miércoles, 20 de julio de 2016

Homenaje al profesor Vicente Salcedo Vega: Una rosa pálida sobre el ataúd marrón




He leído que el día en que arranquemos la última página al calendario de la historia deberemos comparecer ante el juicio inevitable del final de los tiempos.

Escrito por: Alejandro Rutto Martínez

Por eso, en aquella mañana de 1.994, soleada como todas las de mi pueblo, cuando vi el rostro sereno del profesor Vicente Salcedo a través del inmaculado vidrio del féretro marrón en que podíamos verlo por última vez, sólo tuve valor para reprimir una lágrima, pero no la segunda, ni la tercera, ni las que habrían de venir después.

En el recuerdo de la sentencia bíblica me apoyé para decirle, como aún pudiera hablar con él: “nos vemos el día del juicio, querido profesor”.

Vicente Salcedo Vega recorrió desde joven el camino de las letras y de la sabiduría y, por una de esas razones que no alcanzamos a entender de buenas a primeras, cambió su Cartagena hermosa, colonial y poética por las calles de piedra y polvo de un desconocido pueblo de La Guajira, llamado Maicao, a donde ningún intelectual habría querido ir ni a cobrar una herencia. Ningún intelectual, aclaramos, que no tuviera sed de aventura y de investigar nuevas formas de vida y nuevas culturas.

Las poderosas aguas de su juventud se desplazaban impetuosas por el cauce ancho y profundo de sus ideas libertarias y bañaban altivas y superpobladas de sus múltiples ilusiones de maestro entregado al oficio de enseñar y al arte de revelar las mentiras ocultas en las herméticas entrelíneas de la historia oficial. 

El profesor Salcedo, en las aulas de paredes rústicas del San José o del Santa Catalina de Siena enseñaba con pasión y con muchas ganas, las ganas de construir un  país libre de las rejas oxidadas de las verdades a medias  y de los engañosos enunciados de las peligrosas mentiras mezcladas con gotitas de verdad.

Al llegar a Maicao se instaló en la que sería  en su lugar  de siempre: la residencia de los Mercado,  en donde doña Elsa Rúa y don Ángel Custodio Mercado lo adoptaron como un hijo más en la acogedora casona del barrio El Bosque. 

Después llegó a otro de sus hogares, el colegio San José, en donde debió afrontar la primera de sus batallas en el departamento de La Guajira: Filosofía, su asignatura, era un área del conocimiento que nadie deseaba explorar y era tan querida como la empresa de energía eléctrica que nos cobraba caro y nos quitaba el servicio cuando más lo necesitábamos.

El horario de clases, colgado en la tosca pared de una   oficina minúscula y de techo con telarañas, en donde despachaba el coordinador, indicaba que las primeras horas de la mañana estaban destinadas a las matemáticas y las siguientes a química y un poco más tarde comenzaban las clases de Español, deliciosas clases a cargo del gran maestro Ramiro Choles Andrade. 

Al filo del mediodía, cuando los latigazos inmisericordes del hambre convertían a nuestros estómagos en una caja de ruidos y nuestra mente se concentraba en el deseo de regresar urgentemente a casa, era el momento en que debía iniciarse la clase de filosofía.  A esa hora extrema, de prisas irreversibles y de rugidos en las entrañas, aparecía en el salón el profesor Salcedo, con su barba cerrada al estilo de los filósofos atenienses y con la paciencia del maestro que sabe tratar con decencia a los estudiantes.

Pero cuando él llegaba, se nos acababa la prisa y por un tiempo más podíamos resistir un poco más los embates del hambre.   La forma en que se sumergía en sus clases permitía que también nosotros hiciéramos el viaje por el sorprendente mundo de la filosofía, nos paseábamos embelesados por los más conocidos parajes de la antigua Grecia y sólo regresábamos a la realidad noventa minutos después, cuando el estridente sonido de la campana nos recordaba que debíamos regresar a nuestros hogares.

La reputación de la clase  Filosofía mejoraba de manera rápida. A las dos semanas la habíamos declarado menos aburrida que la misa de los viernes y  un poco después, la amábamos más que al trompo y los boliches con que nos divertíamos en las horas libres, cuando no teníamos clases, ni desfiles ni reuniones.

A los tres meses hablábamos con propiedad de Sócrates, Platón y Aristóteles; de Marx, Fidel y el Ché; de Voltaire, Rousseau y Nietzsche.

Las clases de filosofía comenzaron a ofrecer resultados muy prácticos, pues algunos de nosotros comenzamos a incursionar en la producción de textos con contenidos filosóficos y, otros, hasta le mezclaban contenido filosóficos a las cartas que les enviaban a las muchachas, aunque con lamentables resultados, porque éstas preferían a quienes les dedicaban  una canción de Diomedes Díaz o les regalaban  una colonia de la Perfumería Capri.

