sábado, 2 de septiembre de 2017

Una experiencia de vida

Mi experiencia personal como profesor

Paulo Freire: "Nadie educa a nadie —nadie se educa a si mismo—, los hombres se educan entre si con la mediación del mundo"

Escrito por: Alejandro Rutto Martínez

He hecho cosas diferentes e interesantes en la vida, desde ayudante del camión en que mi padre transportaba los materiales con los que se construían los edificios más altos de Maicao, hasta tendero de barrio, pasando por "Torniquete" que era la forma en que se llamaba a los jóvenes que acompañaban a los taxistas en las antiguas camionetas F-100 con el fin de ayudar a los pasajeros a subir y bajar las pesadas cargas que llevaban de un lugar a otro. 

Un poco más adelante la vida y Dios me dieron la oportunidad de ejercer el periodismo radial y un poco más adelante en prensa y en internet. Fueron años de labor intensa y de bellas experiencias profesionales y personales que guardo como el más preciado tesoro en un importante lugar de mi corazón. 

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Sin embargo, ninguna de las múltiples actividades laborales desempeñadas han podido producirme las emociones que he obtenido en la docencia. Como profesor he podido ayudar a muchas personas y me he ayudado yo mismo a crecer y a re inventarme día a día como persona. Y cada vez que adquiero un logro o saboreo una satisfacción me doy cuenta de que aún transito por los escalones iniciales del camino hacia el perfeccionamiento profesional. 
Quiero contarles que  en cierta ocasión tuve en uno de mis cursos del SENA a un grupo de personas que aspiraban a ser propietarios de sus propias empresas. El Estado, a través de entidades como Ecopetrol, la Cámara de Comercio y el Servicio Nacional de Aprendizaje, se propusieron brindar oportunidades diferentes a quienes ejercían ciertas actividades informales. 

Se trataba de convencerlos de que la venta informal de gasolina era una actividad que podía ser sustituída por negocios legales, prósperos y provechosos para ellos y sus familias. 

Diariamente ellos asistían a clases y recibían lecciones de emprendimiento, contabilidad costos, etc. A mí me dieron instrucciones para que compartiera con ellos una asignatura incierta y muy difícil de manejar para un entorno como el de este tipo de estudiantes: ética y Desarrollo Humano. 
La mayoría de los aprendices del curso eran personas conocidas: amas de casa, padres de familia, jóvenes ilusionados con la posibilidad de encarrilarse en un futuro promisorio y unos tiempos distintos a los que en esos días estaban viviendo. 

Uno de los estudiantes m,e llamaba la atención por su cortedad de palabras, su silencio, su poca participación en clases. Hasta su físico y su forma de vestir era diferente: vestía de manera impecable, se expresaba de forma correcta y tenía un físico propio de las personas del interior del país. Era  el más puntual y el más constante. Siempre asistía a clases y estaba atento a lo que se decía. Cuando se terminaba la clase se ponía su sombrero blanco, se despedía con palabras amables y avanzaba con paso firme hacia las profundidades de la noche, cada vez por un camino diferente. 

A su alrededor desarrolló una aureola de misterio. Ninguno de sus compañeros lo conocía, nadie sabía en dónde quedaba su vivienda, ni con quién compartía su vida. Su mirada era un poco esquiva y sus respuestas no despejaban ninguna duda porque era experto en el diálogo de los monosílabos. "sí" ,  "no"  y "no sé" eran las palabras con las que respondía a las preguntas que sus compañeros le hacían cuando se interesaban en saber más de él.

El curso terminó con una clausura muy bien organizada por los propios estudiantes y nuestro personaje asistió puntual como siempre.  Estuvo sentado en unas de las hileras de sillas situadas al final del auditorio y cuando el evento terminó se despidió con cortesía, caminó hacia el occidente, dobló la esquina y luego lo perdimos de vista. 

