tan propia del Caribe y en general de los pueblos colombianos. El análisis de las formas literarias orales se diferencia del estudio de las obras literarias escritas en son estrictamente orales y porque cumplen funciones estéticas y folclóricas.   

Parte de lo que nos dijeron en la instalación era que no había conferencias, ni talleres, ni nada parecido. El evento consistía en hablar y leer. Cada quién contaría sus historias y leería sus escritos y de esa manera pasaríamos tres días al abrigo de las letras, bajo la frescura de la ligera llovizna y ambientados por el murmullo de las olas del mar y el canto de los pájaros desde lo alto de los frondosos árboles de mango cuya cosecha acababa de terminar.   

Uno por uno los escritores fueron pasando al tablero, cada uno de ellos con sus textos bien logrados bajo el influjo del silencio y la soledad y guiados por el espíritu de tejedores de sueños y palabras que gobierna el corazón de los creadores.   La sorpresa mayor la constituyó la llegada del decimero Lázaro Cantero Pérez, un artista fulgurante, dueño de una ilimitada capacidad de repentización, quien habló de las décimas, de la música de la región y de la forma en que realizaba sus composiciones. Prácticamente todo lo que decía, lo decía en rimas, sin tener nada preparado   ¡Componía sobre la marcha! 


Parte IV
Más y más gente llega al encuentro

El evento se fue crecieron, se sumaron los niños poetas, las bailarinas de bullerengue, las poetisas de Cereté y los profesores y estudiantes del colegio principal.   Así, entre lectura y lectura, declamación y declamación, entre bailes y tambores fuimos conociéndonos y agradeciendo a los ángeles de la literatura que nos hubiera llevado a ese rinconcito convertido por unos días en la patria de las letras.  


Epílogo
Oralitura en su estado puro y despedida

En las noches, allá en la caribeña, después de los chocolates y el café, venían las emocionantes tertulias en las que Francisco Coneo y Arturo Peña Barbosa, nos dieron cátedra de cómo se cuenta una historia bien contada. Oralitura en su estado puro. 

El primero, un exsacerdote católico dedicado ahora la escritura y a poner bien bonita su finca, nos habló de sus experiencias de vida durante el tiempo en que fue sacerdote de la Iglesia Católica: sus sueños, sus esperanzas, sus frustraciones y sus anhelos. También se refirió a su obra inédita la cual se encuentra escrita a mano en seis gruesas agendas y nos mostró el museo que está organizando en el que se destacan las pertenencias del hombre más pequeño del mundo: un hombre exiguo creado por él mismo que fue una vez a San Bernardo del Viento, y cuando se marchó le dejó varias diminutas prendas como recuerdo.  

Arturo Barbosa, por su parte, contó con lujo de detalles sus aventuras por el departamento de Caquetá. Nos tuvo concentrado durante dos horas, tanto que nuestra piel se hizo inmune al ataque de los mosquitos. Su capacidad para cautivar a la audiencia hizo que lo acompañáramos en su recorrido por el Río Caguán, a que compartiéramos su habitación palafítica en uno de los pueblos ribereños, a que nos montáramos en su canoa y tuviéramos el mismo miedo que él a naufragar en medio de las aguas turbulentas.  

El encuentro terminó con el abrazo nostálgico propio de todas las despedidas, pero con la promesa de que volveremos a encontrarnos en cualquier momento, en San Bernardo del Viento y en cualquier otro pueblo que tenga por bandera la de la patria de las letras.  

  

Analytic