Pero, otros de mis amigos, llevaron la filosofía a la pila bautismal. Tomaron  sus cuadernos y de ahí  sacaron los nombres para sus hijos.   Ese fue el origen de Vladimir Ilich Mercado, quien desde antes de aprender a gatear adquirió una formación ideológica acorde con su nombre.  De esa época provienen también niños llamados Armando Ernesto y Bateman y Dostoievski Murcia.

El profe Vicente Salcedo vivía a plenitud su experiencia de ser profesor en la tierra del sol y la arena. En ese tiempo confluían en La Guajira dos bonanzas: la marimbera y la del comercio de Maicao. 

Muchas personas amasaban fortuna en los negocios asociados a esos buenos tiempos, pero el profe Salcedo era feliz al acumular experiencias en el aula de clases. Lo suyo era la artesanía de las ganancias inmateriales representada en la afición a la enseñanza y a las satisfacciones que obtenía en este amado oficio.

En la vida amó a su Maicao entrañable y a su Cartagena del alma. En la Guajira estaba hasta cuando el viernes casi terminaba y luego se trasladaba a su casa natal en el primer bus que pasara por el andén de la carrera 13.   Nunca aceptó una invitación que lo alejara de su casa durante el fin de semana: “Mis mujeres me están esperando en la casa”, decía siempre, en referencia a su esposa y sus pequeñas hijas.

El lunes bien temprano regresaba a Maicao para cumplir con el horario de su trabajo, una cita a la que nunca faltó por ninguna circunstancia, por dos razones: porque la deseaba ser ejemplo de responsabilidad y porque sentía gran placer al estar en el salón de clases en la cita de infinitas emociones con sus numerosos discípulos.

Y fue precisamente en uno de esos viajes de regreso cuando lo sorprendió prematuramente el viaje hacia la eternidad.

Los informes de prensa de la época narran que el bus perdió el control y fue a dar contra un árbol en un accidente aparatoso que dejó 26 heridos leves, 14 pasajeros ilesos y un ciudadano muerto. 

Sí, un solo muerto. Una sola pérdida humana. Un sólo nombre para anotar en el libro de los obituarios. Un solo nombre en la lista del infortunio. Un solo hombre dejaba desamparada a sus mujeres, a las que tanto quería.

Un solo habitante de nuestro tiempo era el que había pasado a esa dimensión desconocida en la que no existe el tiempo.   Uno sólo, él,  Vicente Salcedo, se nos iba y dejaba solos a sus amigos y desprotegidos a sus discípulos de las 12 del mediodía.

En aquella mañana ya lejana de marzo de 1994 me encontraba me encontraba triste frente al rostro inerte, inexpresivo y tranquilo de aquel hombre bueno que me enseñara a querer los libros y a entender y a querer la filosofía. Y en esa mañana yo no era dueño de mis recuerdos ni de mis sentimientos, tan sólo era dueño del dolor y de la nostalgia causada  por la ausencia del maestro.

Elevé una plegaria a Dios por la familia que aún debería transitar muchos años por los caminos de la vida.

Y con un pensamiento para él, me despedí para siempre.   “Hasta luego maestro” le dije, como si él pudiera oírme a través del cristal del cofre marrón abullonado con seda de color morado.

“Hasta luego, maestro”, volví a decirle y me incliné preso de la melancolía, sobre el fino cajón dese donde alguien me separó para darme un abrazo lleno de desconsuelo.

Después del abrazo, volví a mirarlo por última vez y brotaron los recuerdos del primer día en que se hizo presente en nuestro salón de clases, para hacer de mi generación un puñado de hombres y mujeres de sólida formación social, con principios y valores sólidos y difíciles de cambiar.

Hasta luego maestro, le volví a decir. Nos vemos en el país de la eternidad”

Mis pasos lentos y pesados me alejaron de ese lugar en que la tristeza me anudaba la garganta y me oprimía el corazón. Mientras caminaba hacia la soledad alguien volvía a colocar en su puesto una pálida flor rosada que se había caído del ataúd marrón.



2 comentarios:

ULISES RODRÌGUEZ LOBELO dijo...

Bolchevique de la línea ortodoxa , el tipo , Chente o Vicente Salcedo llenó de su presencia aquel pueblo que ya no es y se despidió una mañana de marzo cuando todos lo esperábamos... su cuerpo despedazado e irreconocible llenó de lágrimas todos los espacios cuando la vida apenas lo iba llenando de recuerdos...

Anónimo dijo...

Gracias por tan lindo homenaje a mi papá att arli Sofía Salcedo Guzmán

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