No volvimos a saber de él hasta unos seis meses más tarde, cuando lo encontré en un restaurante. No era un comensal más sino un trabajador del establecimiento. Estaba encargado de entregar los domicilios para lo cual se valía de una motocicleta de su propiedad. Ese día me saludó con aire efusivo, me llevó a una mesa apartada y pidió una botella de refresco y dos vasos.  Ese día se explayó en información: 

-¿Se acuerda del curso que hicimos hace un tiempo? Le cuento que para esos días estaba en una situación muy difícil y las clases y los compañeros me ayudaron a tomar la decisión más acertada de mi vida.  Yo pertenecía a un grupo irregular, de esos que son famosos por su violencia. Me reclutaron cuando era muy joven y me hice amigo del jefe. Un `día le pedí tiempo, tiempo para reflexionar sobre mi permanencia en la organización. Me concedieron unos pocos días y fueron los que aproveché para hacer el curso. Al principio iba muy nervioso y no estaba convencido de quedarme en la ciudad. Pero cuando las clases fueron avanzando me di cuenta que la vida podía darme una segunda oportunidad. Gracias a sus clases renuncié a mi vida anterior y ahora trabajo como una persona de bien"

No sé en dónde estará mi amigo después de tantos años (siete en total), pero sé que su vida ha cambiado gracias a lo que la educación hizo por él. 

¿Cuál fue la innovación que lo motivó?  La de las cosas sencillas, la de convencerlo que la educación puede formar astronautas, científicos, premios nóbel...pero ante todo tiene la obligación de educar hombres y mujeres de bien, que le sirvan a la sociedad desde la gerencia de un banco o desde el humilde cargo de repartidor de almuerzos a domicilio. 

Ahora bien, no se trata de la transformación que el estudiante haya tenido en su vida sino la que tuve yo como docente al reafirmarme en el concepto de que es muy difícil cambiar en el mundo a todo el mundo. Pero cada vida que podamos tocar, es una oportunidad para que el mundo sea mejor. 

La ciencia a través de la ventana

La experiencia que les voy a relatar no puedo calificarla inicialmente de buena ni de mala, porque tuvo un poco de lo uno y algo de lo otro.  

Cursábamos el cuarto año de primaria y disfrutábamos de los años felices de la infancia en el que la alegría estaba relacionada con un cáñamo adecuado para lograr que el trompo bailara más y mejor que la comparsa del carnaval o con un buen pulso para que nuestros boliches hicieran blanco perfecto en el de los eventuales adversarios o que hubiera brisa suficiente para que la cometa se elevara por los cielos con sus colores multicolores y llegaran cerca del cielo en donde Dios sonreiría al ver sus bellos colores y escuchara el atronador sonido de sus poderosos zumbadores. 

La límpida cúpula celeste abrigaba las fragorosas horas de la veloz infancia en la que la escuela se atravesaba casi como un fatal estorbo frente al cual no teníamos más remedio que doblegarnos para no despertar la apocalíptica ira de nuestros padres, quienes sostenían que esa 
la mejor herencia que podían dejarnos.   

Nosotros soñábamos que nos heredaran un auto como el de Batman para patrullar por los laberínticos `paisajes de ciudad gótica o un avioncito, ahí fuera pequeño, como los que aterrizaban seis veces diarias en el aeropuerto San José, pero ellos insistían en que la educación era mejor herencia que cualquier carro o avión o edificio lo que fuera. 

Por eso,  íbamos a la escuela sin falta dos veces al día doscientos días al año en un horario parecido al de la señora Nilda, quien para la época era la gerente de uno de los mejores hoteles de la ciudad. Ella iba al trabajo a las 8 de la mañana y regresaba a las 12 a disfrutar de la calor de su hogar. 

Nosotros partíamos raudos hacia el Gimnasio a las 8 dela mañana y sólo regresábamos para tomar el almuerzo a las 12 del día. Cuando ella se despedía de de su esposo con un romántico beso y regresaba a sus labores, nuestra madre nos daba un beso en la frente y nos enviaba de nuevo al colegio. Era la rutina de siempre y ya estábamos tan acostumbrados a ella que nuestras almas podían ir al colegio sin que la acompañara nuestro cuerpo y viceversa. 

En las tardes regresábamos a casa cargados de ganas: ganas de de acariciar de nuevo a la inquieta mascota de la casa, ganas de abrazar a mamá, ganas de trar el maletín de los libros y no verlo nunca más y ganas de encontrar rápido el balón para jugar fútbol callejero, una especie de guerra campal más o menos organizada en el cual soñábamos a ser las futuras estrellas del fútbol mundial. 

Pero nada de esto era posible hasta que no termináramos las tareas, las cuáles consistían más o menos en escribir los números del uno al diez mil, copiar tres mil veces la frase "Debo portarme bien en la clase de sociales" y hacer las investigaciones de ciencias naturales. 

Las "investigaciones" consistían en copiar textualmente de un libro las definiciones que el profesor había solicitado.  Cuando la clase era, por ejemplo, acerca de los batracios, entonces éramos obligados a escribir en el cuaderno de 22 líneas todo lo que el libro dijera acerca de éstos particulares animalitos, que a mí siempre me han parecido muy interesantes aunque con muy mala prensa. 

Para la época me destacaba por ser un muy mal investigador y tenía dos razones para ganarme la "honrosa" distinción: por un lado me daba mucha jartera copiar textualmente todo lo que decía el libro y la otra, aún más poderosa, era que mi papá no había ganado suficiente dinero para comprarme el libro.   

Nadie discutía que las investigaciones se hicieran de forma tan simple por otra poderosa razón: las órdenes de los profesores no se cuestionaban sino que se obedecían. Lo que el profe o la seño dijeran, eso era ley. Y pare de contar. 

Un día la señor de ciencia nos pidió una nueva investigación y en este caso sería sobre uno de los animales que yo más conocía y adoraba: la gallina.  

Esa tarde, después dela rutina de las ocho largas horas en el colegio  recorrí las calles pedregosas  del barrio en búsqueda de alguna alma caritativa que me prestara el preciado libro, pero tuve que regresar a casa con la desagradable sensación del fracaso y el temor de fallar nuevamente en la presentación de mi tarea. 

Me fui al patio de la casa a pensar en la amargura de mi nuevo fracaso y presencié copn tristeza el lúgubre concierto de las sombras y el desconsolado aullido de un perro que desde la lejanía de su soledad le solicitaba compañía a la marchita luna de cuarto menguante. 

Estaba sumido en mis pensamientos cuandio decidí dirigirme al corral en que descansaban las doscientas gallinas que mi mamá criaba desde que yo tenía uso de razón. Le pedí excusas a una de las aves a la cual interrumpí el sueño y la llevé conmigo a pesar de sus reiteradas protestas, hasta el lugar en que pude verla más de cerca bajo la luz tenue de un bombillo a punto de fundirse.  

Las alas extremidades del pequeño animal y sus altisonantes  alaridos despertaron a dos gallos que desde su sitio de reclusión reclamaban iracundos  la devolución de su compañera. 

Mis pequeñas manos exploraron el cuerpo emplumado de de la gallina, me detuve en sus pequeños ojos de escasa visión nocturna ubicados a cada lado de su cara; vi sus patas arrugadas al final de sus flacos muslos y toqué las uñas, no tan largas, pero adecuadas para la tarea de escarbar en la arena y en la hierba; vi su cresta roja encima de la cabeza y los lóbulos debajo de lo que sería su barbilla y pensé cuán pequeña era en comparación con los machos de la especie; toqué su pico encorvado hacia abajo con el cual su dueña atacaba y se defendí y además utilizaba para alimentarse de semillas, hierbas, restos de comida, granos y pequeños insectos, vi los dos orificios que estaban en el pico y procedí a taparlo con los dedos, lo que originó la protesta de mi amiga emplumada. 

Comprendí entonces que eran sus fosas nasales y me sentí como un monstruo al comprender que estaba a punto de asfixiarla. 

Mi exámen de veterinario precoz o de biólogo en ciernes era suficiente. Devolví el animal a su descanso y me fui a transcribir mi tarea. Sólo que en esta ocasión iba a transcribir no desde el libro de texto de cuarto grado sino desde la región de mi memoria en donde se alojaba ahora la información reunida en mis tres años de  experiencia como ayudante de mi mamá en las labores de avicultura y de la observación directa que acababa de hacer. 

Esa noche escribí tanto que tuve necesidad de usar varias veces los servicios de mi desgastado sacapuntas para que el lápiz de fabricación venezolana rodara mejor sobre la hoja blanca de rayas azules de mi cuaderno. El pobre lápiz dejó de ser un gigante para convertirse en un enano, pero no importaba. Lo importante era que había hecho mi tarea y al día siguiente. 

Mi corazón de niño oscilaba entre la alegría del deber cumplido y el temor por la reacción de una profesora acostumbrada a aplicar con rigor los elementos esenciales de la geometría pedagógica. Me perdonan esta expresión rebuscada. Hubiera sido más simple decir que mi seño tenía la mente cuadriculada y yo no conocía como iba a reaccionar cuando le presentara mi tarea construida de forma tan alejada de la costumbre del colegio. 

La profesora en el fondo era buena y en alguna orilla de su alma abrigaba un bello  filón de generosidad y yo creo que era como era no por que quisiera serlo sino porque a su vez la obligaban a que actuara de esa manera. La obligaba el sistema frondoso en reglas y pobre en creatividad. 

La obligaba el borroso surco de su repetida liturgia cotidiana en la que los días eran una repetición del anterior y este a su vez del anterior y así sucesivamente en una repetición infinita de muchos días multiplicados por una sola forma de hacer su trabajo. 

A la mañana siguiente nuestra profesora nos llamó a lista, esn estricto orden alfabético, como era su costumbre, para que presentáramos la tardea. En esta ocasión no pidió el cuaderno para leer ella misma los garabatos ilegibles de nuestra presurosa caligrafía, sino que pidió leer en voz alta la tarea. El ejercicio resultó muy aburrido, m´ñas aburrido que nunca. 

El patio de la escuela estaba poblado de árboles e copas elevadas y flores relucientes pero la atmósfera del salón era pesada, opaca y un poco triste. Se imaginan ustedes un recital en que cada declamador lea o pronuncie exactamente los mismos versos que el anterior y así sucesivamente?  

Era como si todos recitaran el ave maría, el credo o el padre nuestro y lo hiciera exactamente como  lo hacían los demás. Todo ocurría en estricto orden alfabético. Y así desde la A de Arrieta hasta la Ra Ramírez, la Re de Redondo,  La Ri de Ricaurte, la Ro de  Romero, y la Ru...¿de quién? De Rutto, bueno, al fin llegó mi turno.

Después de cada lectura la profesora escribía en su cuaderno un 5 como premio al esfuerzo de mis compañeros y por su dedicación a investigar sobre el tema propuesto. Y por su disposición a obedecer órdenes cumplidamente, como debería ser. Y ahora me correspondía leer a mí.

¿Cómo iba a reaccionar mi profesora? ¿Le gustaría mi tarea o, por el contrario, cuestionaría mi indisciplina, me llevaría a la oficina del rector por no cumplir las normas como las habían establecido en el reglamento?

Comencé a leer y de inmediato percibí al mirar de reojo, o con el rabo del ojo, como decía mi mamá, la cara de sorpresa de mis compañeros y el asombro dibujado en el rostro de la seño. 

Estaba claro que mi lectura estaba quebrando las líneas de su geometría pedagógica y en medio del silencio sepulcral del salón, en la que solo se escuchaba mi voz temblorosa, se habían esfumado las sonrisas y eran remplazadas por la sorpresa, la mañana parecía un mar en calma chicha que en cualquier momento podía terminar para darle paso a una fuerte tormenta en la que tendríamos olas inquietas y relámpagos trepidantes. 

A terminar mi cautivador relato, salpicado de plumas, patas, ccos y cacareos, la profesora abrió sus inmensos ojos, tragó saliva, se organizó las hebras e cabello que caían sobre su frente y me lanzó como un pitcher fornido, la pregunta que yo esperaba desde que hice los primeros trazos de la tarea: 
-¿En qué libro encontraste la tarea?

Tragué saliva y sentí un temor nacido en el fondo de mi inocencia, sentí en lo profundo de mi pecho el tic tac de un reloj presuroso y ansioso por devorar los instantes de la eternidad.

Saqué valor de la fuente errátil de mi infancia y le respondí: 

-De ningún libro, profesora. Yo mismo escribí lo que usted ha escuchado

La profesora me miró directamente a los ojos y logró que se me paralizara la respiración, las pulsaciones, la circulación de la sangre...

-Antes de que pudiera coordinar mis ideas la profesora volvió a la carga y me hizo una nueva pregunta que me supo a insulto, pero envuelto en el grato aroma de un elogio disfrazado: 
-¿Estás seguro e que tú escribiste eso?

- Sí, profesora, le respondí, con la voz trémula de quien se encuentra en vísperas de dar los últimos suspiros de la vida

La profesora no me dijo nada más, tan solo anotó algo en el cuaderno de notas y procedió a llamar a Sánchez, mientras yo miraba por la ventana el paisaje de verde de nuestro jardín en donde una bandada de traviesos colibríes seducían a dos rosas y tres azucenas plantadas en el jardín. 

Más allá una gallina roja como el fuego invitaba a media docena de rubios pollitos para que degustaran las migajas de pan que algún niño descuidado había dejado por ahí.  

No sabía cuál era la anotación de la profesora en su viejo cuaderno de notas, pero no me interesaba saberlo. A través de la ventana los colibríes, la gallina los pollitos, las azucenas, las rosas y el viento con aroma de lluvia que movía insistentemente los racimos provocativos del árbol de mamón, me estaban dando la mejor clase de ciencias naturales de mi vida. 

Lo primero debe ser ésto, después lo demás

Escrito por: Alejandro Rutto Martínez
Ryszard Kapuscinski fue un periodista trotamundos, quien desde la trinchera inquieta de su máquina de escribir narró los acontecimientos del siglo veinte gracias a su labor de corresponsal en varios continentes, en los que tuvo la oportunidad de presenciar 27 revoluciones con sus gritos de guerra y la artillería pesada de la propaganda oficial con la cual se pretendía convencer a propios y extraños que la vía elegida era el único camino posible para acceder al añorado paraíso de la felicidad colectiva.  
Como si faltara algo para adornar su trepidante currículo podríamos agregar que en cuatro ocasiones fue condenado a  muerte, sin que Dios y la vida permitieran que la sentencia pudiera ejecutarse.  Finalmente murió en Varsovia, la capital de Polonia, su país, el 23 de enero de 2007.
Quien desee conocer el periodismo por dentro y por fuera debería acercarse a la biblioteca especializada más cercana para solicitar sus libros y dedicarse al deleite de leer a alguien que en el agitado final del siglo veinte y el inicio enloquecedor del siglo actual fue capaz de defender con firmeza y valentía los valores humanos con la ilusión tal vez ingenua de que los seres humanos pudieran construir un ámbito de convivencia pacífica en los que juntos pudieran construir el sueño esquivo de la solidaridad humana.
Defendió especialmente la ética del periodismo y del periodista y como parte de su lucha acuñó una frase que hoy hace tránsito para graduarse de axioma y que debería estar colgada en la sala de redacción de todos los medios de comunicación y aún en el despacho de todos los profesionales: “Las malas personas no pueden ser buenos periodistas”
Si pudiéramos hablar aún con el maestro podríamos pedirle permiso para decir que las malas personas no pueden ser buenos periodistas y tampoco buenos ingenieros, ni buenos policías, ni buenos sacerdotes y, por supuesto, tampoco podrían ni deberían ser buenos maestros.
La buena formación de los profesionales no puede hacerse de espaldas a la desafortunada realidad  que hoy vivimos en la cual se incuba el deseo de ganar a toda costa y las ganas de triunfar a costa de la dolorosa derrota de los demás, con lo cual el ganador pone la primera piedra para su próxima derrota o de la próxima derrota de la siguiente generación. 
También es una enseñanza oportuna para un mundo convulsionado y enloquecido por la idea equivocada de la riqueza en la que el tener es mucho más importante que el ser y en  la que una cuenta bancaria inflada sin importar la procedencia del dinero es más importante que una conciencia tranquila.
En la búsqueda de la paz sería conveniente alzar el volumen para que se escuche fuerte la voz de Kapuscinski y podamos convencernos que la escuela y la universidad, pero, sobre todo, la familia, están en mora de formar las buenas personas que estamos necesitando para ejercer la profesión del periodismo, de la ingeniería, de la medicina, de la publicidad, de guionista de televisión, etc.
No existe un pre grado ni una maestría ni un doctorado en donde se enseñe a los estudiantes a ser malas personas, pero en el camino la gente se las ha arreglado para volverse voceros e instrumentos del mal. Por eso nos encontramos de frente con la corrupción que a su vez se convierte en el desencadenante de los males que destruyen el tejido social y contaminan la atmósfera en que se levantan las siguientes generaciones y contamina el aire puro que deberían respirar los ciudadanos del mundo, quienes hoy gravitan alrededor del dilema de conseguir lo necesario para vivir bien y la necesidad de respetar las normas de la honestidad y de la honradez.
¿Por dónde comenzar entonces para obsequiarle al mundo las buenas personas que después se conviertan en buenos periodistas?
Es difícil tener una respuesta única y concreta, pero una frase sabia y concluyente del mismo Kapuscinski nos da luces para encontrar el interruptor que prenda las luces con las que se ilumine el camino que aún hemos de recorrer: “Dentro de una gota hay un universo entero. Lo particular nos dice más que lo general; nos resulta más asequible”.
La respuesta está en lo sencillo, en lo pequeño, en lo natural. En la gota transparente y cristalina en la que reposa la sabiduría de los mayores, el respeto al prójimo, la esencia del hombre y el respeto a los derechos de la gente.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Así se adelanta la convocatoria de la selección de La Guajira infantil.

Por: Wilfrido E. Solano. (Wes)

El pasado domingo 27 de agosto, se llevó a efecto  el ejercicio  de detección o escogencia de talentos infantiles de fútbol en la cancha Los Ídolos del barrio Colombia Libre de Maicao, asistieron  cerca de 60 niños entre  los 12 y 13 años lo que  resultó por debajo  de las espectactivas del seleccionador Nilson Martínez.

En el proceso de llamado previo, se les recibió la documentación para verificar sus edades , el próximo encuentro de detección será el 10 de septiembre  en Villanueva sede de la zona # 1 para los niños de la Jagua, Urumita y el Molino donde el mánager general de la selección infantil Nilson Martínez, tendrá el acompañamiento del técnico José Ovalle. En Maicao se preseleccionados 9 niños quedando la posibilidad de llamar tres más, que  estarían en el proceso que finalizará en el mes de octubre.
Los 9 jugadores seleccionados de Maicao. 

El entrenamiento en Maicao será constante con los locales mientras se visualiza el resto de jugadores en el departamento y se agenda los microcosmos y amistosos para enfrentar la competencia nacional en el mes de enero próximo. Para ésta incursión  de la Guajira a nivel de selección se estimaron unos acuerdos entre la Liga y el entrenador para alcanzar los mejores resultados posibles, que borren la ingrata recordacion de la participación de esta misma categoría el año pasado al mando del mismo técnico, en el cual la planificación estuvo totalmente ausente y se aceptó el reto para. evitar sanciones deportivas.

Cronograma departamental para reunir los jugadores que conformaran esta selección.














Y tu ¿Que esperas para hacer parte de esta selección?

SE POSESIONA INSPECTOR RURAL DE CASTILLETE Y PUNTA ESPADA

.El cargo lo asumió el licenciado Yoedys Palmar.

En ceremonia realizada en la alta Guajira se juramentó ante el secretario de Gobierno del municipio de Uribia Rubén Almazo Monroy, el nuevo inspector rural de Policía del corregimiento de Castillete Yohedys Palmar, mediante el decreto 205 del 25 de Julio de 2017 firmado  por el alcalde  de Uribia Luis Enrique Solano.

Yoedys Palmar, con el secretario de Gobierno Rubén Almazo (izquierda )

En la posesión estuvo presente la concejal de Uribia Nidia Sabino Rodríguez y Rafael Sapuana éste último autoridad tradicional del resguardo indígena de Jasalina. La decisión del nombramiento suple la ausencia de la figura  del inspector hace varios años en este remoto lugar de alta Guajira, al igual que  el corregimiento de Punta Espada hasta donde extenderá su jurisdicción el recien nombrado inspector y cuyas necesidades más apremiantes son: el escaso suministro de agua para el consumo humano, al igual que el acceso vial.

Yohedys Palmar Gonsález es licenciado en docencia y cursa segundo semestre de derecho civil, fué miembro del Parlamento indígena en Caracas Venezuela y nació en Castillete en el hogar formado por Luzmila gonsález y el Gobernador de Cabildo Indígena de Castillete Rafael Sapuana.
Sus primeras acciones según manifestó se encaminaran a paliar la sed de los pobladores mediante la distribución de agua a través de carros cisterna, habilitados por la Secretaría de gobierno y Salud del municipio de Uribia, así mismo implementará programas de Salud poblacional y mejoría de acceso vial, para que  los indígenas puedan comercializar sus crías de ovinos, caprinos y aves de corral con menores inconvenientes.

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